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LUIS ACEBES. EL DON DE LA ENORMIDAD. EDITORIAL TREA

Lo primero que nos llama la atención de este título es el juego intertextual que establece con Don de la ebriedad, el excelente primer libro de Claudio Rodríguez, pero no observamos aquí —como ocurrió, por ejemplo, con La destrucción o el humor, la parodia aleixandrina que perpetró Javier Salvago y que tan mal sentó al parodiado— una intención torticera, sino, tal vez, el propósito de advertir al lector de que esa «enormidad» es real si pensamos en la extensión de los poemas, constreñidos, más que por imperativos métricos o por dictados formales, por los estrictos límites de la página. Son estos límites los que provocan que la «respiración» del poema se acerque a la elongación de la prosa, acentuado por una deliberada inflexión prosaica del lenguaje, propia del tono conversacional, lo que no invalida, obviamente, su carga reflexiva.

     Más de cincuenta densos poemas componen El don de la enormidad, poemas que, como avanzamos, tanto formal como argumentalmente, podemos considerar micorrelatos (intercalados con aforismos), aunque bien es verdad que la anécdota biográfica que sustancia el texto se trasciende gracias a un lirismo poblado de metáforas, así, el mar es «un precinto diáfano bajo la musculatura dormida del sol» o el tiempo «no es un perro amaestrado que obedezca la señal de tu mano cuando le dices lo que sientes. Nunca dobla las patas». No es, sin embargo, lo más frecuente. Luis Acebes (Madrid 1966) parece conceder más importancia al sentido que a la forma. Esta presunta prioridad lo sitúa en pleno centro de la postmodernidad poética y digo presunta porque el autor me desmiente en versos como estos: «Mi desinterés por los argumentos nació / en aquella clase [habla de una profesora, Margarita, que les leía cartas del obispo]. Opté por las palabras». El ejercicio de la escritura es motivo de reflexión en diferentes secuencias temporales. La imposibilidad de atrapar la emoción, el instante o las evanescentes estelas del recuerdo solo con las palabras se asume no sin pesar: Después de una somera descripción de tareas domésticas, Acebes llega a la conclusión de que «Todo esto debe ser la vida», pero solo aparentemente. Sabe que hay mucho más debajo de la piel del día y sus efectos: «Esto y lo que no consigo nombrar, lo que tantos días creo tener entre las manos y al sentarme a escribir se escurre sin remedio. Ese pez cuyo oficio es la escapada». Al fin y al cabo, «Escribir es amar infantilmente un imposible». Pero entonces, ¿por qué escribir?, podríamos preguntarnos. Se me antoja que una de las razones más sólidas es la de buscar la salvación a través de ella —no hablo, claro, de salvación en términos religiosos—, la salvación como justificación vital, la salvación gracias a unas palabras que dan sentido a la existencia. La poesía es un refugio que resguarda de la degradación cotidiana, de la ignominia, de la herrumbre de los días, quizá por esa razón Luis Acebes se enroca hasta en los detalles más minúsculos, lugares, personas —su abuela, su madre, su esposa y sus hijas son mencionadas en diversas ocasiones: «Ayer Alba / pidió probarse el vestido. Apareció en el salón de blanco. / Parecía Nuria»—, amigos, situaciones anómalas —la de los «rocieros» en la piscina es significativa—, deudas literarias —autores como Mishima, Richard Ford, Gil de Biedma o Nathalia Ginzburg protagonizan algunos de estos poemas— con un realismo exacerbado, sin apneas concesiones a la retórica. Este realismo, a pesar de que la realidad ofrece pocos motivos para ser optimistas, no se compadece con un sentido trágico de la existencia, antes al contrario, sin ser una poesía de cántico, la sensación que embarga al lector es la de que el poeta asume la vida tal y como le ha sido concedida: «Mi vida y la de los otros. No conozco más / que esto. No podría habla con certeza de nada más. / Está lo que no veo […] Cuando me vaya a la cama pensaré que ha merecido la pena el día». Acebes bebe de la realidad —en ella el amor tiene una importancia capital—una hasta el punto de que muchos de estos poemas son autorreferenciales —se mencionan incluso publicaciones anteriores—— y en ellos la vocación memoralística resulta más que evidente, aunque el discurso confesional está equilibrado con tanta precisión que nunca se decanta hacia la exhibición de los sentimientos más íntimos. La poesía de Luis Acebes rehúye las proclamas programáticas a las que continuamente está sometida la poesía española y busca unos referentes más distantes, como el citado Richard Ford o el poeta también norteamericano Robert Hass. En cualquier caso, bajo la intención narrativa del autor se esconde el deseo de comprender el mundo gracias al lenguaje, como si solo escribiéndolo el poeta pudiera reconocer el mundo, reconocerse, quizá porque —y esto es, en la práctica, discutible— «Nunca es presente cuando se cuenta», por eso «El acto de / escribir supone una voluntad más honda que el recuerdo, / aunque igual de inútil»

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 01/03/2018

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