ARIDNA

ARIADNA G. GARCÍA CIUDAD SUMERGIDA. POESÍA HIPERIÓN

Existen diferentes manera de abordar el yo desde la literatura y , en concreto, desde la poesía, y algunas de ellas lo hacen, no desde el confesionalismo más exacerbado sino desde un enmascaramiento que deja visible solo una parte mínima de su biografía. La transferencia de las emociones a la página está presidida más por la contención que por la exhibición descarnada, aunque no siempre es fácil delimitar donde empiezan y acaban ambas actitudes, sobre todo si dichas opciones se manifiestan contaminadas por la voz de un personaje que sustrae características del propio autor para configurar su propia identidad. El caso de la poeta y novelistas Ariadna G. García (Madrid, 1977) lo podemos encuadrar en la segunda de estas posibilidades, porque en sus poemas se inclina más a preservar en un segundo plano aquellos fragmentos de intimidad que resultan más conflictivos y opta por configurar un paisaje emocional simbólico en el que predomina una visión optimista de la realidad. No cabe duda de que esas señales esperanzadoras tienen que ver, más que con hechos fidedignos que lo atestigüen —la realidad, en este caso, no deja mucho margen para la ilusión—, con el deseo de ofrecer a sus hijos, recién concebidos, un mundo mejor: «Quiero / que la vida de mis hijos sea segura, / y para eso necesito que depongas tu móvil y cojas una azada, / que en lugar de recitarme slogans publicitarios / me digas porque sangran las nubes en el cielo».

     Ciudad sumergida está dividido en cinco secciones de muy distinto calado. Sin duda es en la sección central, la titulada «Origen», donde se vertebra este libro que gira en torno del nacimiento y la creación de una familia: «Sois la vida que empieza, un mundo en expansión. / Acogéis en un cuerpo diminuto, creciente, / el amor desbordado de unas madres arqueras / que sueñan con vosotros donde quiera que estén». A esta sensación de centralidad contribuye el aspecto formal de los poemas, escritos en poderosos alejandrinos casi en cada una de las siete parte que la componen. El ritmo que impone este metro resulta primordial para resaltar la preeminencia de lo expresado en estos poemas. Se trasmite una seguridad vital que solo los muy convencidos son capaces de participar elocuentemente y esto es algo que se agradece de manera especial, acostumbrados como estamos a unos registros poéticos de tono elegiaco, en su mayoría. La presencia de los hijos tiene mucho que ver con esta postura que antes hemos adjetivado como optimista —lo que no impide que Ariadna G. García— se muestre muy crítica en algunos poemas con el estado de las cosas: «Acoge la certeza de la voz de tus hijos. / Viajan hacia nosotros invisibles, / pero también veloces, por debajo / de tu piel misteriosa. Cree en ellos / en su esfuerzo titánico. / Recuerda / que la vida no es fácil, que se lucha por ella / desde el mismo comienzo».

     «La Tierra» muestra, sin embargo, una estructura totalmente diferente. Es un largo poema dividido en diez fragmentos que dan una sensación de unidad muy precisa porque cada uno de esos fragmentos comienza en minúscula y finaliza sin punto de cierre. El contenido es, además, menos jubiloso. No esconde Ariadna su malestar (poéticas del malestar ha denominado el profesor Morales Barba esta corriente) ante el estado de las cosas y son numerosos los poemas que denuncian tal estado:«Hemos taladrado los suelos / y miramos a las estrellas con la intención de hacer otro tanto. / Con espigones y escollera hemos construido playas artificiales / que han arrasado praderas subacuáticas. / Hemos hecho de la corteza terrestre un cuadro. Vanguardista. // Pero aún estamos a tiempo de cambiar». No es difícil advertir que el lenguaje se ha vuelto más directo, más prosaico, pero la comprensible necesidad de hablar claro no implica renunciar a cualquier efecto literario. Ariadna G. García lo sabe muy bien y por eso no cae el un fatalismo adormecedor ni en un patetismo lacrimoso. Lo dice claramente, sí, pero con una innegable voluntad de intervenir, de no ser un personaje pasivo y lo hace, además, manteniendo idéntico rigor poético que en los versos de tono más lírico: «Cazamos, talamos, traficamos, agotamos. / No hablo de ti y de mí, / pero lo cierto es / que somos cómplices. / Vivimos tranquilos y aparentemente seguros / mientras crece / nuestra fragilidad». Si al comienzo del libro, el yo mantenía cierta preponderancia en los poemas, a medida que el libro ha ido avanzando, hemos asistido a un proceso de desdoblamiento. El yo ha pasado a ser un nosotros que engloba a una pequeña colectividad, la que forma su familia, su mujer y sus hijos: «Formas parte de un todo. / Formas parte de una familia», escribe en el fragmento final de «La Tierra».

     No hemos hablado aún de las primeras secciones del libro, «Devenir» y «Memoria», la primera integrada por tres poemas que hablan de los ciclos naturales, de la transitoriedad y de la fugacidad inherente a todo ser vivo. «Memoria», sin embargo, parece actuar como contrapunto. La memoria trata de detener mínimamente esa transitoriedad, pero cuando esta falla, cuando la pérdida se instala en las conciencias todo se derrumba: «Voy siguiendo tus pasos / por el bosque nevado, / hundo mis botas / dentro de mis huellas. // Miro hacia atrás: / no hay nadie. // Pero sé que algún día / otras piernas menudas, / sin esfuerzo, / me seguirán el rastro».

El libro finaliza con un canto afirmativo —afirmación que subyace en todas las secciones— que deja un excelente sabor de boca en este lector propenso a la melancolía: «¿Qué decía la letra que aún retumba / como pulso de pájaro en mis venas? / Que en la ciudad oculta, sumergida, / el viento no derriba la esperanza, / ni hay gente que te imponga sus razones. / Allí puedes ser tú en libertad, / y macerar tus sueños hasta el logro». Ojalá, Ariadna, estés en lo cierto.

*https://elcuadernodigital.com/2019/03/21/ciudad-sumergida-de-ariadna-g-garcia/

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