ZAMBRANO.pngmarÍa zambrano

 

MARÍA ZAMBRANO. POEMAS. EDICIÓN DE JAVIER SÁNCHEZ MENÉNDEZ. EDITORIAL LA ISLA DE SILTOLÁ.

Según Aristóteles, todo lo que se escribe en verso no es poesía. Por el mismo razonamiento, textos escritos en prosa son poesía verdadera y el ejemplo de María Zambrano es uno de los más significativos. Su prosa, calificada de poética, y no de modo peyorativo, posee ciertos atributos líricos —el esmerado lenguaje, la intuición, el poder evocativo, etc.—que la acercan más a lo poético que, en este caso, a lo filosófico, entre otras cosas porque, además, su pensamiento es asistemático, sus ideas carecen de esa codificación y de esa estructura asociadas a un método concreto de raciocinio. Precisamente, sobre la fusión de poesía y filosofía escribió María Zambrano (1904-1991): «La poesía —escribe en su libro Filosofía y poesía— representa a la mentira, todo representar es ya mentira. No hay más verdad que la que refleja al ser que es. Lo demás es casi crimen. La creación humana es puramente reflejante; limpio espejo el hombre, en su razón, del ordenado mundo, reflejo a su vez de las altas ideas. Lo que no es razón, es mitología, es decir, engaño adormecedor, falacia; sombra de la sombra en la pétrea pared de la caverna».

     Javier Sánchez Menéndez, poeta y autor de una obra de pensamiento aún en marcha, ha estudiado la obra de Zambrano y ha rescatado los poemas propiamente dichos que escribió la filósofa: «Hemos seleccionado los textos escritos en verso, que las Obras completas consideran “poemas” ( y que aquí llamamos “delirios líricos”), pero también algunos delirios, otros textos en prosa (esquemas, bocetos, anotaciones), y algún texto breve que podamos llamar sentencia, aforismo o definición». El conjunto no es muy amplio, cincuenta y un textos de interés diverso. Hay poemas que apenas pasan de bocetos y otros, sin embargo, gozan de una elaboración más compleja. No importa demasiado, porque en todos ellos late esa fuerza introspectiva de Zambrano que acaba por confesar en el número cinco —los textos están ordenados cronológicamente— su preferencia por la poesía: «Estoy demasiado rendida para escribir, demasiado poseída. Solo podría hacer poesía, pues la poesía es “todo” y en ella uno no tiene que escindirse. El pensador escinde a la persona; mientras el poeta es siempre “uno”. De ahí la angustia indecible, y de ahí la fuerza y la legitimidad de la poesía» (recordemos que estamos leyendo un poema. Esa presunta unidad del poeta resulta muy controvertida para poetas como Pessoa, por ejemplo).

     La selección de los poemas se completa con un texto titulado «La palabra» que no es otra cosa que un comentario personal a su libro Claros del bosque que fue ofrecido en versión grabada, a pesar de sus reticencias, ante el público del Colegio Mayor San Juan Evangelista: «Para mí leerme lo que he escrito es imposible, es lo más duro, difícil, amargo, no, imposible, no puedo calificarlo», dice apesadumbrada.

     Una de las virtudes de este libro, además de los poemas de María Zambrano, reside en la información suplementaria que acompaña a la edición. «Anotaciones, cronología y procedencia de los textos de esta edición» aporta una información impagable no solo para los estudiosos de su obra sino para el lector no especializado. Así, por ejemplo, el poema número 33, titulado «(Un mes de la terrible noche de Costafreda)», glosa la muerte, en realidad el suicidio, de Alfonso Costafreda (1926-1974) —poeta que por edad podemos encuadrar en la generación del 50, aunque su temprano alejamiento de España hizo que su poesía pasara inmerecidamente desapercibida— la noche del 3 al 4 de abril. El poema número 48, entresacado del artículo «Prosecución de la aurora en la obra de Juan Soriano», es una écfrasis de varios cuadros del citado pintor figurativo.

   Sánchez Menéndez ha optado por escribir un prólogo informativo, no de carácter magistral, innecesario para este tipo de ediciones y más propio, por otra parte, de trabajos universitarios, aunque eso no le impida ofrecer al lector algunas claves especulativas sobre la poesía de nuestra filósofa (otros grandes filósofos como Unamuno o Jorge de Santayana, también escribieron excelente poesía). «La poesía, para la pensadora —escribe el prologuista—, era algo sublime, majestuoso, algo divino, el escalón más alto del conocimiento». Más adelante subraya el prologuista la asunción por parte de la filosofa de la llamada vía negativa, lo que nos conduce indefectiblemente al poeta romántico John Keats y su teoría de la capacidad negativa, esa que proviene de los abismos del ser humano, de sus contradicciones, de sus dudas, de los misterios que no puede desvelar la razón, y es que no siempre es fácil, como escribe María Zambrano, «Elegir entre el infierno y la nada. El infierno del amor; la nada de la libertad».

     Recomendamos encarecidamente leer estos poemas de María Zambrano que tanto nos acercan a la esencialidad de lo poético, pero antes, lean este consejo de Henri Meschonnic a propósito de leer poesía hoy en día: «Leer recién empieza cuando se relee. Leer por primear vez no es más que la preparación de esto. Porque hace falta, para que haya lectura, una actividad específica, distinta del objeto que se va a leer, con la que la primera precipitación tiende a confundirlo, sumiéndose en ella».

* Reseña publicada el 11/01/2019 en Sotileza, suplemento cultural de El Diario Montañés.

Anuncios