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RAQUEL LANSEROS. MATRIA. COL. PALABRA DE HONOR. VISOR*

Hay quien tiene la manía de leer el periódico empezando por las páginas finales, obedeciendo a una necesidad interna que carece de afán constestatario, pero que se resiste al orden convencional. Es una cuestión de prioridades, más que de otra cosa. Sin embargo, a la hora de leer un libro de poesía, las premisas deben ser otras. Convenimos en respetar la disposición y estructura de los poemas que el autor ha elegido y seguir las pautas que su propia coherencia nos señala porque, pensamos, nadie mejor que él conoce los motivos que le han llevado a ordenarlos de esa forma y no de otra. Sin embargo, después de leer un libro como Matria, la última entrega de Raquel Lanseros (Jerez de la Frontera, 1973), yo recomendaría al lector que comenzara el libro leyendo el último poema, «Promesas que cumplir», porque, más que un magnífico epílogo —que también lo es—, resulta ser un compendio estético y moral que puede ejercer las funciones de prólogo a las mil maravillas. Veamos algunos versos para confirmarlo: «Defiendo la memoria como patria íntima / el único dominio con vino de justicia»; «He aprendido que la vida tiene un precio / con dinero se paga el de la bisutería. /Me gustan las palabras cansadas del camino / ésas que a vida o muerte se empeñan en decir»; «Escribo porque intuyo que mi ambición mayor / es volver a nacer». Tres ejemplos que nos permiten establecer tres líneas de sentido que, a ojos de este lector, sin embargo, no están delimitadas en el libro pero que interactúan sin aspereza.

     La primera de esas líneas tiene que ver con el rastreo por esas zonas de la memoria que, de forma más o menos evidente, están presentes, en nuestros actos cotidianos, en un presente al que le cuesta reconciliarse con el pasado, están, como si dijéramos, a flor de piel porque se resisten a ser arrinconados. El mismo título del libro, Matria, evoca un retorno al origen, a la fertilidad —titulado la dedicatoria parece confirmarlo tanto como el poema «Suspiro progenitor»—, a la memoria de la tierra natal: «La tierra natal cubre como un tatuaje la piel preliminar. / Bendita sea la casa de mis padres», la casa de mis padres es, qué duda cabe, la patria íntima y en ella se ha forjado en gran medida la identidad de la autora, una identidad en la que la memoria de sus antepasados juega un papel importante: «Yo no he vuelto a olvidar / quién soy / de dónde vengo», escribe, pero esa alusión al pasado no impide que nuestra autora sienta también nostalgia del futuro: «Lo contemplo quién sabe desde dónde. / Y no sabría decir / si soy yo quien observa / o bien otro alguien más desde el pasado / es quien de pronto me está mirando a mí».

     La toma de conciencia que le hace tomar partido frente a las injusticias sociales y económicas podría conformar un segundo eje temático. Nos encontramos con algunos poemas que giran en torno al compromiso ideológico, algo que se esta convirtiendo en frecuente en los últimos años, aunque, por ambición estética, poco tiene que ver con la poesía social de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo. El distanciamiento es necesario para no caer en el patetismo ramplón. A Raquel Lanseros le preocupa el mundo que va a legar a su hijo, sí, pero no enarbola la bandera de la indignación artificialmente. Como poeta y como persona, está implicada en la triste historia que le ha tocado vivir. No se trata de ser apocalíptico, pero la degradación creciente a la que estamos sometiendo los recursos naturales y la propia degradación del ser humano, causa de la primera, nos inclinan a no ser demasiado optimistas sobre el futuro que nos espera. Es cierto que la maternidad cambia la mirada sobre el mundo. Con ella, lo padres contraemos una serie de responsabilidades que antes no teníamos o, si las teníamos, no éramos lo suficientemente conscientes de tenerlas, así, las luciérnagas del poema «la cuesta de las luciérnagas» son un símbolo de añoranza y de esa degradación imparable: «Mi hijo será el primer desheredado / el forzoso habitante / de un mundo sin luciérnagas». Un poema este que, en su tono, marca un acusado contraste con el titulado «Padre», más nostálgico y benevolente con el recuerdo (algo que ocurre también en el titulado «fantasmas o pretextos», como comprobamos en estos versos: «yo era resuelta y nueva / el futuro era entonces / una extensión sin límite ni fondo ni custodios»: «yo celebro esta acera por la que ahora pasamos / cuando todavía es hoy / y siento en mi costado / el calor de tu historia / tus palabras que aciertan a explicar el origen». Pero la poesía de Lanseros busca además otras frecuencias para denunciar el statu quo que nos insensibiliza frente al dolor, convierte en dignas actitudes deleznables, como las que vemos a diario en los informativos referidas, por ejemplo, a la emigración en ese mar Mediterráneo que «es puerta eco anfitrión y sepultura» o al fanatismo religioso.

     El tercer eje cardinal tiene que ver con la escritura propiamente dicha, con un concepto de la poesía como tabla de salvación, como «¿…escudo contra la mentira dominante?». No las tiene todas consigo Raquel Lanseros, acaso porque ha sido testigo de la fragilidad de ese escudo, de cómo la falta de esperanza es capaz de perforar el mejor acero de Damasco. No es preciso recurrir a la historia pata verificarlo. Pese a esa constatación, la escritura conduce a pensar que no todo está perdido. La poesía alimenta el alma y nos convierte, al menos eso nos gustaría pensar, en mejores seres humanos: «Poesía que nos asciende al cielo / brotando sin cesar de la tierra, / misterio primigenio».

     No se acaban aquí, por supuesto, los registros de un libro como Matria porque Raquel Lanseros es dueña de una prodigiosa versatilidad temática —son magníficos poemas como «Guerra con G de genocidio», «Mr. Emilio» «Hendaya-Irún, 1962» que recrean como un flashback cinematográfico una atmósfera de miedo y de desesperanza, pero también de valor para soportar la humillación— encauzada hacia un mismo fin, una profunda comunión con la bondad natural de ser humano, capaz de cometer las mayores atrocidades, pero también de asumir los mayores sacrificio por sus seres queridos: «No me deje pasar si así lo estima. / A quien ya le han jodido la vida una vez / no se la puede volver a joder nadie». Lanseros combina además con soltura técnicas que van desde lo puramente descriptivo y anecdótico a lo reflexivo, aunque no estos son compartimentos estancos y no me atrevería a encuadrar tal o cual poema estrictamente en uno de esos dos apartados. Además, nuestra poeta ha sabido bucear en las aguas de nuestra tradición y no ha querido ocultar sus deudas, que van desde Catulo, Dante o Petrarca hasta Quevedo o Calderón, por no hablar de numerosos poetas latinoamericanos, como queda de manifiesto en el poema «Los poetas de América Latina».

     Matria, primer libro que publica tras la edición de su poesía reunida en 2016, representa un paso más en la consolidación poética de unas de las voces más originales de nuestro país, una voz que, sin ser autobiográfica en sentido estricto, sí que está construyendo su propio autorretrato con fragmentos de la memoria.

Raquel Lanseros: ‘Matria’

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