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JOAN PAYERAS. LA NOCHE QUE ESPERA. COLECCIÓN TIERRA. LA ISLA DE SILTOLÁ.

Tuve el primer contacto con la poesía de Joan Payeras a través del libro “Eva en América” (2011), que obtuvo el Premio de Poesía José Luis Hidalgo el año anterior. Supuso entonces un grato descubrimiento que se fortaleció con la lectura de su siguiente libro, “El vuelo de la ceniza” (2016), publicado en edición bilingüe, castellano-catalán. Regresa ahora, tres años después, con “La noche que espera”, un libro en el que apreciamos algunos cambios importantes con respecto de su poética anterior, el más relevante acaso sea la variación de tono que se ha vuelto más reflexivo y emotivo, abandonando casi por completo el matiz lúdico que impregnaba sus anteriores poemas.

El libro está dividido en dos secciones, la primera, «El don y la condena», nos retrotrae a un concepto de la poesía de origen romántico, la poesía es un don y el poeta un elegido. La inspiración, ese regalo divino, bendice a quien toca, por eso Javier Payeras incide, en los versos finales del primer poema, en que el poeta debe ceder ante esa pujante llamada: «Ve a su encuentro y merécete / ese instante en la tierra», la indagación metapoética, presente en sucesivos poemas de esta sección, incide en la dicotomía vida/poesía («entiendo que es así que la vida se cuela en los versos», escribe Payeras, que más tarde dirá que «El mejor verso está escrito. Lo que queda es la vida»). La poesía no es solo la traslación de las experiencias vitales a la página, sino que actúa como una especie de vaticinio, se anticipa a la experiencia, la verbaliza antes de que ocurra: «Recuerdo un verso que ya he escrito y que me sitúa aquí, que anticipa este momento exacto en que voy a decir las tres letras en voz alta, y ellas saldrán a tu encuentro para volver después a mi garganta, done se agolpa entera toda la tarde de enero de este mundo» y es capaz de alterar tiempo y espacio para viajar desde «mi noche infinita a la pequeña noche de alguien…». De alguna forma, esa dicotomía entre vida y poesía se encarna en otra que goza de similares antecedentes retóricos, la del día y la noche, la luz y la oscuridad. El verbo, la palabra es claridad y la luz se convierte en canto; la mudez, el silencio, por el contrario, encarna la noche, la oscuridad, pero como el poeta habita en la contradicción, a veces la noche es también el momento idóneo para que brote la palabra, el verso —propio o ajeno— que dé sentido a los acontecer del día: «Aliado, el silencio de la noche te regala la música de unos lejanos versos que amas».

En la segunda parte, de igual título que el libro completo, «La noche que me espera», la confianza en el poder restaurador de la palabra poética, en su capacidad para prevenir el dolor o el miedo, para sortear los abismos de la memoria roza la idolatría, a la par que suscita una enorme admiración: «Una palabra que cumpla la promesa, que no deje vacío , que lo posea todo. La palabra que contenga el misterio. Una única palabra en la que se resuma el último sentido de esta vida, la última razón e nuestra muerte».

Como resulta obvio, la noche es la protagonista de estos poemas, una noche que fluctúa entre ser el tiempo de la meditación y el de la disolución, el borrado de la experiencia, el tiempo de la imposibilidad del decir, y no se trata, como afirmaba Simic de que los poetas pasen «mucho de su tiempo rascándose en la oscuridad», sino de la espera infructuosa, de la palabra que no acude: «La extensión de la noche / hace inútil la máscara. / Todo lo que es / se precipita al fondo / del lugar donde nada tiene nombre». Pero la noche es en estos, sobre todo, la representación del silencio absoluto, de la muerte, de ahí el título, “La noche que espera”, porque despilfarrar toda la paciencia que desee. Sabe que al final, todos llamaremos a su puerta. No hay, sin embargo, en estos versos desolación, porque, ante la inevitabilidad del destino, lo aconsejable es disfrutar mientras vivimos. El último poema es suficientemente explícito y define a la perfección el propósito final de este libro, un libro casi por completo elegiaco que en algunos instantes nos recuerda que el hombre está preso del reino de la noche y anhela la luz, como poetizó Novalis, pero que finaliza con un canto esperanzado: «Detener el día: sujetarlo, impedir que avance y después retroceder el vuelo de los gorriones, las escobas que han barrido el polvo de la tierra, las palabras que se han dicho y se han perdido. Devolver a los montes el agua que se escapa río abajo, y a los amores todo lo que el amor se lleva. Que todo regrese a la mañana: el viento, la luz y los relojes. Que cualquier milagro vuelva hoy a ser posible».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 28/07/2019