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RAQUEL CANÉ. CARTAS A H. EL APRENDIZAJE. EDITORIAL: EDICIONES LILIPUTIENSES. 2018

La labor editorial que viene desarrollando el poeta José María Cumbreño en pro de la poesía del otro lado del Atlántico —sin desdeñar el interés por jóvenes autores españoles— resulta impagable y más propia de un espíritu quijotesco, que de un avezado emprendedor, tal y como entendemos hoy dicho término. Fue en el año 2011 cuando empezó a fraguarse un catálogo que cuenta ya con muchos de los autores que despuntan por derecho propio en el panorama de la poesía iberoamericana (la nómina es tan extensa que resulta contraproducente mencionar algunos de esos nombres). A lo largo de los años, la expectativas de la modesta editorial y de su alma mater, además de consolidares, se han ampliado. Cumbreño organiza también un Encuentro de Literatura Periférica bajo el epígrafe de Centrifugados, una reunión de escritores y músicos de ambas orillas del océano. Gestionar algo así requiere de un tesón y de una fuerza de voluntad hercúleos, no solo por la magros recursos económicos de que dispone, sino por el esfuerzo que supone coordinar a decenas de personas y los actos respectivos en los que participan en un periodo tan escaso de tiempo (el encuentro dura poco más de dos días).

     Encuadrado en esa labor de difusión de la poesía iberoamericana está el libro Cartas a H. El aprendizaje, de la poeta argentina Raquel Cané (Santa Fe, 1974), de la que conocemos escasos datos. Sabemos que compagina su labor como diseñadora con la escritura. Ha publicado libros de relatos como Soy, El libro del miedo o ¿Cómo nacieron las estrellas?, una recopilación de leyendas brasileñas. En colaboración con Carolina Esses ha publicado Ana y la gaviota. Hasta donde alcanzamos, el libro editado por Ediciones Liliputienses es su primera entrega poética.

     En realidad Cartas a H. El aprendizaje son dos libros reunidos en un único volumen, porque poseen características que los hacen muy diferentes. Y no estoy hablando solo del aspecto formal (el primero, escrito en prosa y el segundo en verso), sino de perspectiva y contenido. Cartas a H recoge 22 cartas que van dando cuenta del proceso de alejamiento emocional que lleva consigo el distanciamiento físico. Pero no son cartas al uso en las que se resumen los acontecimientos significativos de una vida para compartirlos con el ausente, con el otro. El otro es aquí un personaje más que carnal, evanescente, producto casi de la imaginación de quien redacta las misivas, sobre todo porque ignoramos el contenido de las cartas del receptor, al parecer, menos frecuentes que las de L, la emisora. Lo desconocido inquieta, perturba, genera multitud de preguntas, unas explicitadas en el texto y otras solo sugeridas. «¿La pertenencia te construye? Pienso en el lenguaje. ¿Cuánto se vacía para ser ocupados por las palabras del otro?». A medida que avanzamos en la lectura comprendemos el valor que confiere a la palabra, pero hay otro elemento que posee acaso un peso simbólico mayor, la ejecución de un lienzo que, al contrario que en el Retrato de Dorian Grey, parte de una mancha («el lienzo es una mancha aún») que va tomando forma a medida que pasa el tiempo y la relación comienza a diluirse: «Comencé a trazar las líneas del retrato, no quise mirar el rostro, empecé por las manos», escribe. El proceso de artístico corre paralelo, aunque en sentido inverso, al de la pasión. Comienza a surgir las dudas. Lo reproches hacen acto de presencia: «Hace días que no recibo noticas tuyas», «Empiezo a extrañar tus cartas», «Espero tus noticas», hasta el punto de que, cuando termina el retrato («H, el retrato está acabado») se pregunta «¿Seguís ahí?». Así acaba el libro, con una sensación agridulce. La escritura de Raquel Cané es descriptiva, pero la narración no es esencialmente lineal, hay disfunciones temporales que contribuyen a crear zonas vacías, elipsis que aureolan la cotidianidad con una gran dosis de misterio. Lo no verbalizado compite en relevancia con la descripción de algunos hechos que parecen apartarse del motivo central, pero que refuerzan la incomunicación, la soledad de L., como la anécdota del perro del vecino. Resulta llamativa, sin embargo, esa mezcla de contención expresiva y la necesidad de memorizar la experiencia a través del lenguaje.

     Un lenguaje muy presente en El aprendizaje, no en vano es «El Libro» el eje que vertebra los poemas, en verso y generalmente breves en este caso. Pero ¿de qué clase de libro estamos hablando? No hace falta mucha imaginación para suponer que se refiere a un libro sagrado, un libro que ilumina la existencia, que guarda en sus páginas todo lo necesario para iniciar el camino del conocimiento personal: «Las páginas traslucidas / superponen un cuerpo / de texto, es demasiado, pienso. / Ella no me ve cerrarlo, suspira y dice / tiene un principio / que no te asuste encontrar el tuyo». Podemos calificar esta poesía de mística porque plantea cuestiones de orden espiritual en los que la fe prevalece sobre la razón porque «La fe es la fuerza que da el sentido». Ambos libros son un buen ejemplo de tensión poética, de conciencia del lenguaje.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 30 de noviembre de 2018

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