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CARMEN DE BURGOS. LOS TRES LIBROS DE ANA DÍAZ. EDICIÓN DE JESÚS MUNÁRRIZ.

EDICIONES HIPERIÓN

El poeta y editor —entre otras cosas— Jesús Munárriz (San Sebastián, 1940) se aventura ahora a publicar estas tres novelas —“La entretenida indiscreta”, “Guía de cortesanas en Madrid y provincias” y “La imperfecta casada”— atribuyéndolas, nada más y nada menos, que a Carmen de Burgos (1967-1932), periodista (escribió más de diez mil artículos), corresponsal de guerra, traductora, escritora (es autora de doce novelas largas, ochenta cortas, cuentos, ensayos, biografías, etc.) y activista en pro de los derechos de la mujer. Se la conoció por el seudónimo de Colombine, pero utilizó otros como Gabriel Luna, Raquel o Marianella. Como sostiene Munárriz, Ana Díaz pudo muy bien haber sido otras de las máscaras que utilizó la escritora para desgranar sus ideas y denunciar la precaria situación en la que vivían las mujeres en la época que le tocó vivir. Muchos de sus textos poseen una aspiración didáctica que solo los conatos humorísticos consiguen atemperar. Pero, ¿qué razones avalan la tesis de Jesús Munárriz? No parece haber pruebas documentales para confirmar la autoría de Carmen de Burgos, sin embargo, los propios textos dejan, coincido aquí con el editor, poco espacio para la duda. Él mismo lo explica: «Pese a la persecución, el silencio y la destrucción que su obra y su memoria sufrieron durante la dictadura, es posible que rebuscando adecuadamente acaben encontrando pruebas documentales que confirmen mi atribución, que no es una hipótesis o una corazonada, sino un convencimiento basado en el contenido de estos tres libros. Que son en realidad cuatro: tres cuya autoría se atribuye a Ana Díaz y otros en que esta figura como traductora, la versión castellana de la ‘Guía de casados’ de Francisco Manuel de Melo». ¿En que se basa entonces Jesús Munárriz para ser tan contundente? Fundamentalmente en coincidencias de estilo y en ciertas pistas que un lector avezado como él rastrea hasta que le conducen al origen. «Pese al seudónimo —afirma Munárriz— parece querer dejar pistas que la identifiquen como verdadera autora». La tal Ana Díaz se permite incluso la travesura de criticar algunos usos y costumbres de su «rival», de la que llega a afirmar «que da consejos de higiene sin haberse tomado nunca el trabajo de escobillarse los dientes». Otro aspecto que nos ofrece pistas sobre quién es la autora tiene que ver con la enorme cultura que atesora Ana Díaz, algo impensable en una mujer de vida irresoluta como ella, a juzgar por los antecedentes familiares que trascribe en sus escritos. Como digo, resulta imposible que alguien así sustente sus ideas en Quevedo, en Cervantes, en Santa Teresa, en Unamuno, en Valle Inclán, en Ortega, pero también en Chateaubriand, en Lamartine o en Byron. En el Proemio a “La imperfecta casada”, Ana Díaz escribe: «Pues, amables lectores o desabridos lectores: en cuanto llevo de vida me arrojé a más apurada empresa que a la que hoy pretendo dar cabo, ni peor ni mejor que cualquiera de esa media docena de plumíferas que andan entretejidas por entre la anarquía de las letras españolas y que a cada bimestre partean uno de esos libracos donde vocifera la ignorancia y tartamudea el pensamiento». Además de los cultismo, la autora maneja con suficiencia el lenguaje de la calle, es decir, vulgarismos y arcaísmos, quizá porque, como afirma Munárriz, «a lo largo de los tres libros hay dos Ana Díaz que llevan vidas paralelas. Una, la protagonista literaria, que empieza narrando su vida de niña pobre en un pueblo miserable de Andalucía […] Una joven que no recibe más enseñanzas ni saberes que los que le proporciona la mala vida […] Y otra, la que en realidad lo escribe, que posee una amplísima cultura y ha leído a los clásicos y los modernos». Por otra parte, la postura que adopta Ana Díaz sobre temas como la monarquía y la república, sobre la influencia de la iglesia católica en los modos de conducta de los españoles, sobre la educación de la mujer, sobre la función desfogadora de la prostitución, sobre el amor y sobre el adulterio, sobre los conflictos sociales, sobre la injusticia o la pobreza guarda tantas similitudes con las posturas defendidas por Carmen de Burgos que no es difícil establecer paralelismos, como hace Munárriz, que conducen a atribuirle la autoría: «Solo una persona en España —escribe el editor, un tanto enfáticamente— hace cien años era capaz de escribir estos tres libros y esa persona era Carmen de Burgos. Las evidencias son abrumadoras. Y si alguien duda de mi atribución, solo una cosa puedo replicarle: díganos quién escribió los tres libros de Ana Díaz». No cabe duda de que los argumentos esgrimidos en el prólogo remiten a esta conclusión, pero no estaría de más hallar algún documento que consolidara las hipótesis aquí expuestas, sin necesidad de desafiar a desenmascarar a una autora que firma con su nombre y apellido. Todo un reto, una tarea apasionante.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza del 3 de mayo de 2019

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