FELIPE BENÍTEZ REYES1.jpg

FELIPE BENÍTEZ REYES. YA LA SOMBRA. EDITORIAL VISOR, 2018

Mucho se ha escrito sobre la versatilidad poética de Felipe Benítez Reyes, sobre su innata capacidad para variar de registros rítmicos y formales, sobre su habilidad para sacar de la chistera objetos mágicos («Esta es la verdadera magia de los objetos, / tan errantes por naturaleza, tan reacios / a claudicar de su utilidad y su valor, / por muy poco que valgan»), situaciones o personajes que nos seducen con su ingenio y su descaro, sin embargo, bajo esas máscaras más o menos forzadas, se esconde un poeta melancólico y elegíaco que ya desde sus libros primeros lamentaba la fugacidad de la vida y el efímero tránsito vital («De jóvenes pensábamos que el tiempo era una suma. / Ahora vemos que todo fue una sombra acumulada», escribe en Ya la sombra, aunque estos versos bien podrían estar incluidos en alguno de sus primeros libros). El título de su nuevo libro nos hace presagiar que son esos mismos temas los que acapararán los poemas que lo integran, aunque hay, al menos, una diferencia notable, por que si Benítez Reyes antes reflexionaba desde un conocimiento externo, cuyos préstamos podían surgir a través de experiencias ajenas, bien reales o ficcionales, ahora el autor experimenta las heridas del tiempo en carne propia y eso trae consigo no una poesía más honda porque de hondura y profundidad siempre han estado sobrados los mejores poemas de nuestro autor, pero sí, quizá, más llena sinceridad. Las citas que abren el libro, especialmente la de Villaespesa, son suficientemente explícitas al respecto, pero también nos avisan de que esa dualidad, podríamos decir incluso heterogeneidad, no ha desaparecido de su escritura (no podía hacerlo sin perder su esencia).

Ya la sombra es un libro unitario que va desarrollando un proceso de tanteo y reconocimiento cuyo punto final se da cita en el poema titulado «La nueva edad», al que luego volveremos. Una característica muy notable de los libros de poemas de Benítez Reyes es su cuidada organicidad, y este no iba a ser menos. El primer poema, «La situación», encierra en sus dieciséis versos de herencia modernista una especie de resumen de lo que nos deparará el resto del libro, que es, nada más y nada menos, que «este huir de nosotros, del tiempo y del destino…». Pronto, sin embargo, comienzan a aparecer las vacilaciones, las duplicidades identitarias (muy presentes en su anterior libro, titulado Las identidades): «Has conseguido al fin ser el que huye / de sí para acabar aún más consigo» que permiten al autor adaptarse como un camaleón a la realidad cambiante. La poesía de Benítez Reyes ha merodeado siempre alrededor de lo simbólico, rica en exuberantes imágenes y dueña de un léxico connotativo que ha confiado en la adjetivación y en la ambigüedad semántica como herramientas para indagar en esos espacios de lo real que la propia realidad trata de hurtar a nuestros sentidos, acaso por esa razón, el lenguaje y su imprecisa manera de trascribir el absoluto de la experiencia, de solidificarla en la página, es, a menudo, objeto de un cuestionamiento nada condescendiente. En un poema como «El lector adolescente», uno de los mejores del libro, para este lector, muestra sin ambages la cara oculta de la escritura, simbolizada en una serpiente que se enrosca en una rama del árbol de la ciencia: «La serpiente se escurre entre unas páginas, / te inyecta su veneno, profesionaliza / tu sentido elegiaco, tu himno y tu lamentación; / activa la cadencia callada que concilia / pensamiento y sentir y un no saber».

El gusto por la paradoja («La novela del tiempo no respeta los tiempos», «La cueva del tesoro sin tesoro que es el tiempo», «La frase que está fuera de la frase»), por los juegos de prestidigitación verbales —de los que sale siempre triunfante— en los que baraja «fantasmagorías» y por la enumeración de inspiración borgeana no han decaído un ápice, como podemos ver, por ejemplo, en los poemas «Hipótesis de la lluvia», «Cádiz, noche de carnaval» o «El día inaugurándose en las calles», por citar solo algunos.

Mencionaba al principio el poema «La nueva edad», que transcribimos completo: «Adiós a todo lo que ya / no puede sostenerse en la memoria. // (¿Tú quién eres?) // Adiós a lo que has sido, / camarada en el desgobierno de la realidad. // Ya no es tuyo ni el tiempo que robaste» para establecer el paralelismo entre la sombra y la falta de memoria, entre la penumbra en la que se diluye el pasado y esa luz mortecina que alumbra un futuro indeciso y breve. Vivir sin memoria es como no vivir, parece decirnos Benítez Reyes, y es que el olvido priva al ser de consistencia, de existencia, como sugieren estos versos que parafrasean a Quevedo: «lo que fue y ya no es y sigue siendo / en sombra, en nada, en nadie y contra ti».

     Hay en este libro, y en su poesía en general, como hemos dicho, un tono elegíaco que lamenta lo perdido, muy próximo a poetas como Cernuda o Brines (el sentido del humor lo emparenta también con autores como Gil de Biedma). Benítez Reyes se toma además algunas licencias formales que solo un perfecto conocedor de la tradición como él puede permitirse sin que rechinen, y es que, en ocasiones, quizá para resaltar la incertidumbre que provocan tantas dudas vitales («Y, sobre todo, / qué futuro tendrá nuestro pasado / cuando decida contarnos nuestra vida»), el poeta prefiere dar prioridad al sentido antes que a la forma, algo que, por otra parte, no deja de ser anecdótico. Lo que de verdad nos interesa es que en Ya la sombra se percibe que el futuro, lejos de concitar esperanza, resulta amenazante porque el poeta es consciente de la fugacidad de las cosas terrenales y sabe que le espera la nada, la muerte. Los versos de Felipe Benítez Reyes, con una dosis precisa de humor y melancolía, nos hacen compartir, sobre todo a los lectores de cierta edad, algunas certezas que conducen hacia un destino inevitable.

*https://elcuadernodigital.com/2018/11/07/felipe-benitez-reyes-ya-la-sombra/

 

 

Anuncios