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JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN. SIN TRAMPA NI CARTÓN. BIBLIOTECA DE LA MEMORIA. EDITORIAL RENACIMIENTO

Con la regularidad habitual aparece un nuevo tomo de los diarios de José Luis García Martín (Aldeanueva, 1950). ¿Un nuevo diario? Sí y no. Nuevo porque da cuenta de sucesos ocurridos entre el 29 de agosto de 2016 y el 21 de junio de 2017 y, como es lógico, este periodo, a pesar de que la historia, tanto colectiva como personal, se repita, ofrece perspectivas y experiencias distintas. Pero también es un diario conocido, porque García Martín es un hombre proclive a la monotonía —una monotonía, como vamos comprobando a lo largo de los años, que no es tal; una falsa monotonía que ya quisieran para sí algunos que defienden a capa y espada el nomadismo como forma de vida— y a auscultarse sin piedad frente a la página, con una falta de condescendía que en ocasiones nos resultaría hasta irritante si no supiéramos que el efecto literario subyace en cada una de las opiniones que desgrana. García Martín flirtea con el enmascaramiento, juguetea con la identidad, se enreda y nos enreda con la simulación y con la verdad. Con todo ello logra crear un artilugio literario que nos seduce desde la primera página, aunque, como he dicho, muchas de las cosas que cuenta ya las hemos escuchado en otras ocasiones.

   Dentro de ese enredo al que hacíamos alusión podemos encuadrar también el prólogo que ha escrito para Sin trampa ni cartón el novelista y poeta Juan Bonilla, un prólogo atípico y muy del gusto, estoy seguro, de García Martín al menos del García Martín personaje de sus diarios. Y es que a ese impenitente sedentario le gusta como a pocos el riesgo, al menos del riesgo de lo discordante, de lo contradictorio, de lo paradójico: «Soy la persona menos aventurera del mundo. Si por mí fuera, no saldría nunca del barrio. Afortunadamente, poco a poco he logrado que mi barrio, esas pocas calles en las que me estoy a gusto, se encuentre disperso por el ancho mundo». Juan Bonilla —su obra, claro— ha recibido duras críticas de García Martín y, sin embargo, este es capaz de asumir que la prosa —por otra parte, de alta calidad literaria— de Bonilla preceda las entradas de sus diarios. «Parece JLGM —escribe— disfrutar cuando alguien lo detesta». No sé si será del todo cierto. Creo que solo disfruta cuando la altura intelectual del “contrincante” es similar o mayor que la suya. En uno de esos aforismos que menudean entre la narración, declara escribir «para fastidiar a mis amigos». Y tanto es el fastidio que originan generalmente en el receptor que este no duda en cuestionarse el grado de amistad que le une al crítico y la presunta carga de ironía que subyace en un afirmación así. Cómo diferenciarlo si el mismo es frecuentemente objeto de sus reproches: «Aunque nada me gusta más que hablar mal de mí mismo, procuro no hacerlo demasiado a menudo porque lo considero de pésima educación: obliga a quienes te escuchan a rebatirte y a elogiarte».
Resulta evidente que el lector que se interne en estas páginas debe pertrecharse previamente de una buena coraza, compuesta a partes iguales de escepticismo y de sentido del humor. Solo así disfrutará de la socarronería con la que trata temas aparentemente trascendentales (como hemos dicho, él mismo suele ser objeto de sus invectivas, y es que saber reírse de uno mismo es condición “sine qua non” para reírse de los demás) o controvertidos —los conflictos en el seno de un partido político o la situación en Cataluña, por ejemplo—. Juan Bonilla lo expresa magistralmente en el prólogo, García Martín «tiene una envidiable capacidad para maravillarse, a pesar de la aparente repetición extenuada de sus días, que acaba resultando contagiosa. Con prosa ligera, alérgica a cualquier pretenciosidad, sin asomo de pedantería, con una naturalidad muy trabajada, una vida llena de literatura se va desgranando en actos cotidianos que van cantando la eterna novedad del mundo para conseguir una literatura llena de vida». Sin trampa ni cartón es una especie de catálogos de afinidades y afectos, de manías y de querencias que se vienen repitiendo año tras año y que, lejos de modificarse, con el paso del tiempo se afianzan aún más. García Martín goza de una madurez vital y creativa envidiable. Es posible que su decir se haya atemperado mínimamente, pero no su ímpetu, su voracidad, si se nos permite el oxímoron, contemplativa, su afán de registrar día tras día lo más sustantivo de una cotidianidad que sí se la observa con detenimiento, siempre ofrece algo distinto. Seguramente algunos lectores pueden preguntarse, ya que estamos hablando de un volumen diarístico, hasta qué punto se puede considera lo leído como fragmentos de una autobiografía. Sinceramente, creemos que esto es irrelevante. Lo que importa es la capacidad de seducción que poseen dichos fragmentos, porque nos invitan a leerlos sin interrupción. Al fin y al cabo, como el propio García Martín escribe, «La vida tiene muchas cosas que contar, pero no sabe hacerlo. Para eso está la ficción. Y la vida contada, la vida imaginativamente recreada, acaba siendo la vida verdadera, no la que difumina la memoria». Pues eso.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 4/01/2019

 

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