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JOSÉ CARLOS DÍAZ. CANTATA DE LOS DÍAS TASADOS. PREMIO XV CERTAMEN POÉTICO RAMÓN DE CAMPOAMOR. ILMO. AYUNTAMIENTO DE NAVIA

José Carlos Díaz (Gijón, 1962) es miembro fundador del Grupo Poético Cálamo, allá por 1984, un proyecto poético que sigue fiel a sus principios y que agrupa a un buen número de excelentes poetas como Nacho González o Emilio Amor, por ejemplo. Su dedicación a la escritura la divide entre la prosa —ha publicado libros como Vísperas de nada (Premio de Novela Castillo-Puche), Aunque Blanche no me acompañe (Premio de Novela Salvador Aguilar) o Letras canallas (Premio de Novela Ciudad de Noega), además de frecuentar la escritura de relatos— y el verso — en libros como Velar la arena, La ciudad y las islas, Contra la oscuridad y Convalecencia en Remior—. Con Cantata de los días tasados obtuvo el Premio de Poesía Ramón de Campoamor en 2017. El libro, de una extensión reducida, está dividido tipográficamente en dos partes. En primer lugar, nos encontramos con el «Recitado», una sucesión de cantos en prosa que, como en las cantatas religiosas, deben cantar los feligreses (los lectores, en este caso) como acompañamiento al oficio, y que posen una clara intención alegórica. Por otra parte, están los poemas propiamente dichos en los que se aprecia, desde el inicio, una indagación de carácter metapoético, tan de actualidad: «Las palabras que elija finalmente, / lo que ellas cuenten de mí y de los míos, / del mundo en el que existo y moriré, / serán la cicatriz de esos muñones / y la apariencia de mis restos», escribe en el primer poema. En el segundo, titulado «Madre», se invoca a la palabra de nuevo: «y que las palabras hablen / de cuanto cargáis / sobre los hombros de mi sombra». Entre ambos discursos, el lírico y el recitativo , se va estableciendo una simbiosis argumental: la cobardía del ser humano, el amor cono fuerza redentora, la iluminación cognitiva, el poder sanador de la lectura («Leer para levantar luego / la vista de las páginas leídas / y ver mucho más de lo que la mirada alcanza»), el paso del tiempo («La única verdad son sus cenizas [del tiempo]) y la sensación de fugacidad y merma física («Empiezas a tener / la exacta edad de las renuncias», escribe José Carlos Díaz en el poema «Días contados»). El libro finaliza con el «Recitado final» en el que se reza por una vida nueva en la que el dolor y la culpa no existan, es decir, en la que la fe gobierne la realidad, y con el poema «Reencarnación», cuyo andamiaje semántico se presenta tan débil que no nos trasmite confianza alguna en tal posibilidad. La muerte ha pasado a ser algo real, por eso nos parece un estímulo insuficiente para abandonar el infierno o, en el mejor de los casos, el purgatorio, regresar a un presente, sobre todo si hacemos caso al presente que se ha descrito en los poemas precedentes, tan poco atractivo, aunque, claro es, el autor tiene la necesaria potestad para girar la rueda de la fortuna y detenerla en el lugar que desee. Algunos lectores, quizá más ambiciosos, hubieran escogido seguramente otra época con mayores pretensiones.

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