BILLY

 

BILLY COLLINS. SIETE ELEFANTES DE PIE BAJO LA LLUVIA. TRADUCCIÓN Y PRÓLOGO DE MARTA ANA DIZ. GODALL EDICIONES

Supongo que llamándose Billy Collins (Nueva York, 1941) —uno de los poetas norteamericanos más leídos en la actualidad, el «más popular», según Bruce Weber— no importa que se elija para presentar una antología de su obra poética en español un titulo tan desafortunado como Siete elefantes de pie bajo la lluvia, título que parece más propio de un compendio de fauna salvaje o del pie de una fotografía, sobre todo cuando el título original de la obras es Aimless Love, es decir, algo así como Amor desnortado o Amor a la deriva como la misma traductora lo ha interpretado en un poema que repite dicho título. No cabe duda de que se trata de una licencia poética que se ha tomado la traductora del libro, Marta Ana Diz —que, por lo demás, realiza un trabajo impecable— acaso queriendo subrayar la veta humorística del poeta, del que afirma que se trata de un humor que «no es nunca instrumento del desdén, sino expresión de una clemencia que nos dibuja en la cara una sonrisa de comprensión ante nuestra frágil y rica humanidad».

     Dejando al margen estas consideraciones, dicha antología recoge poemas de diferentes libros escritos en el nuevo milenio: Nine Horses (2002), The Truble with Poetry (2005), Ballistics (2008), Horoscopes for the Dead (2011) y el ya citado Aimlees Love (2013), que aporta varios poema inéditos. Se trata, como vemos, del Collins último, aunque en una trayectoria con tan escasos altibajos como la suya, esto carece de importancia. Collins es dueño de una expresión que tiene en la claridad y la sencillez sus mejores armas, pero, y esto conviene subrayarlo, no estamos ante una poesía fácil. Quizá su poema «Poesía» exprese mejor que cualquier otra explicación su poética: «Lo mires como lo mires, / este no es sitio para montar / el caballete de tres patas del realismo // o hacer que el lector salte / las muchas vallas de una trama […] / La poesía no es sitio para eso. / Ya tenemos bastante que hacer / con quejarnos del precio del tabaco, // pasar el cucharón que gotea / y cantarle canciones al pájaro enjaulado». No cabe duda de que el tono conversacional enfatiza la comunicación y proporciona una sensación de complicidad difícilmente rebatible, pero esto supondría quedarnos en la superficie de la experiencia que el poeta intenta trasmitir. Bajo esa apariencia de simplicidad se esconde un análisis riguroso de la condición humana («Nadie se detuvo a mirarme, / aunque mi aspecto debía ser terrible / allí de pie, lleno de compasión, / no tanto por el animal atado / que daba sus tediosas vueltas, / sino por la mula ciega que llevo dentro…»), una atenta observación de los hechos cotidianos («Las ramas desnudas contra el cielo / no salvarán a nadie del vacío que le espera, / ni tampoco el azucarero o la cucharita que están sobre la mesa») y un estimulante ejercicio metapoético («Pero más que nada la poesía me llena / de ganas de escribir poesía, / de sentarme a la sombra y esperar / a que aparezca una llamita en la punta del lápiz. // Y junto con todo eso, el deseo de robar, / de asaltar los poemas ajenos / con linternas y pasamontañas», un tema este, recurrente en su poesía, una poesía que, además, está plagada, como acabamos de ver, de imágenes sorprendentes y asociaciones innovadoras que seducen, a la vez que desconciertan, al lector, y es que, en algunos momentos, no es difícil percibir cierta filiación surrealista en sus imágenes, aunque la utilización de palabras del lenguaje habitual mitigue su impacto. Otra característica notable de su poesía es el intenso grado de verosimilitud que alcanzan sus poemas. Nada parece forzado, las imágenes y las palabras que las dan forma fluyen sin atenerse a patrones métrico prefijados, pero consiguen, y esto es también mérito de la traductora, incrustarse en la mente del lector como si fueran fruto de su propia experiencia. Sin embargo, Collins no engaña. Sabe distinguir perfectamente la realidad experimentada de esa otra realidad que surge del poema: «Pero esto es un poema, / y aquí los únicos personajes somos tú y yo, / solos en una habitación imaginaria / que desaparecerá en unos pocos versos / sin darnos tiempo para apuntarnos con pistolas / ni arrojar toda la ropa al fuego que brama en la chimenea». Es gracias a esa franqueza como consigue despertar la emoción del lector, gracias a la sinceridad expresiva y a, como escribe Diz, al cuidado con el que nombra las cosas y a la precisión con que las describe. Estamos, sin lugar a dudas, frente a uno de los grandes poetas norteamericanos, como lo es Ashbery, aunque ambos estén separados por enormes diferencias de concepto poético, Si nos viéramos obligados por motivos taxonómicos a afiliar a Collins a alguna corriente, lo haríamos a la de la poesía testimonial, aunque haya diferencias casi insalvables que podrían cuestionar nuestra propuesta, pero, desde luego, está mucho más alejado de los postulados estéticos de la llamada Escuela de Nueva York a la que Ashbery pertenece.

     Billy Collins fue nombrado Poeta Laureado de los EE.UU desde 2001 a2003 y como Poeta Laureado del Estado de Nueva York entre 2004 y 2006. Además ha obtenido importantes galardones literarios y jugosas becas a la creación. Ha dirigido talleres de poesía de verano en Irlanda en el University College Galway, y ha enseñado en la Universidad de Columbia, Sarah Lawrence, y en el Colegio Lehman de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza del El Diario Montañés, el 17/05/2019

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