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JUAN PABLO ZAPATER. MIS FANTASMAS. XLV PREMIO CIUDAD DE BURGOS. COLECCIÓN VISOR DE POESÍA

Juan Pablo Zapater (Valencia, 1958) no es un poeta acuciado por las prisas ni por entregar a la imprenta un libro tras otro con peligrosa asiduidad, sin apenas dejar tiempo para que reposen los versos, como ocurre con muchos poetas de hoy en día, y no hablo solo de los jóvenes. Su trayectoria poética, seria, firme, consolidada está integrada por dos títulos, La coleccionista (1990), que fue reconocido con el Premio Fundación Loewe a la Creación Joven y La velocidad del sueño (2012), a los que debemos sumar ahora este nuevo título, Mis fantasmas, con el que obtuvo el Premio Ciudad de Burgos. Tres libros en casi treinta años es una renta ciertamente escasa, pero suficiente cuando se trata de escribir obligado por la necesidad imperiosa de hacerlo. Por otra parte, dicha necesidad ha creado un estilo que mantiene una encomiable unidad de tono desde su primer libro hasta este último, aunque, como es lógico, el peso de la edad se vaya haciendo cada vez más difícil de sobrellevar y la muerte, antes solo entrevista, se convierta ahora en una presencia que vigila nuestros pasos desde su privilegiada atalaya, una muerte que se vive, sin embargo, sin excesivo pesar. Se asume su inevitabilidad, claro, pero se interpreta su llegada como un peldaño existencial más, hasta el punto de que la vida no transcurre pendiente de tal espada de Damócles: «Pero sólo una muerte nos aguarda / y lleva nuestro nombre; sólo una. // Por eso es necesario que vivamos / sin temer su llegada clandestina, / pues cuando se presente y nos reclame / quizás la vislumbremos como un modo / de volver al origen, / una forma serena de sentirnos / el huésped que al partir deja colgada / su llave para un nuevo pasajero», escribe Zapater.

     Mis fantasmas está dividido en tres secciones perfectamente estructuradas en doce poemas cada una de ellas. Los poemas que integran la primera, «Apariciones», tienen una fuerte vinculación con la infancia, una infancia en la que —siguiendo a Pliglia— todo es real. Solo en la madurez se recuerda esta con cierto grado de ficción, como podemos comporbar en el comienzo de «Relato fantasma»: «La habitación que un día / dejé para mudarme a la casa del mundo / aún guarda en sus armarios / el fantasma de un niño que parece / conocer mis más íntimo secretos». El pasado se vislumbra como un territorio envuelto en una bruma de nostalgia. Al protagonista de aquellos años, ese niño que aún vive en el adulto de un modo tan difuso, con tan pocas certidumbres que se le puede considerar un fantasma, le cuesta enhebrar el hilo del recuerdo. Ciertas signos —la naturaleza cómplice, la inocencia infantil, el sabor del pan recién horneado— permiten reconstruir el mundo perdido, pero no para anclar la mirada en el ayer sino para levantar la vista hacia el presente porque, al fin y al cabo, «El ayer es un mero decorado / que aguante el armazón de la memoria, / y el futuro una sombra, pues no hay foco / que pueda iluminar lo que no existe. / Lo vital es el día, nuestro día, / ese vaso de luz que nos bebemos / y se vuelve a colmar cada mañana». Esta es la mejor enseñanza que podemos recibir. Una alegoría del collige vigo rosas que, en este caso, no se circunscribe a la juventud, sino a cualquier momento de la existencia.

     «Presencias», la segunda sección, tiene en el amor una de sus columnas vertebrales, aunque una presencia, escasamente fantasmal a mi juicio, se hace sentir de forma rotunda, la de los demonios del mediodía, que aparecen a deshora, en este caso, algo que, de manera expresa, apreciamos en poemas como «El veneno» («Con una piel distinta / que los años han vuelto invulnerable / al frío de la ausencia, la serpiente / conserva en su interior, como una presa / que agoniza en silencio, la memoria / del placer entregado y recibido») o «Cebo tardío» («Pero el riesgo no importa, / has visto como aquella carne / tan fresca y deliciosa que parece / un bocado de dios, por eso subes / sin pensarlo siquiera y pronto acabas / colgado esclavamente del extremo / de ese fino sedal, / último anzuelo puro / que se atrevieron a morder tus labios». Otra de esas columnas de las que hablábamos es la conciencia del paso del tiempo, presente de un modo u otro en casi todos los poemas, aunque quizá el poema que trasmita con mayor intensidad esa sensación de desconcierto sea «Tazas vacías». El padre toma conciencia de la ley de la vida exige ciertas renuncias que no son fáciles de asumir, como la emancipación de los hijos: «Te hiciste la promesa al despedirles / de mantener el tipo hasta que vuelvan, / pero un padre es un hombre al fin y al cabo / que no puede cumplir siempre con todo / aquello que a sí mismo se promete». No puedo dejar de citar, aunque sea una anomalía en la sección, el poema «Otra cita con ella», dada mi querencia antigua por la metapoesía. Juan Pablo Zapater, establece, siguiendo el ejemplo de Bécquer y de Juan Ramón una hermosa analogía entre la mujer y la poesía, resuelta con gran vuelo imaginativo: «Quizás llegará hoy, quizás no vuelva nunca, pero si viene a verme sabré por fin que es ella / y no esa impostora que a menudo la imita. // Sabré por fin que es ella / cuando se haya marchado y en la página quede / la marca de sus labios a los pies del poema».

     La tercera y última sección, «Visiones», repite esquemas vistos con anterioridad, aunque ahora aparece un concepto con gran contenido simbólico, el alma, en sentido espiritual, no como sinónimo de inocencia, como ocurría con el alma de cántaro. El alma es «el país del sueño eterno, / donde todos nacemos y al que todos / sabemos regresar con nuestros muertos». Tanto la muerte («La muerte que es el hoy, vaso donde la rosa / se pudre irreversible hasta teñir de luto / el agua transparente que la mantuvo viva») como esos demonios a los que hacíamos referencia en la sección anterior, regresan al poema —convertidos en lobos—, aunque ahora no es el deseo quien los azuza, sino «el tiempo y el olvido, el dolor y la muerte». La sombra del Margarit de Los motivos del lobo parece posarse sobre esta reflexiones. Al final de la travesía al ser humano que es Juan Pablo Zapater le quedan algunas, pocas, certezas, fruto de su experiencia vital, más allá de las constataciones de carácter físico, «que el amor es un galgo que galopa / con el alma de un lobo moribundo, […] // que la muerte es un niño amamantado = por la leche materna de la vida». De amor y muerte trata este libro, escrito con palabras directas, sin excesos retórico y sin alambicadas piruetas literarias. Juan Pablo traza en sus poemas un recorrido biográfico pero sin que la presencia del yo anule el sentido de cercanía con el prójimo. La edad serena permite al autor hablar de sí mismo como si hablara de todos los hombres, y esa es una de las virtudes de la gran poesía.

*https://elcuadernodigital.com/2019/05/23/mis-fantasmas-de-juan-pablo-zapater/

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