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GUILLERMO FERNÁNDEZ ROJANO. HIJOS DE LA PIEDRA. PREMIO INTERNACIONAL DE POESÍA MIGUEL HERNÁNDEZ, 2018. POESÍA DEVENIR.

A pesar de tener en su haber numerosos libros y de haber sido incluido en diferentes antologías, la poesía de Guillermo Fernández Rojano (Jaén, 1957) no goza de excesiva difusión. Algunos de estos libros han obtenido relevantes galardones, como Sima, que obtuvo el Premio Germanía en 2004 o Tierra, finalista del Premio Nacional de Poesía en 2016 pero eso, al parecer, no ha sido suficiente reclamo para acceder a su poesía. Con Hijos de la piedra obtuvo el prestigioso Premio Miguel Hernández, galardón que con toda probabilidad le garantizará una mayor proyección, aunque hemos de señalar que no estamos frente a una poesía complaciente con el lector porque sus versos están plagados de imágenes oscuras que esconden una simbología difícil de desentrañar.

     Pecando de reduccionismo, podemos dividir el libro —por otra parte, de carácter unitario— en dos partes: en una de ellas predomina la impronta del vidente rimbaudiano que deja fluir el lenguaje para abarcar no solo la extensión del pensamiento sino los abismos de la imaginación. Veamos un ejemplo: «La tortuga rema en la arena hacia el origen del aburrimiento de vivir sobreviviendo, lleva un saco de uvas y una carta de claudicación al hombre que la espera afilando el machete». En la otra, el lenguaje se domestica para adecuarse al menaje, un mensaje de crítica social y política: «Pero mientras haya drogas que te coman vivo, mientras las hijas de la miseria se orine y digan mamá cuando la policía las golpee en el vientre por resistirse a ser desahuciadas, mientras las cuchilladas en el cuello nos las demos entre nosotros por cincuenta pavos, mientras sesenta y dos millones de niñas sean condenadas al oscurantismo […] y los nuestros, nuestros hijos, estén protegidos contra el más ligero pensamiento tóxico y educados con videojuegos y alimentados con grasas hidrogenadas, / mientras sea así / y así será, / habrá dicha». No se piense, sin embargo, que ambos modos se materializan de forma estanca porque conviven en un mismo poema lo real y lo onírico, ambos carecen, al menos en la poesía de Guillermo Fernández Rojano, de fronteras definidas. La presencia constante de la Naturaleza, descrita en algunas ocasiones con la precisión de un naturalista, no es vista, sin embargo, solo como un arquetipo de belleza y bondad, que también, sino como el lugar en el que se dirime la lucha por la supervivencia («La araña entrará en la casa por el resquicio del labio, por la pupa que te entregó la amante y por el anhelo de estar en soledad…»). Si nos atenemos a las taxonomías poéticas al uso, Hijos de la piedra es un libro casi inclasificable, y aquí radica una de sus mayores virtudes. La voz personal de Fernández Rojano se impone ante el lenguaje trillado y, en muchos casos, deslegitimado para transformar la realidad. El propio poeta lo explica mejor que nosotros en el poema titulado «Telaraña»: «Algo está ahí más allá de las categorías. / Toda palabra que intenta desclasificar, / clasifica».

