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JAVIER BOZALONGO. ESTE PÁIS. EDITORIAL JUANCABALLOS DE POESÍA. FUNDACIÓN HUERTA DE SAN ANTONIO

Este país, el nuevo libro de Javier Bozalongo (Tarragona, 1961), se ha venido gestando durante varios años, al compás de las noticias periodísticas que han dado pie a los poemas, poemas que podemos leer como réplica literaria al lenguaje meramente informativo que presenta una realidad insolente, atroz, absurda, podríamos decir incluso, sino fuera porque la tozudez de los hechos confirma los peores augurios. Pero el lenguaje literario, el poético, busca despertar otras sensaciones, sobre todo cuando se contempla al poema como último refugio de resistencia frente a esa realidad tan absorbente y premeditadamente hostil. No estamos, sin embargo, en Este país, ante una poesía de compromiso porque se trata de establecer un equilibrio entre la realidad y la escritura en el que la poesía sea fruto de una práctica social que ostente, en sí misma, una función social, como la ostenta, por ejemplo, el lenguaje periodístico. «Mucho más que las consignas o los discursos trascendentes, importa en los poemas de Javier Bozalongo la experiencia del ciudadano común ante la crisis de los últimos años: la sensación frustrante de quien se enfrenta a las estafas, a los recortes, a los efectos del rescate bancario», escribe Antonio Jiménez Millán en un atinado prólogo. Resulta evidente que el poema poco más puede hacer que constituirse en un acto simbólico y que existen otras maneras más activas de reclamar justicia social, honradez o solidaridad, pero la palabra poética es capaz de trastocar las conciencias con mayor intensidad que las meras proclamas ideológicas, al menos, esa es la esperanza que uno tiene, esperanza que se ve confirmada al leer estos poemas de Bozalongo, aunque la aspiración que pronunciaba Gil de Biedma en el verso que sirve de epígrafe al volumen («Que sea el hombre el dueño de su historia») está muy lejos de cumplirse.

     Sin llegar al elevado tono imprecatorio con el que se dirigían a Dios poetas como Blas de Otero o José Luis Hidalgo, enlazando preguntas para las cuales ambos sabían que no había respuesta, Bozalongo recrimina esa actitud indulgente con los poderosos no solo del Altísimo – quien, por cierto, no vive ya en las nubes sino en lujosos despachos de rascacielos— sino de su cohorte de exégetas: «El poderoso Dios, con traje y corbata, / se preocupaba solo de su propio bolsillo / sin importarle que alguien le robara / unas pocas manzanas». Como podemos comprobar, el uso de un lenguaje coloquial y directo pero, a la vez, cargado de fuerza poética es lo suficientemente revelador como para no necesitar diseños o tipografías provocadoras. En muchos casos, las ideas, trasmitidas casi como susurros, tienen tanta fuerza o más que los carteles publicitarios o las exhortaciones multitudinarias. «Vives en el país del miedo —escribe Bozalongo—. […]Ese país existe. // Una vez instalado no es fácil emigrar, / las maletas se aferran al armario / como el óxido al hierro / y no hay salvoconducto que te aleje de allí». // Vives en el país del miedo». Pero no solo el miedo ha tapado muchas bocas —los «collages» de Juan Vida, en este sentido, “hablan” por si solos, lo que no impide que sean el perfecto complemento a los poemas de Bozalongo—, también el desinterés por el prójimo, esa rebaja que hemos ido haciendo, casi sin darnos cuenta, en nuestras expectativas de futuro y que nos mantiene aletargados, sin capacidad de crítica: «Elegantes, corruptos, / retóricos, ladrones, / banqueros, rescatados del olvido / nos miran con desdén mientras nosotros, / no solo conformistas sino desmemoriados, nos mecemos / tranquilos en las arcas vacías»: No se trata de entonar un “mea culpa” tanto individual como colectivo, pero, visto lo visto, esta especie de rapapolvo no carece de fundamento, antes al contrario, es bien merecido, porque nos dejamos embaucar sin oponer resistencia, pensando acaso en recoger algunas migajas del banquete: «Alguien mencionará con mucho orgullo / las palabras de moda a modo de conjuro: / emprendedor, becario o incentivo / esperando que tú les des a cambio / silencio y sumisión».

     No necesita tampoco Javier Bozalongo recurrir a sesudas teoría sobre los males del capitalismo para corroborar los perjuicios que el ultraliberalismo está causando en una sociedad del bienestar como la nuestra, aún muy endeble. Le ha bastado leer la prensa diaria con ojos inquisitivos y la mente despierta —no podemos olvidar que los grandes grupos informativos y editoriales dependen financieramente de las corporaciones bancarias— para verificar el engaño sistemático del que somos objeto. ¿Puede remediar la poesía en alguna medida el estado de las cosas? Seguramente no, pero no por eso deja der ser más necesaria que nunca. Si no es capaz de detener el deterioro social, al menos puede contribuir a hacernos más conscientes de su quebranto porque, como escribe, el autor: «Puedes seguir luchando mientras sepas / que en más de una ocasión / las cosas no dependen de nosotros, / pero siempre hay salida: / tal vez una conversación, / una lectura atenta, / dejar que tu mirada se aleje de ti mismo. // Tal vez la poesía».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 7 de junio de 2019

 

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