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PUREZA CANELO. RETIRADA. EDITORIAL PRETEXTOS

Un título tan contundente como el que ha colocado Pureza Canelo (Moraleja. Cáceres, 1946) al frente de su último libro deja poco espacio para las especulaciones. El núcleo argumental de Retirada es el del desánimo, la renuncia, pero también la fortaleza de sus convicciones («Libro expiatorio, de recapitulación, despedida, entrega que pide redención», escribe) y los distintos poemas de esta trama van justificando esa decisión de carácter tanto vital como poético, porque Pureza Canelo no se aviene a contemporizar con la degradación de la vida cultural y con el grado de futilidad que ha alcanzado una gran parte de la poesía actual: «Retirada: dueña soy, se alcanza alejada del mundillo humano. Allá se estrelle en su propio mundo, egoísmo, injusticia, sinrazón, miseria interminable: aunque todo sea compendio de mí», pero tampoco contemporiza con la deriva moral del ser humano. Opta entonces no por desentenderse, sino por dejar testimonio de su desacuerdo reivindicando la necesidad de interiorizar el acto poético, de encarnarlo en una forma de vida guiada por el rigor y la honestidad, pero sin soslayar la denuncia de un ambiente literario en el que prima la notoriedad por encima de la calidad, que patrocina lo superfluo por encima de lo esencial. No es extraño que nuestra autora, tal vez cansada de bregar contra corriente, elija regresar al puerto seguro de su soledad, un refugio en el que la escritura encuentra el caldo de cultivo idóneo para prosperar.

     Retirada no es, por fortuna y contra lo que pudiera parecer, un testamento, todo lo contrario, es una especie de memorial de evidencias sustentado en tres principios fundamentales: «Esencialidad para fundirme en ella», «Claridad para tocar la campana» y «Profundidad para asustar a Dios». Estas son las pautas de un comportamiento ético, lo he dicho ya pero no me importa repetirlo, que gobierna su poesía y su biografía, ambas estrechamente ligadas, pero no por el hilo de lo anecdótico, sino por lo simbólico. ¿De qué otra forma se puede interpretar una poesía que se adentra en lo más hondo del ser para examinarse sin condescendencia alguna, que fideliza esta consigna: «de la vida a la palabra, de la palabra a la vida»? Pureza Canelo no solo indaga sobre el significado último de la creación artística en su propia obra; como creadora, como poeta, está atenta a la creación ajena, porque a través de lo leído se suman estratos de conocimiento, se amplían las catas en los sedimentos de la conciencia. Sin embargo, tal experiencia no resulta todo lo gratificante que debiera ser, un exceso de ego, un culto exagerado a la vanidad nublan el horizonte, tergiversan el verdadero propósito de la escritura: «Clamoroso ego. Deficiencia perenne entre nosotros. Vanidad sin límite. A la vez que tuertos y mancos, todos». Como vemos, no es preciso recurrir a una terminología específica, con la poética sobra para poner en evidencia algunos de los males que aquejan a eso que llamamos «sociedad literaria». El empoderamiento gratuito, la inconsistencia moral y estética de una parte importante de la poesía actual o las malas artes promocionales son algunos de ellos y Pureza, con una actitud ante la poesía casi monástica, de altas miras, con un voto de fidelidad de raigambre cosmológica, no puede dejar de lamentarlo: «Cada vez se agranda este abismo entre la vida literaria y yo. Regresar a casa es la confirmación de haberte sacrificado un tiempo por el otro».

     Siguiendo a Paul Valéry, Pureza escribe: «El poema, abismo de sí, no termina ni comienza». Buscar un fin sería certificar su muerte. El poema necesita volar y reptar, ascender a lo más alto y arrastrase por el barro. El poema se construye sobre los cimientos de la contradicción, por eso no acaba ni principia en un instante preciso. Se reinventa en cada acto con una libertad que no precisa de un beneplácito público, el cual, generalmente, malinterpreta el sentido y confunde el valor con el precio. «Tantas veces —escribe Pureza— la escritura se vacía sin entender el músculo que la impulsa. De esa carencia mace la torpe expresión, con o sin retórica». Este «con o sin retórica» enfrenta a la poeta con dos formas de concebir el hecho poético solo en apariencia divergentes. Si es mero oropel, si carece de «instinto» da igual que se abuse del discurso narrativo o del fragmentario y elíptico. El resultado será igual de prescindible. Para que la experiencia personal se transforme en sedimento poético hace falta vaciarse y crearse una nueva identidad en el lenguaje, es necesario desvelar con paciencia las capas de ese yacimiento poético donde va dejando poso ideas y actos, deseos y esperanzas, éxitos y fracasos.

     Pureza Canelo ha escrito un libro que va hasta la médula de la creación poética con una sinceridad encomiable y con una hondura creativa poco común. Retirada es una larga meditación tan íntima que la poeta no pensaba hacerla pública: «Son mis años que enfilan aturdimiento, desposesión, vejez», escribe. Afortunadamente, ha cambiado de opinión y los lectores podemos ser partícipes de este dar vueltas «desde el principio de los signos».

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 16 de noviembre de 2018

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