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PABLO GARCÍA BAENA. CLAROSCURO (ÚLTIMOS POEMAS). EDITORIAL PRETEXTOS Y FUNDACIÓN GERARDO DIEGO.

Pablo García Baena (Córdoba, 1921-2018), fundador, junto con Ricardo Molina y Juan Bernier de la revista, y el grupo que se aglutinó en torno de ella, “Cántico”, grupo al que se unieron posteriormente otras importantes voces, como las Julio Aumente, Vicente Núñez o Mario López, ha sido uno de los poetas más valorados y reconocidos por las sucesivas generaciones de poetas que han ido surgiendo en los últimos años. Comenzó a publicar en la primera posguerra (de 1946 es su primer libro, “Rumor oculto”), defendiendo una poética de lujo verbal y de gran exigencia formal cuyos temas vitalistas, incluso hedonistas, diferían en mucho de los que eran habituales en la época, de carácter reivindicativo, existencial o religioso. Vinieron después libros de tanta relevancia como “Junio”, “Antes que el tiempo acabe” o “Campos Elíseos”, el último publicado en vida.

     En las notas preliminares a “Claroscuro”, su autor, el poeta José Infante —autor de la edición junto a Rafael Inglada—, nos participa algunas consideraciones imprescindibles para contextualizar la edición de este libro. «Ante todo —escribe Infante— debe quedar claro que estamos solo ante el esbozo de un libro». Un esbozo integrado por doce poemas que han optado por ordenar cronológicamente después de solventar las dudas sobre al conveniencia o no de su publicación en los que «aparecen algunos de los temas de la poesía paulina: la naturaleza, la amistad, la historia, el paso del tiempo, en esta ocasión con un lenguaje contenido que no desdeña en ningún momento la suntuosidad y la riqueza de su léxico».

     El exilio visto como renuncia, como una despedida, si no de la vida, sí de los motivos que la hacen irrepetible: el amor, la belleza, el deseo, el éxtasis es el eje central del primer poema, acaso escrito tras una visión de Medina Azahara. Cuando el destino coloca al sujeto en esta disyuntiva, quedan dos opciones, la muerte o la aceptación más o menos sosegada, que es por la sabiamente opta el poeta cuando escribe: «Vida es también la soledad y el agua / bajo los arcos, limpia». Esta sumisa aceptación no merma, sin embargo, el poder evocador de algunas imágenes que rescata la memoria del pasado, como los patinadores que rasgaban la superficie alisada del paseo de Recoletos y que sirve a Pablo García Baena para recordar con ternura y emoción a Julio Aumente («Tú, el cisne de Cántico») y para reflexionar sobre la fugacidad de toda experiencia humana porque «Dioses siegan los cuerpos como hierbas en agosto». Quizá sea la escritura —mejor, el arte en general— una forma de restablecer lo perdido, de dejar constancia de aquello que no envejece, que conserva la edad que se tenía cuando la mirada inmortalizó un instante en concreto.

     Otros poemas poseen un carácter simbólico menos sujeto a lo anecdótico, con un vuelo y una tensión mas metafísica, como el titulado «Araucaria», ese «alto palacio vegetal / alzado a los plumajes suntuosos, / al flamear de alada pedrería cegadora» que aparece en «La Anunciación» de Leonardo, cuadro pintado entre 1472 y 1475, es decir, antes del descubrimiento de América, lo que ha dado lugar a numerosas especulaciones acerca de cómo pudo reflejar Leonardo con tanta exactitud un árbol cuya imagen se desconocía en Europa por entonces; el titulado «Las rosas», en el que García Baena apuesta, en la falaz dicotomía entre vida y arte, por la vida. No son las rosas escritas lo que le seduce sino la rosa «carnal y libre y breve, / rosa varia y extinta, / la oferta de las noches» o «Cinamomo», el árbol del paraíso, el de «fragrante, sí, mas grosera, / corteza» que cantara don Luis de Góngora, otro árbol de sombra, como el ombú, también motivo de otro poema, y santificado por ciertas culturas orientales.

      El breve libro finaliza con el poema titulado «Vísperas» por decisión —creemos que acertada— de los editores, con objeto de dotar de una armonía estructural similar a los últimos libro de Pablo García Baena, ya que todos ello finalizan con un poema de asunto religioso. Versos de la oración del avemaría encabezan cada una de las estrofas que recrean el escenario natural en el que se pide la bondadosa intervención de la madre de dios cuando la noche —la muerte— se enseñoree de todo: «Rogad / ahora que os alaba cada flor, cada ser, / cada estrella que nace ahora y en la hora / de nuestra muerte. Amén».

Dejando al margen las numerosas antologías de su obra que se han publicado en los últimos años, Claroscuro es, además de un libro póstumo, una especie de testamento literario. La última entrega poética de uno de los poetas más rigurosos y exquisitos de nuestra tradición reciente. El esmerado trabajo semántico y rítmico que García Baena emplea en cada verso hace de cada poema una delicada joya intocable porque cualquier alteración, por mínima que fuera, rompería esa perfecta armonía que, de forma casi desapercibida, nos hechiza y nos conmueve simultáneamente.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés el 5/07/2019