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JUAN JOSÉ VÉLEZ OTERO. PASMO. PRÓLOGO DE LUIS ALBERTO DE CUENCA. EDITORIAL: VALPARAÍSO, 2018

No es frecuente en la poesía actual encontrarse con un libro compuesto íntegramente por sonetos. Hay, sí, sonetos desperdigados entre otros poemas, sonetos que, en muchos casos, cuesta reconocer porque enmascaran su forma ortodoxa —tal y como la concebimos en nuestra lengua a través de, principalmente, Garcilaso, porque en otras, los sonetos admiten múltiples variantes— con una disposición versal diferente, con apariencia casi de silva, como si quisieran que ese rígido armazón pasara desapercibido. Pasmo, el nuevo libro del poeta y traductor Juan José Vélez Otero (Sanlúcar de Barrameda, 1957), no esconde sus armas, lo integran cuarenta y cinco sonetos que rinden tributo a la tradición de forma admirable. El poeta Luis Alberto de Cuenca los califica en su prólogo como «sonetos de forma impecable, sin una sola alteración silábica ni rítmica» y de Vélez Otero dice que posee «una sabiduría arquitectónica sorprendente, rara ente los poetas de hoy, incluso los de campanillas». Pero, al margen de esta perfección formal puesta tan de manifiesto, ¿de qué hablan estos sonetos?, pues de los temas eternos, del paso del tiempo, del amor, del deseo, de la muerte, aunque el autor pone especial énfasis en el trágico destino del ser humano: «este hombre sin dónde ni sin cuándo, / extranjero en sí mismo y de la vida, / anda mordido, sin saber, buscando / al otro que perdió». El pasado construye la identidad, pero cuando ese pasado se diluye el ser humano queda envuelto por una especie de nube incolora carente de referentes espacio temporales, por esa razón no es infrecuente que el poeta se sienta perdido y se afane en buscarse en quien fue, no en quien es este instante. En muchas ocasione, echa mano de su oficio para intervenir en su destino —un destino en el que, por otra parte, no cree—: «Solo escribo / para inhumar, / la escoria del pasado, / el dolor pasajero de estar vivo». Hay, como no puede ser menos, alteraciones, altos y bajos en este discurso existencial que tiende al desaliento: «El frío de la edad y ame libera / del fuego en el que ardió la sangre ufana / y siento desfilar la caravana / que lleve a su lugar mi calavera».

     Esta primera sección —el libro está dividido en tres— de aliento trágico, da paso a la segunda, en la que la ironía, salpimentada con chispazos de tinte erótico, adquiere cierto protagonismo. El poeta desea «no escribir más más cosas tristes», por eso juguetea con las palabras en busca de una posible redención que encuentra en la propia escritura su encarnación. Son muchos los versos que lo corroboran, por eso citaremos solo algunos de ellos, por ejemplo: «Me gustas como el aire, como el vino, / lo mismo que me gustan los pasteles / y el güisqui, la fabada y los dinteles / oscuros de tus ojos de felino» o «Esta noche, mi amor, me veo así, / enjuto, triste y pobre de colores, / desangrando un bolígrafo por ti». No se piense, sin embargo, que Juan José Vélez otero ha dado un giro de ciento ochenta grados. La ironía ejerce la función de escudo para garantizar la supervivencia, pero ese barniz no puede ocultar el grave y doliente sentimiento de pérdida que alienta los poemas: «Saliste sin decir adiós, en suma, / hiciste el equipaje y, apurando, / sacaste tu billete hacia la bruma. // Te fuiste sin notar, como la espuma, dejándome aquí solo interpretando / un solo para hielo con mi pluma».

     En la tercera sección encontramos los poemas más existenciales. Vélez Otero, como hicieron antes que él poetas de la talla de Miguel Hernández, Blas de Otero, José Luis Hidalgo o César Vallejo —este último muy presente en estas páginas— levanta la voz para reclamar justicia a Dios, para reprocharle su falta de bondad, su afán de venganza, para exteriorizar sus dudas: «Que me hieras // no es nuevo, tu crueldad no es nueva, pues, no me asombra, / estoy acostumbrándome a tu saña. / Si Tú eres Innombrable, yo, el indómito». Además, regresan. Como si fuera un círculo, temas ya vistos en las secciones anteriores, por ejemplo, el poema «Noche de Reyes», tiene su justa correspondencia en «Postal de Navidad», incluido en la primera sección y el último poema del libro, «Atardecido Edén», con el recuerdo de aquel muchacho del pasado aún con esperanzas, es el mismo que el del primer poema, el que vivía en la casa de los padres, hoy ya la del poeta. Un poeta que anhela ser dueño de su destino, que, aunque a regañadientes, aún cree en ciertas utopías de carácter íntimo que ayudan a seguir viviendo.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 8/03/2019
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