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ZERON

JOSÉ LUIS ZERÓN HUGUET. ESPACIO TRANSITORIO. PRÓLOGO DE JORDI DOCE. EDITORIAL HUERGA Y FIERRO

He de confesar que hasta “Espacio transitorio” mi conocimiento de la poesía de José Luis Zerón Huguet (Orihuela, 1965) se limitaba a la lectura de algunos poemas dispersos en revistas. Lo cierto es que tal insuficiencia solo es achacable a quien escribe estas líneas, porque Zerón acredita en su biografía una larga lista de títulos y una trayectoria poética de más de veinticinco años, porque su primer libro como tal, “Solumbre”, data de 1993. Con mayor o menor regularidad, desde entonces se han sucedido los libros que han salido de sus manos: “Frondas” (1999), “El vuelo en la jaula” (2004), Sin lugar seguro (2013), “Perplejidades y moradas” (2017), entre otros. Además, Zerón Huguet simultanea la creación poética con su labor como agitador cultural y otros asuntos relacionado con la poesía. Fruto de esta labor es la puesta en marcha de asociaciones y revistas literarias como “Empireuma” y “La Lucerna”.

     ¿Qué espera a los lectores de “Espacio transitorio”, un título que nos remite de inmediato a ese lugar que ocupamos en el mundo, tan carente de cimentación, tan volátil, tan poco nuestro? En primer lugar, se encontrarán con un discurso que supura escepticismo y acritud casi sin descanso. El poeta trata de asentarse en el presente, un presente que se quiere intemporal, como si surgiera de la nada, renunciando a las experiencias previas, sean estas del cariz que sea: «No mires atrás, no hay pasado, / el pasado que añoramos emite señales de abismo», escribe en el poema «Me llamo Lot». Zerón aboga por aprovechar el instante, un tema que tiene antecedentes directos en el “Colligo virgo rosas” de Ausonio y el “Carpe diem” horaciano y que ha sido tratado magistralmente en nuestra lengua por poetas de la talla de Garcilaso o Góngora y, más cercanos en el tiempo, Luis Alberto de Cuenca o Francisco Brines. «Acoge el contenido del instante», «Os enseñaré a conocer lo efímero, / a disfrutar el ya y el ahora», «Bendice este siendo, / este estar», son versos de poema de la primera parte del libro, «La canción del tránsito». Otra cosa que llama la atención es eso que el autor ha llamado «siderurgia del lenguaje»: No cabe duda de que los hornos en los que se funden las palabras alcanzan una altísima temperatura. La emoción parece desbordarse en una colada incandescente. No hay concesiones al servicio de una retórica que se materialice en formas habituales, no puede haberla porque al poeta parece apremiarle la necesidad de vivir, y esa fuerza que sale a borbotes de su conciencia solo puede expresarse con naturalidad. Estamos frente unas emociones cuya naturaleza íntima es salvaje, no ante esa naturaleza domesticada que llamamos paisaje.

   La segunda parte del libro, «Extravío», mantiene esa pugna entre el lenguaje y la experiencia que se desea verbalizar, pero el asunto central, los desposeídos, los excluidos de la sociedad, difiere totalmente de los poemas de la primera parte. El asunto, no la manera de afrontarlo, requiere, si cabe, más crudeza: «Se les ve deambular por los arrabales y centros de las ciudades, / camina con un moribundo brillo / en el horizonte de sus ojos». Personalmente, creo que esta forma casi torrencial de escribir —un torrente, conviene decirlo, encauzado— es la que mejor se adecúa a temas tan sangrante, y de tan penosa actualidad, como la emigración, el exilio, la guerra, el hambre, etc. En el último poemas de la sección, «Sigo mudo», encontramos versos que nos muestran la fe que, a pesar de todo, conserva Zerón Huguet en el poder de la palabra: «Ahora que todo nace amenazado / se hace necesaria, por inútil, la insurrección: / hay que romper la física / y ofrendar a la tierra / una caravana de ilusiones. / Es preciso incendiar el desierto / y seguir reconstruyendo el mundo con palabras, / aunque nos traicione el lenguaje». Todo poeta se siente traicionado por el lenguaje porque este se doblega ante su insistencia solo aparentemente. Siempre deja una profunda sensación de fracaso en quien escribe.

     «Adhesiones», la tercera parte, presenta una curiosa mezcla de las dos secciones anteriores. El compromiso social sigue presente («Mundo, eres sórdido pero te amo», «El mundo es a imagen y semejanza de un discurso inacabado / que sigue creciendo y decreciendo. / Humillados por la inocencia….»), así como el paso del tiempo, el deseo de apresar el instante en una eternidad imposible, aunque la mirada desconsolada hacia el pasado (estos versos cargados de nostalgia lo testifican «Aquí hubo una arboleda, hijo. / Ahora los matorrales / está secos y polvorientos / y las malas hierbas conviven / con el plástico y la chatarra») carezca del desagarro de los poemas primeros. Con dos de los mejores poemas del libro finaliza esta sección, «Letanía para la hija»y «Palabras para el hijo».poemas de educación sentimental no exentos de esperanza. El poeta Jordi Doce, autor del prólogo, escribe estas acertadas palabras con las que finalizamos este comentario: «José Luis Zerón nos de con “Espacio transitorio su libro más íntimo y despojado, el retrato fidedigno de una temporada en el infierno que ahora, gracias a la fuerza transmutadora de la poesía, su carácter salvífico, es capaz de iluminarnos».

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés ,el 8/02/2018
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