PAULA GIGLIO. LA RISA DE LOS ÁNGELES. I PREMIO CENTRIFUGADOS DE POESÍA JOVEN. EDICIONES LILIPUTIENSES

Ya hemos hablado en estas páginas de la meritoria labor que el editor y poeta José María Cumbreño está llevando a cabo en pro de la poesía iberoamericana desde su editorial, pero desconocíamos que hubiera creado además un premio de poesía, algo que, en principio, sorprende por dos motivos: por lo sobrecargado que está el panorama poético nacional de premios de poesía —algo que resta impacto a todos los premios— y, como consecuencia de esto, porque el mismo Cumbreño se ha mostrado muy crítico con ese abigarramiento. Dejando aparte lo anecdótico del asunto y centrándonos en el libro premiado, La risa loca de los ángeles —cuya autora, la argentina Paula Giglio (Córdoba, 1988) es una perfecta desconocida para nosotros, aunque cuenta ya con otros tres libros de poesía en su haber: Ella, naturaleza (2012), En el cuerpo (2016) y Un lugar para mis piernas largas (2018)— rezuma nostalgia de un amor que se ha visto, digamos, interrumpido por la marcha de uno de los amantes. Nada nuevo y, sin embargo, la estructura dilógica de los poemas de la primera parte, la titulada «Correspondencia» aporta una dosis de frescura nada desdeñable. El verso de Giglio discurre con fluidez, pero lo más importante es la atención que presta a los detalles meteorológicos—el frío, la lluvia, un trueno, el cielo negro, la humedad— porque, de alguna forma, acentúan el desvalimiento interior y hacen más duro el distanciamiento. Incluso en el momento del encuentro, la preocupación por las variaciones atmosféricas, como si de un tiempo interior se tratara, no cesa: «Ojalá no esté nublado, / así ves la torre desde el avión».

     La segunda parte del libro leva por título «Bitácora» y en ella a la recién llegada le asalta un proceso de desubicación que trata de paliar estableciendo paralelismos entre Buenos Aires y París: «¿Qué haces viviendo en París / si estabas en Buenos Aires? / Qué responder ante un planteo / que también me hago / desde un corazón machucado y porteño». Esta pregunta subyace en todos los poemas. No es fácil adaptarse a las costumbres de un lugar extraño, aunque gracias al amor se aminore la melancolía. El libro finaliza con unos versos que mezclan la esperanza con la resignación: «Vos y yo somos inmortales. / Como el día en que los ángeles / se muestren todos juntos. / La materia se cansa de existir / pero, en cambio, el espíritu / ríe, ríe, ríe». Como escribe Robin Myers en el prólogo a La risa loca de los ángeles en el libro se analiza «cómo conocemos irremediablemente un lugar a través de las personas con las que lo habitamos, y cómo conocemos a las personas a través de lo que imaginamos que habitan sin nosotros». La conclusión queda en manos de la propia experiencia de cada lector.

JUAN LUIS BEDINS. MIGRACIÓN DEL ALMA. ASOCIACIÓN LITERARIA EL SUEÑO DEL BÚHO, 2018

Del último poema del libro, titulado como el volumen completo, entresacamos estos versos, en la práctica, columna vertebral sobre la que se sustentan todos los poemas: «Sobre la arena gira el alma / en migración de ideas / en esta playa de mi tarde / que busca su horizonte en el futuro, / playa fronteriza del tiempo / donde pasado y porvenir / convergen en su historia»: No cabe duda de que hay la lectura de Eliot ha dejado sus frutos en Juan Luis Luis Bedins (Valencia, 1958), un autor con una amplia trayectoria, iniciada en el ya lejano año 1991 con Sinopsis del olvido. Este nuevo libro, Migración del alma, tal y como escribe la autora del prólogo, Rosario Raro, contiene «la reflexión inevitable sobre el carácter efímero de nuestra vida, la búsqueda de múltiples maneras de curarse la alergia que solo acto de estar vivo produce», pero quizá sea esta una carga demasiado pesada para que la débil estructura de las palabras puedan soportarla, esas palabras «tendidas en medio de la tarde / como fragmentos arrojados». El alma y el cuerpo, las dos partes en las que se divide el ser humano según Platón —que tanto ha influido en el cristianismo— poseen características opuestas. El cuerpo, la materia, es lo mortal, lo perecedero, lo moldeable y pecaminoso mientras que el alma, algo inmaterial, es inmortal, no tiene forma, es pura idea o pensamiento, belleza en tránsito, por eso transmigra de un cuerpo a otro en busca de un mejor continente. Bien, es una idea que ha encontrado cobijo en muchas de las religiones que hoy administran el bien y el mal en nuestra época. No vamos a oponernos, entre otras cosas, porque aquí hablamos de un libro de poesía y la poesía permite viajar sin moverse del sitio por lugares como el Tíbet, compartir incertidumbres con el mismo Mozart o transmutarse en el ser amado y es que, como escribe Bedins «No sé si soy por mí mismo / o soy por ti. / No sé si estoy en mí mismo / o estoy en ti. / Me apoyo en el sauce gris de tu silencio. / Más allá de ti misma / vivo tu presencia».

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