AMELIA ROSELLI. SIN PARAÍSO FUIMOS. TRADUCCIÓN DE CARLOS VITALE. EDITORIAL SEXTO PISO.

Si albergáramos alguna duda de que la peripecia vital influye —de manera más o menos intensa, según los casos— en la manera de enfrentarse a la escritura, el ejemplo de Amelia Roselli (1930-1996) la disiparía de inmediato. Su vida sufrió innumerables turbulencias en la infancia. Su padre, un líder antifascista italiano, murió asesinado en un atentado en París, organizado por la policía secreta de Musssolini. Su madre fue una activista política inglesa que luchó en pro de los derechos de las mujeres. El caso es que durante su infancia y su juventud padeció los rigores de una vida errante —París, Londres, Florencia—y casi clandestina, unos rigores que influyeron de forma determinante en su vida y que la conducirían al suicidio cuando contaba sesenta y tres años. Esta errancia le procuró, sin embargo, la posibilidad de comunicarse en tres idiomas, en los cuales escribió sus primeros poemas. La poesía fue para ella, desde el primer momento, una vía de escape para soportar tanta tensión vital y emocional. Según Encarna Esteban Bernabé, Roselli «Se refugia en la música y en la poesía, en la que traduce los tormentos de su vacío existencial, pero tampoco allí encuentra el ansiado sentido que proporcione una válida razón para seguir luchando por la vida. Sus miedos y manías persecutorias que quedan grabados en la niña Amelia tras el brutal asesinato de su padre y su tío la atormentarán el resto de sus días».

     Por lo que respecta a su poesía, la influencia que ejerció sobre ella la poesía hermética en sus comienzos como poeta, especialmente la de Montale, pero también la de Zanzotto, se dejará sentir a lo largo de su obra. Fue, sin embargo, Pier Paolo Passolini quien le ofreció la primera oportunidad de publicar. Fue en 1963 y los veinticuatro poemas seleccionado pronto fueron elogiado por la crítica italiana por su innovación estilística y su manera de fracturar el lenguaje común, desplegando un abanico de sentidos mucho más amplio que el del lenguaje meramente informativo.

     Serie ospedaliera, titulado en esta versión realizada por el traductor Carlos Vitale como Sin paraíso fuimos (tomado de un verso de la autora), fue escrito en quince días durante uno de sus frecuentes ingresos hospitalarios y Amelia Rosselli obtuvo con dicho libro el Premio Argentario de 1969. Es, como toda la poesía de nuestra autora, un libro complejo, plagado de referencias exclusivamente personales que hacen muy difícil el acceso a su significado más profundo. Si pudiéramos hablar de un hilo conductor o argumentativo, diríamos que se describe, con toda la destreza elíptica imaginable, la historia de dos amantes presas de un destino trágico: «Tú no estabas muerto; estabas solamente vivo / bañando mis labios de suplicantes / limosnas, extendiendo parcas mentiras / estilo bergsoniano sobre mi vida una cristalina / relajación. Mientras comías coles / de caballo». Solo estos pocos versos —aunque los hay mucho más explícitos— bastan para comprobar además su peculiar sintaxis, comprometida siempre con la experimentación formal y lingüística. De hecho, la propia poeta era consciente de la incomunicabilidad casi involuntaria que gobernaba su poesía. Ella misma la definió como «poesía catatónica».

     A pesar de que Sin paraíso fuimos es un libro, como hemos dicho, de orientación amorosa, el amor siempre está puesto en cuarentena: «Las rocas incuban serpientes que corrigen / este idilio naciente». La fugacidad de la dicha y del instante pleno, el temor a la pérdida, la obsesión por no dejar escapar ningún fragmento de la experiencia hacen de ese amor algo asfixiante y enfermizo (Amelia Rosselli convivió con problemas mentales durante toda su existencia y fue asidua de las consultas psicoanalíticas) que confirma la visión trágica de la existencia que acompañó siempre a Roseelli y condicionó su existencia. No cabe duda de que dicha angustia vital tuvo su origen en las circunstancias que padeció durante su infancia y de su juventud y acaso su lucha con el lenguaje provenga de esa necesidad de indagar en la realidad desde una perspectiva diferente a lo común, desde la exploración de su propia intimidad. La fractura interior de un yo acosado por los fantasmas del pasado se traslada a la escritura mediante imágenes abstractas de una ambigüedad abrumadora: «Relincho de chocolate tú abres / mis venas al olor del / analgésico que urge y / y llena, mi sangre de / pompas azules» y con una riqueza metafórica sorprendente: «De otro modo ante cualquier ráfaga de viento / estarías allí, en el ahorcamiento, rico en tus sustratos / tan ricos de metáforas». Como se puede apreciar, a Rosselli no le asustan las repeticiones ni la puntuación irregular porque presta igual atención a la musicalidad de la palabra, o incluso más, que a la conquista de un sentido: «La música de todos modos hace su papel / y en el entendimiento de ella reside / mi pasión que retorciéndose se / pinto igualmente espantada por el duelo / e su grandes ojos y de la canción». Poco más puedo añadir, salvo que lean este libro sin prisa, degustando cada palabras, recreando cada imagen en la mente, dejándose arrastrar por su propia intuición. No les defraudará.

‘Sin paraíso fuimos’, de Amelia Rosselli