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ISABEL FERNÁNDEZ BERNALDO DE QUIRÓS. LA SENDA HACIA LO DIÁFANO. EDICIONES VITRUVIO, 2018

Tenemos la costumbre de asociar la escritura de poesía a etapas vitales tempranas, la adolescencia y la juventud, principalmente. Solo las vocaciones mas perseverantes —pensamos— son capaces de reincidir en este propósito pasadas dichas etapas. Esto, con ser cierto, no excluye las excepciones. Una de ellas es, por ejemplo, Isabel Fernández Bernaldo de Quirós (1947), profesora Titular de Biología en la Universidad Complutense (otra, de María Luz Quiroga (1943), profesora Titular de Química también en la Universidad Complutense, de quien recientemente he tenido la oportunidad de disfrutar de su excelente segundo libro, Fronteras rotas, publicado por Septentrión Ediciones en los primeros meses del año en curso). No creo en las coincidencias, por eso presumo que este tardío encuentro con la poesía es más reencuentro que otra cosa. Es muy posible, además, que la absorbente dedicación docente haya mantenido en un segundo o tercer plano el desarrollo creativo más íntimo y este haya podido salir a la superficie cuando las exigencias laborales han disminuido notablemente. Hablo, claro está, de hipótesis, pero creo que no son descabelladas.

   Isabel cuenta ya con tres títulos precedentes: Al son de las mareas, Luz velada y Las farolas caminan la calle, por lo que deduzco que, en algún momento, ambas actividades se han simultaneado. La senda hacia lo diáfano es, por tanto, su cuarta entrega. Un libro extenso con diferentes registros tanto formales —hay poemas que son casi aforismos, poemas líricos y poemas narrativos (véase el titulado «Como si la noche no sucediera», por ejemplo), de arte menor y de pretensión discursiva— como argumentales. La naturaleza es vista como se espacio intocado y germinal en el que la mirada de la poeta encuentra la justa correspondencia a sus intereses emocionales: «La naturaleza es el arte primigenio», escribe; la naturaleza ampara «la senda hacia lo infinito»; la naturaleza es capaz de lustrar esa «capa viscosa [que] envenena mi cotidiana vida en la ciudad». La naturaleza urbana de altos edificios y semáforos, de asfalto y monóxido de carbono es vista pues como algo, si no infernal, al menos como algo repudiable, algo que rechaza la armonía universal que lo natural procura.

     Esta especie de reconciliación con lo más íntimo del ser humano requiere un tipo de poesía de ritmo lento y reflexivo porque el estado emocional inherente a la mera contemplación busca un equilibrio entre lo degradado y lo que permanece inviolado por la mano del hombre: «Todo invita al recogimiento —escribe—. / De ello bien sabe la quietud / y los colores del agua, / y el pato que se desliza tímido / para no romper el silencio».

     Hablaba antes de la degradación, y este es otro de los temas principales de este libro. No estamos ante un manual de ecología ni ante un número especial de National Geographic, pero la poesía también puede servir para poner evidencia los problemas de la sociedad contemporánea, aunque sea de forma indirecta: «Hubo un tiempo / en que el mar, enamorado, / te admiraba desde la lejanía, / y las noches de luna / te tentaba con un beso de espuma tímida. // Pero hoy, / con la arrogante actitud del poderoso, se adueña de tus arenas, / desprecia la fragilidad de tu vejez / e ignora el quejido de tus silencios». Claro que los poemas de denuncia corren el riesgo de convertirse en meros panfletos. Isabel Fernández Bernaldo de Quirós casi siempre lo evita, pero, en alguna ocasiones puede más la indignación que el impulso poético, como ocurre en el poema titulado «Contaminación» o en este otro sin título: «La Naturaleza parece indiferente al dolor, / peo es la gran víctima de los intereses humanos. / De ahí su abatimiento». Un texto acaso prescindible en un libro como La senda hacia lo diáfano, donde prevalece la poesía, poesía a secas, sin adjetivos, por encima de las buenas intenciones. El lector que busque una adecuada combinación entre emoción y lenguaje no quedará defraudado.

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