ISABEL MARINA

ISABEL MARINA. UN PIANO ENTRE LA NIEVE. BAJAMAR EDITORIAL

Aunque ha comenzado relativamente tarde a publicar —tarde si nos hacemos eco de esa idea tan extendida de que la poesía es un género ligado a la juventud—, da la impresión, dada la torrencialidad de su escritura, de que Isabel Marina (Avilés, 1968) tenía muchas cosas que decir guardadas en el tintero. Su segundo libro, Un piano entre la nieve, contiene más de ochenta poemas, y no precisamente breves. Si tenemos en cuenta que su primer libro, Acero en los labios, se publicó en 2016, no es difícil llegar a la conclusión de que está bendecida por eso que llamamos habitualmente «inspiración». «La poesía —escribe Isabel Marina— permite adentrarnos en los territorios inexplorados de nosotros mismos, permite parar un momento y reflexionar, y dejar apuntes, ideas, visiones, sobre nuestro momento vital». Hay ejemplos por doquier en este libro, divido en cuatro secciones muy relacionadas entre sí porque son como un continuum vital que va desde el «Origen» para desembocar en los últimos versos del poema «Ave Fenix»: «Estaremos a salvo si volvemos a ser niños, / si regresamos a esa cumbre que besan los mares, / a esa ladera virgen donde duermen nuestra flores. / Pues el dolor nunca vence a los sueños / ni la poesía ni al arte en nuestra memoria», niños estos que jugaban en la arena en el primer poema del libro. En el transcurso de las cuatro partes en las que se divide el libro hay lugar para la evocación nostálgica del lugar innominado en el que se fue feliz o se disfrutó de momentos de dicha: «Dónde ha quedado lo que hemos vivido / dónde está escrito lo que viviremos», se pregunta la poeta. A pesar de que muchos de estos versos se obcecan en mostrarse esperanzados, la realidad, como una apisonadora, va destruyendo los sueños, hasta el punto de que «Solo nos queda ya tiempo / de releer nuestro destino / en las hojas secas, / par tratar de recordar / aquella luz / que nos arrebataron tan temprano».

   La segunda parte, «En el camino», no presenta demasiadas variaciones con respecto del tono desencantado y la dicción casi torrencial de la primera. Marcos Tramón, autor del prólogo, lo confirma: «Continúa la autora con ese tono desesperanzado, con esa envoltura fantasmagórica, tan real, sin embargo, marcada por un tono más desasosegante, el de la negación», el del escepticismo también, inscrito a fuego en su piel: «Es necesario por eso / comprender nuestra brevedad / escudriñar nuestras mentes / renunciando a las mentiras / a los inútiles envoltorios / de un pasado que no existió». Surge además, en esta segunda sección, un conflicto identitario antes solo mostrado en boceto. Ahora, en poemas como «Canto del no ser», «Ley de vida» y, sobre todo, «Irrealidades», del que extraigo estos versos: «Es extraño mirarse en un espejo y no reconocerse, / tratar de responder a las preguntas cada tarde: / ¿qué será de nosotros? / ¿Adónde fue nuestra juventud?», es mucho más explícito.

     Llegamos a la tercera sección, «Revelaciones», en la que se ya se insinúa la presencia de la muerte. Si hasta entonces el sentimiento de pérdida, el abismo en el que caía la conciencia parecían adueñarse del poema en su totalidad, esa certidumbre desemboca en su territorio natural, la ausencia total, el no ser, la muerte, a la que aluden estos versos con ecos juaramonianos: «Cuánto tardará la luz en irse, / qué será de mí cuando ya no esté?». No es de extrañar que esas dudas amenacen el transcurso vital, sobre todo para alguien que piensa que «El futuro / solo es producto / de nuestra imaginación». En algunos versos sueltos, atisbamos, a pesar de estas contundentes afirmaciones, soplos de esperanza. Un vago e inconcreto sentimiento parecido al amor que desprenden versos en los que aparece el padre o la contemplación de un rayo de luz, gracias al cual se celebra la vida, nos permiten entreverlo y que dan paso a la última sección, «Resplandor», eminentemente celebrativa: «Nada hay más fascinante / que la vida que se desarrolla / entre tantos disfraces, / entre tanta trasmutación, / como la mirada de esas flores / agotadas por el calor». El contraste entre la nieve y el calor posee un carácter simbólico. Pureza y podredumbre, revitalización y sedimentación. Claridad y confusión. No es mal colofón para Un piano entre la nieve, tan desencantado en su mayor parte, ese autoexamen que permite a la autora darse a sí misma, y a los lectores, un consejo tan importante: «Por lo tanto, vive, / no dejes una sola brizna de hierba / sin haberla hollado, / ni protejas tu corazón del amor, / pues aún más miedo debería darte / la frialdad de la muerte, / esa grisura a la que llegarás, / irremediablemente, / y nunca volverás para contarlo».

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