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NATASHA TRETHEWEY. THRALL (CAUTIVERIO). TRADUCCIÓN: NIEVES GARCÍA PRADOS. VALPARAISO EDICIONES

Tuve la fortuna de asistir a una lectura de sus poemas en el Palacio de Carlos V de la Alhambra el pasado mes de abril. Acompañaban a NatashaTrethewey otros poetas no menos interesantes, como Juan Felipe Herrera o Luis Alberto Ambroggio, pero su tono de voz traslucía una emoción especial que atravesaba la piel de quienes la escuchábamos. Leía poemas de Cautiverio, un libro que ha surgido de la asociación entre la discriminación racial en la sociedad norteamericana actual y los conflictos inherentes a la esclavitud en la América española, una América en la que, por otra parte, pronto se impuso el mestizaje, lo que dio lugar a numerosos rangos y castas, organizadas en función de la pureza de sangre. No es el espacio adecuado para analizar los perjuicios que tan organización social ocasionó a los más débiles en dicho escalafón social —tanto la revisión crítica del pasado como la posible justificación en aras del contexto histórico merecen un análisis más riguroso del que podemos ofrecer aquí— porque estamos escribiendo una reseña poética, no un ensayo de carácter histórica. Para escribir esta reseña nos basta con ser conscientes de que la detracción de esta injusticia histórica ha proporcionado un magnífico libro de poemas que tiene como punto de partida a Juan de Pareja —el esclavo morisco que tuvo a su servicio Velázquez hasta que en 1650 le concedió la libertad—y se interna en la propia vida de Natasha Trehewey (Gulport, Missisipi, 1966), poeta mestiza nacida de un padre blanco y poeta originario de Canadá, Eric Trethewey, y de una madre negra, Gwendolyn Ann. Por entonces, el matrimonio interracial estaba prohibido en el estado de Missisipi, por lo que tuvieron que casarse en Ohio. No resulta difícil aventurar que, de niña, sufrió las consecuencias del odio racial, aún muy extendido en aquella época en los estados del sur profundo. Thrall (Cautiverio) —publicado originalmente en 2012— nace de la necesidad de realizar un ajuste de cuentas con su propio pasado. En palabras de Nieves García Prados, traductora del libro y autora del prólogo, «El “esclavo” de Velázquez se convirtió en el primer escalón que la poeta de la ciudad porteña de Gulfport se atrevió a subir hacia la exploración de la raza y el mestizaje en la historia de todo un continente y en su propia historia personal». Para profundizar en sus indagaciones estudia la llamada «pintura de castas» de la Nueva España, que tuvo su momento más álgido en el siglo XVIII: «Trethewey se interesa en el lenguaje y la iconografía del Imperio, en cómo l arazá y la sangre se integran en un orden simbólico, que enmarca a la sociedad y a sus ciudadanos». El libro, sin embargo, comienza con una «Elegía», dedicada a su padre, en la que rememora un día de pesca: «Mientras / aflojaba el anzuelo, los peces se retorcían / en mis manos, y se escabulleron / antes de que pudiera dejarlos ir. Puedo decirte ahora / que traté de recordarlo todo, anotarlo / para escribir una elegía más adelante / cuando llegara el momento. Tu hija, / yo era así de imposible». Como vemos, la dicción es clara, discursiva, pero trabajada al máximo para esencializar el sentido de lo que se desea trasmitir. El lenguaje posee la suficiente ambigüedad como para trasladarnos desde el significado habitual a un territorio simbólico en el que cualquier palabra, cualquier pausa adquiere una importancia extrema. De ahí que Trethewey (ganadora del Premio Pulitzer por Native Guard) no necesite afirmar, sino solo sugerir: las imágenes, más que describir, provocan la reflexión, incitan a preguntarnos por el sentido final del poema.

     Cautiverio parece, en algunos momentos, una inacabable écfrasis. Muchos poemas son pormenorizadas descripciones de cuadros: «Taxonomía», por ejemplo, como su propio título indica, nos muestra una clasificación en función de las sangres que se mezclan: De español e india, nace un mestizo; de español y negra, nace un mulato; de español y mestiza, nace castiza. «Llamémoslo el catálogo / de sangres mixtas, o / el libro de nada: / ni español, ni blanco, sino / mulato torna-atrás (o / tente en el aire) y / la morisca, el lobo, el chino, / sambo, albino y / el no-te-entiendo…». Resulta curioso observar, cuando se contemplan los cuadros a los que aluden los poemas, que el varón es, generalmente, blanco. Es la mujer la que pertenece a otra raza: «Puede observarse, / en cabio, que el artista, quizá para mostrar / sus propias habilidades, / ha creado al padre como un diletante, incapaz de atrapar / la belleza de su esposa. O es posible que él no pueda verla […] esta representación de su esposa nace / de la necesidad de verse a sí mismo / como arquitecto de la Verdad, patriarca benevolente, padre de la inspiración / reclamando su dominio». Este poema, «Torna atrás», finaliza con unos versos que, en un intento de resumir el alcance de un libro tan complejo y sugerente como este, pueden condensar el impulso que ha motivado su escritura: «Y podría entenderse el motivo / por el que, para comprender / a mi padre, contemplo una y otra vez este cuadro: / cómo es posible / que un hombre pueda amar / y menoscabar tanto al mismo tiempo aquello que ama».

+Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 14/12/2018

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