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KARMELO C. IRIBARREN. LOS MEJORES CIEN POEMAS. SELECCIÓN Y PRÓLOGO DE JOSÉ LUIS MORANTE. SILTOLÁ POESÍA

Es sabido que en la poesía de la llamada generación de los 80 convivieron diferentes estéticas no siempre en armonía. El predominio que sobre todas ellas ejerció la «poesía de la experiencia» provocó un aluvión de críticas hacia esta tendencia y fue objeto de una enconada diatriba que en muchas ocasiones estaba sustentada en la exaltación más que en justificaciones teóricas, una diatriba de la que, afortunadamente, apenas queda algún rescoldo. A propósito de este término tan controvertido, el profesor y crítico Ángel Luis Prieto de Paula ha escrito lo que sigue: «El sintagma referido, “poesía de la experiencia”, no ha de concebirse necesariamente como una forma literaria de índole teatral —esto es, ficticia— caracterizada por el monólogo dramático; sino, sobre todo y a veces exclusivamente, como una canalización poética de la intimidad, salteada de aconteceres biográficos —poesía como una modalidad del relato—, con una pretensión comunicativa en la que el vuelo de las imágenes y los resortes del lenguaje se ponen al servicio de la intelección argumental». Si traigo a colación este párrafo de la introducción a su antología de poesía Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia, es porque lo creo oportuno para definir la poesía de Iribarren, ya que la crítica lo ha encasillado en una de estas tendencias, afines a lo que se ha dado en llamar «neorrealismo» o «realismo sucio» —y que podemos considerar una de las variantes que integran la «poesía de la experiencia»—, aunque su obra apenas haya sido antologada en las antologías epocales que se han realizado hasta la fecha (ya hemos hablado en otra ocasión del reajuste que se está produciendo en los últimos años y de cómo poetas —los nombres están en la mente de todo lector de poesía—que fueron ignorados por los distinto antólogos en su momento, con el paso de los años se han convertido en referentes de sus respectivas generaciones).

     La tardía fecha de aparición del que podemos considerar su primer libro, La condición urbana (1995) fue, por entonces, un factor determinante para justificar dichas exclusiones, de hecho, cuando se menciona su nombre, se le considera un epígono de Roger Wolf, la figura, por entonces, más representativa de la corriente que se denominó «realismo sucio» (por las similitudes en cuanto al lenguaje y también por la atmósfera atormentada, en el caso de Wolfe, con autores como Carver o Fante), a la que la crítica ha adscrito también a poetas tan distintos como David González, de dicción torrencial y de temática marginal, o Pablo García Casado, que aúna minuciosidad descriptiva con reflexión íntima y que, desde mi punto de vista, poco tienen que ver con la poesía de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959), poeta que ha sabido dar una vuelta de tuerca a la efusión lírica de la intimidad gracias a un distanciamiento irónico, en la mayoría de los casos, del suceso versificado y la ausencia de retórica, una ausencia en la que la actitud reflexiva se escamotea y se deja en manos del lector la continuidad argumental.

Iribarren utiliza magistralmente un lenguaje comprensible, plagado de giros coloquiales, con una notable carga nostálgica, que tiene al decurso amoroso con poderoso núcleo aglutinador, aunque no falten otros asuntos, como el paisajístico —conviene recordar que estamos hablando de una poesía urbana que tiene como escenario a la ciudad de San Sebastián, sus playas y sus calles, pero también sus bares y la lluvia omnipresente, como compañera habitual—, el amical o el metapoético, como podemos comprobar en el poema «Poesía y tú», del que reproducimos estos versos: «Aún te visita a veces, como le gusta / hacerlo siempre: por sorpresa. / Sabes que es ella / por el rimo especial con que se mueve, / ese ritmo que hace / que aunque no diga nada de interés / lo diga de una forma interesante». Ese ritmo especial al que se refiere Iribarren tiene mucho que ver con la peculiar factura de sus versos, elípticos, sincopados, lo que contribuye a aumentar el misterio de lo narrado (recordemos que Prieto de Paula hablaba de esta poesía como una modalidad de teatro) y a trasmitir al lector una envolvente sensación de desolada nostalgia.

     José Luis Morante, el autor del prólogo de estos Cien mejores poemas, realiza un trabajo basado en la cronología de los respectivos libros de Karmelo C. Iribarren y nos brinda algunas claves de su poesía, como la normalidad, la presencia del cine negro, la adición al alcohol, la prematura muerte del padre, la conciencia de la inexorabilidad del paso del tiempo, la constatación del declive físico y para ello, escribe Morante en su peculiar estilo, utiliza «estrategias enunciativas expresadas con una dicción coloquial, un léxico sobrio y comedido alejado del sesgo irracional y de los fogonazos experimentales». Ese registro coloquial carece casi por completo de metáforas, pero está plagado de anáforas, de antítesis, de encabalgamientos y roturas violentas del ritmo del verso. El poema titulado «Método» desenmascara la cocina del autor: «Este poema / está escrito de un tirón, / como no deben escribirse / los poemas. // Sentado, / viendo pasar sin voz / ante los ojos / imágenes de guerra, / con un whisky en la mano, / de repente, / como salta la liebre, / me ha venido la idea. // Y como veis, / no hay mucha diferencia. // Para no decir nada / cualquier método es bueno».

     Iribarren maneja —lo acabamos de ver— como nadie la ironía y eso contribuye a que el «pacto autobiográfico entre autor y lector»(la expresión es de Prieto de Paula) se convierta en algo irrompible. Cualquier lector es susceptible de identificarse con el personaje que habita en los poemas de Karmelo C. Iribarren y esta es una de sus grandes virtudes. Lo que Ricardo Menéndez Salmón ha llamado «fogonazos de un cronomapa sustnativo», refiriéndose a los eslabones de la biografía, está perfectamente estructurado en cada uno d elos libros de nuestro autor. Por otra parte, el tono desesperanzado que abunda en sus poemas —solo unos pocos trasmiten júbilo y/o optimismo— sería insufrible sin el bálsamo de la ironía, hasta del sarcasmo en ocasiones.

     Karmelo C. Iribarren, lo ha escrito Rafael Morales Barba, es un poeta «de mirada realista, ácida y tierna que muestra en su evolución una espléndida capacidad, desde un aparente facilismo, para pulsar los registros existenciales». Ese aparente facilismo es el que puede confundir a los no versados poéticamente y hacerlos pensar que están ante un poeta mimando por la mercadotecnia. Nada más lejos de la realidad. La poesía de nuestro autor posee una personalidad propia, que la hace fácilmente identificable, por eso los imitadores son descubiertos de inmediato.

     El año que acaba de finalizar, 2018 ha sido el annus mirabilis no solo de Karmelo C. Iribarren —galardonado con el Premio Euskadi de Literatura y ha obtenido el Premio de Poesía Ciudad de Melilla— sino también para el editor de esta antología, José Luis Morante, que ha entregado a imprenta, además de esta, una antología de aforismos de Juan Ramón Jiménez (Aforismos e ideas líricas, Sevilla, Ediciones de la Isla de Siltolá) y otra del poeta y editor Javier Sánchez Menéndez (También vivir precisa de epitafio. Antología poética de Javier Sánchez Menéndez(1983-2017), Chamán Ediciones). Deseamos que este 2019 que acaba de comenzar, esté, cuando menos, a la misma altura.

*https://elcuadernodigital.com/2019/01/16/los-cien-mejores-poemas-de-karmelo-c-iribarren/