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JOSÉ LUIS ARGÜELLES. GRAN DESCONCIERTO. EDITORIAL TREA

Cuelmo de sombras, publicado en un ya lejano 1988 , fue el primer libro que leí de José Luis Argüelles (Mieres, 1960), un autor que ha sabido aquilatar la exigencia creativa a su devenir vital, por esa razón, hubieron de pasar 20 años hasta la publicación de su siguiente libro, Pasaje (2008). Como escribe Miguel Barrero, «El largo lapso abierto entre una y otra entrega da cuenta de su estricto concepto de exigencia, de esa convicción de que un autor debe pulir cada palabra antes de ponerse en primer plano». Afortunadamente, en los últimos diez años ha sido más generoso ya que en 2013 publicó Las erosiones y acaba de ver la luz Gran desconcierto (2018), ambos, al igual que Pasaje, publicados por la editorial Trea.

     Obviamente, el paso del tiempo ha ejercido su labor de zapa en las ilusiones y propósitos que se fraguaban en la juventud. Ahora, en plena madurez, el autor echa la vista atrás y le asalta un gran desconcierto que uno imagina cifrado en el curso vertiginoso de la vida, una vida que lejos de proveernos de certezas, no hace más que concebir nuevas incertidumbres. Si en algún momento del trayecto vital nos sentimos seguros, dueños de nuestro destino, fue una impresión engañosa, parece decirnos José Luis Argüelles, porque caminamos sobre el hielo resbaladizo de recuerdos y olvidos y tanto unos como otros actúan en la mente con absoluta arbitrariedad, por eso, en el poema «Al empezar el año», Argüelles aconseja: «No cedas al imán de la mentira / que a ti mismo te cuentas, la ficción / tantas veces urdida. Sólo mira / cómo tus días fueron procesión / de sombras, la certeza de una pira / en la que ardieron sueños, su pasión. / No cedas al chantaje del mañana / que ya cava esa tumba, tan cercana». La muerte, antes una posibilidad lejana, comienza a perfilarse en el horizonte, aunque se reivindique el presente, el ahora, porque «La muerte tiene demasiados nombres / y a todos nos acostumbramos». No obstante, si hay una forma de desafiar a sus huestes es mediante la palabra. Hay mucha metapoesía en Gran desconcierto y es que interrogarse sobre la idoneidad del lenguaje como cobijo contra la intemperie es un asunto que no deja de tener actualidad. El poeta, dueño de sus contradicciones, desconfía y, a la vez, se fía de las herramientas que el lenguaje pone a su disposición porque: «Sólo importa la búsqueda / y la página en blanco, / las palabras que encuentras, conjuros contra el daño».

     Gran desconcierto está divido en cinco partes de muy diferente calado, pero en todas ellas el cuestionamiento de la palabra actúa como sostén. En «New York movie», la primera sección, leemos: «Ah, la realidad… / Palabras que remiten a otras palabras….»que resultan insuficientes para captar el sentido de esa realidad que un lienzo de Hopper parece metaforizar de manera más contundente. «Pequeños poemas robados», como el título indica, está integrado por poemas referenciados en otros autores, no solo poetas: Malévich, TheloniusMonk, Gluck, Eurípide, Coethe, etc. Quizá tacharlos de “robados” resulte excesivo. Son variaciones obre temas que se han convertido en eternos, como estos versos del titulado «Ifigenia en Áulide» y que traemos a colación porque refuerzan las ideas expuestas más arriba: «La libertad empieza en las palabras / que ahora dices / para abolir la muerte».

     La tercera sección consta de un solo poema: «Zagajewski en Oviedo», que escande el discurso del poeta polaco como si de un poema se tratara. Como es fácil comprobar, la función del poeta y el sentido de la poesía en la actualidad («Los poetas no están de moda, / están solos en su soledad acompañada, / extienden sus palabras y tocan a alguien / no sé dónde») concentran el motivo de estas reflexiones que Argüelles, con su mirada de poeta, pero también con la de periodista, ha sabido condensar.

Otro propósito se deduce de las dos última partes del libro: «Poemas y canciones contra el daño» y «Convalecencia». Ambas dan cuenta de la versatilidad compositiva de Argüelles porque alternan el poema breve con el de largo aliento y el poema en prosa, seguramente con el ánimo de adaptar la dicción al efecto lírico de las canciones o al discurso más testimonial de la prosa. En todos los poemas, sin embargo, el aliento nostálgico prevalece, pero no solo se canta lo que se pierde. El ahora vivido se solaza con «la vida que aún ríe entre las sombras». Detrás de esta especie de captatio benevolentiae que el autor lanza al lector hay un profundo convencimiento de que el paso de los años no anula la capacidad para ser feliz, porque, a pesar del miedo al futuro y del daño que la existencia inflige preferimos «la tensión que exige la lucha por afirmar el dolor, por buscar la alegría, por abrazar la vida interminable, la nada interminable», una nada menos desoladora, porque está atemperada por los versos de José Luis Argüelles.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 26/10/2018
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