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ENRIQUE CABEZÓN. SÍLABAS TRABADAS. EDITORIAL LA CABAÑA DEL LOCO

A Enrique Cabezón (Logroño, 1976) lo conocíamos por distintas facetas, la de poeta, principalmente, pero sin menospreciar su labor como diseñador, como músico, como editor y, también, como promotor cultural (es uno de los responsables de ese milagro que se llama Agosto Clandestino). De lo que no teníamos constancia, más allá de las entradas de su blog, era de su faceta de prosista, una prosa, es justo reconocerlo, que no se aleja demasiado de sus presupuestos poéticos, y tampoco tiene que hacerlo, al fin y al cabo, la forma de entender, aunque se diversifique en diferentes géneros, el acto creativo, proviene del mismo venero. Además, las constantes vitales de la obra de Enrique Cabezón – por lo que respecta a la poesía, no podemos dejar de mencionar títulos como “Territorio de ceniza” (2003), “El lenguaje de las serpientes” (2005) “No busques lágrimas en los ojos del muerto (2006) “Existir en los días” (20109) o “Desdecir (2013”- han mantenido siempre una coherencia verdaderamente reseñable y me consta que esas constantes no solo tienen que ver –no podrían- con su obra, sino con su forma de entender el mundo., pero eso es harina de otro costal.

El motivo que provoca la escritura de “Sílabas contadas” es un viaje a la extinta Yugoslavia: “Sé poco de Croacia –escribe al comienzo-, sé que iremos y hay ganas, por eso inicio este diario. Unos apuntes que son, a la vez, el dietario de un viaje físico y otro intelectual, el de las lecturas, comentarios y suceso que previamente –y durante- están sucediendo, en sincronía”, pero, a la postre, el viaje se convierte, además de un intento por conocer la cultura de los países que visita, especialmente su poesía, en una indagación sobre los resortes que sostienes las propias convicciones, se convierte en una búsqueda de sí mismo llena de altibajos, de incertidumbres, de contradicciones incluso porque no es fácil mantener la coherencia ética cuando a tu alrededor todo conspira en tu contra.

Muchos son los temas que aborda este diario, además de la trágica situación sufrida en los Balcanes. La guerra que disgregó Yugoslavia comenzó en 1991 con la declaración de independencia de Croacia y duró hasta 2001. Puso de relieve los conflictos étnicos y religiosos que permanecieron aletargados desde la Segunda Guerra Mundial y que enfrentaron serbios con croatas, bosnios y albaneses. La crueldad de muchas de las actuaciones ha sentado en el banquillo ha muchos dirigentes serbios acusado de crímenes contra la Humanidad. Es este escenario el que visita Cabezón unos años después de finalizado el conflicto, aunque las secuelas sigan siendo evidentes. Sin embargo, el diario de no se ajusta de forma exacta a la ruta seguida. Se ve interrumpido por reflexiones de muy variado signo, por ejemplo
el tan traído y llevado asunto de la Memoria Histórica, que desgraciadamente sigue de actualidad, surge como referencia inevitable ante lo que el autor va viendo en su travesía. Al hilo de esto, surgen comentarios sobre la ola de represión de la libertad de expresión que venimos padeciendo en los últimos tiempos y cómo esa censura apenas visible está afectando a los creadores de un modo u otro. Un tema recurrente es el de las relaciones poéticas y las amicales, tanto unas como otras, no siempre idílicas. No es fácil, en muchas ocasiones, conciliar ambas, porque no se pueden justificar determinadas estéticas en aras de la amistad (ni al contrario). Enrique Cabezón hace suyas unas palabras de Arturo Borra especialmente acertadas, en las que habla de que “la dificultad para elaborar una crítica radical de la sociedad no es patrimonio exclusivo de ninguna corriente estética”, algo que algunos parecen ignorar. La pérdida de algunos amigos, la confrontación con otros, el desencuentro, pero también la consolidación de antiguas querencias son tratadas con melancolía, con añoranza, pero rara vez dejan traslucir titubeos en su ideas, firmemente asentadas. Carmen, su mujer, también poeta, y Helena su, entonces, única hija, también aparecen con frecuencia por estas páginas. Aquí aparece el Enrique más tierno, acaso el menos conocido para aquellos que lo conocen más en su faceta de activista comprometido socialmente: “Mi escritura –escribe- querría llamar a lo colectivo y a la acción civil, política y humanística. Pienso que poesía es disturbio”. El libro está plagado de referencias culturales. Son innumerables los escritores que se mencionan (de Eliot a Zola o Kazantzakis, pasando por decenas de autores croatas), pero también son muchos los deportistas, los músicos, los políticos. “Todo lo que aporto son datos pequeños, ojos de mosca, pequeñas teselas distorsionadas como si estuviera mirando a través de un vidrio“, escribe, algo que le conduce a preguntarse ¿ A quién pueden interesar estas notas?”. Nos difícil responder. Un libro como “Sílabas trabadas” interesa a todo aquel que ama la lectura y, particularmente, le guste conocer el trasfondo de ella. En muchas ocasiones las entradas de un dietario sirven de boceto de otros proyectos de más amplia intención, como un poema, un relato e incluso una novela, pero además, por sí mismas, estas reflexiones ponen al descubierto el “alma” del autor de manera más fidedigna que cualquier otro texto, con toda probabilidad, más ficcionalizado.

* Reseña publicada el 26 de abril en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés

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