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RAMÓN BASCUÑANA. 6 SEIS 6. III CONCURSO NOCHES POÉTICAS BILBAO. LA ÚNICA PUERTA A LA IZQUIERDA, 2018

Hace aproximadamente un año reseñábamos en estas mismas páginas un libro de Ramón Bascuñana, Desnuda luz de la melancolía, Premio de Poesía Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, y hoy comentamos un nuevo libro, galardonado a su vez con un premio de poesía, 6 Seis 6, y es que Ramón Bascuñana nos tiene acostumbrados a publicar, generalmente gracias a los premios, un libro por año. Esto, en sí mismo, no es un lastre pero tampoco lo consideramos una ventaja. Algún día habrá que reflexionar sobre los motivos que llevan a ciertos autores a presentarse a algunos de los cientos de premios que se convocan a lo largo y ancho de nuestra geografía. Sin duda, la dotación económica es un incentivo seductor, pero no debemos olvidar el hecho de que el premio suele llevar aparejada la publicación del libro, aunque, en muchas ocasiones, más de la deseables, la edición no esté a la altura de lo mínimamente exigible. Ramón Bascuñana lo sabe bien y lo ha padecido en sus propias carnes, pero no es fácil sustraerse a ello, aunque tal vez la mejor forma de evitar estos dislates editoriales sea discriminar mejor el tipo de premios a los que uno debe presentarse. Respecto de esto,  también merece alguna reflexión el hecho de que muchos de estos autores —es el caso de Bascuñana— que acumulan premios año tras años son ignorados —hay alguna excepción, claro— en los premios de más renombre (no es preciso nombrarlos, están en la mente de todos) y en la mayoría de las antologías generacionales que se tienen por canónicas. Algún día convendría estudiar dicho fenómeno y realizar un ejercicio de literatura comparada para averiguar si las vicisitudes a las que aludimos tienen que ver con criterios de orden estético únicamente o se deben tener en cuenta otras razones de más amplio espectro.

   En cualquier caso, cada libro de nuestro autor es un cuidado ejercicio poético y, además, metapoético, porque la labor creativa siempre está en entredicho y sugiere múltiples aproximaciones que intentan desvelar lo indecible, lo inefable y este nuevo título, de resonancias tan diabólicas («seis seis seis seiscientos sesenta y seis / el número del mal / el de la bestia del capitalismo», escribe en el poema «Cifras») no podía ser menos. Bascuñana practica una poesía de la cotidianidad que no necesita eludir las cuestiones trascendentales, pero lo hace de manera directa, desde un punto de vista popular, quizá por eso logre en el lector una sensación de afinidad, porque este se siente partícipe, cómplice de unos sentimientos que él —ella— posee con el mismo grado de intensidad.

     Así comienza el primer poema, «Estado de desánimo»: «hoy me levanto con el cuerpo roto / en mil pedazos / en mil palabras rotas una y mil veces rotas / de tanto repetirlas por mis sueños / y de tanto escribirlas en la arena del tiempo de una playa». Como podemos ver, es un lenguaje explícito que apenas deja lugar para algo más que la complicidad. Ramón Bascuñana busca en sus poemas, principalmente, comunicar unos sentimientos, unos estados de ánimo (de desánimo) propios, situados en un presente verificable, lo que no imposibilita que frecuente también la memoria histórica y la denuncia, como los poemas «Sobre una foto de Phan Thi Kim Phúc Tomada por Nick Ut» o «4 de abril de 1968 18 horas y un minuto hotel Lorraine Morris», por citar alguno. En cualquier caso, la identificación entre vida y poesía es en Bascuñana inquebrantable, porque el poeta es un hombre común, no un portador de mensajes divinos, ni siquiera el portavoz de la comunidad en la que vive, por más que ene alguna ocasiones, la excepcionalidad lo justifique.

     El libro, haciendo honor a su título, está dividido en tres secciones compuestas cada una de ellas por seis poemas, aunque los temas se interrelacionan en cada una de ellas: el vacío vital, el paso del tiempo, la lucha por la justica y la igualdad, etc.. Como hemos adelantado, la reflexión metapoética es permanente, aunque quizá en esta ocasión más que en ninguna otra Bascuñana utilice sus versos «como si fueran armas defensivas / contra una sociedad complaciente y cobarde / que prefiere el engaño y las mentiras / a mira a los ojos del presente / y buscar soluciones al futuro // queda claro / el poema es un arma / y mis versos legítima defensa». Como vemos, Bascuñana se ha inclinado —algo loable, sin duda, como ciudadano comprometido que es— por una poesía social que traslade la angustia vital que provocan los terribles acontecimientos que vivimos diariamente—violencia, desigualdad, emigración, guerras y hambre—, que critique la hipocresía y la doble moral, pero hay que ser sumamente cuidadoso y no confundir la poesía con el panfleto, algo que ocurrió a menudo en la década de los cincuenta del pasado siglo, y esto me lleva a preguntarme si este alegato bienintencionado no encontraría mejor acomodo en la sección de cartas al director de cualquier periódico o como columna de opinión. No es difícil tocar la fibra sensible del lector, pero el poeta debe huir de la facilidad, («Ser comprendido —escribía Valéry— es el peor desastre»),debe ser consciente de que no es un gacetillero y de que las exigencias del lenguaje no pueden ser minusvaloradas, por el lenguaje y por uno mismo, La poesía es subsidiaria de la experiencia pero es también, y fundamentalmente, un hecho lingüístico, y a él debe rendir cuentas antes que a nadie. Ramón Bascuñana posee las condiciones para asumirlo, solo tiene que rechazar la tentación de repetir la misma fórmula y abrirse a nuevos caminos.

 

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