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JOAN MARGARIT. UN ASOMBROSO INVIERNO. EDICIÓN BILINGÜE. COLECCIÓN PALABRA DE HONOR. VISOR POESÍA, 2018

Resulta evidente que Joan Margarit(1938) no pertenece a ese grupo de poetas que, en sintonía con cierta tendencias críticas actuales, defienden la autonomía del texto y la desvinculación casi absoluta del autor y su mundo. Todo lo contrario, Margarit no elude en ningún momento que el poema, el poeta, bebe de la realidad y, por tanto, no es baladí conocer algunos de los acontecimientos personales que sustentan el discurso del poema, lo que, por otra parte, no nos debe hacer pensar que el poema se reduzca a una mera narración de hechos más o menos sustantivos. Hay, sí, narración y un registro de la experiencia en el que confluyen lo experimentado con la percepción que de ello logra rescatar el lenguaje. Como pensaba Gerardo Diego, el poema pasa entonces a convertirse en una permanente invitación al lector. Joan Margarit busca siempre la complicidad con él para redondear un poema que, como hemos dicho, va más allá de lo puramente decible y se interna por el camino misterioso de lo inquisitivo, de la indagación en la realidad.

En Un asombroso invierno, su último libro, escrito en una lucidísima vejez, no se interna, como ocurre con muchos libros escritos en el ocaso de la vida, por el camino de la nostalgia ni por la visión elegíaca de un pasado irrecuperable. Es cierto que hay momentos que se intentan rescatar de la memoria para comprender mejor el presente, para poder soportarlo, como en el poema «Conocida crueldad» en el que una Barcelona irreconocible se le presenta al poeta como una afrenta que solo el recuerdo puede atemperar: «Quizá no la amaría si no fuera / por todos mis recuerdos», escribe. Pero el mismo adjetivo, asombroso, que acompaña a invierno nos inclina a sospechar que Joan Margarit es un hombre sabio que ha aprendido con los años a disfrutar del momento concreto que le toca vivir, por esa razón sabe extraer del instante la savia que alimenta sus pensamientos. El primer poema lleva el mismo título que el libro completo y finaliza con estos versos: «No es ningún infierno: permite comprender. / Llega el olvido, tranquilizador. / Y vuelve, siempre vuelve, la alegría». Alegría que se impone por encima de la añoranza.

Margarit, fiel a unos modos expresivos asentados en la tradición, es capaz de reinventarlos y construir un artefacto verbal, si no prefecto formalmente, que también, absolutamente convincente, en el que la emoción prevalece por encima de cualquier otra consideración. Un yo que se nutre del amor y de la historia —Margarit era demasiado joven para tomar conciencia de los trágicos acontecimientos de la guerra civil, es después, en la madurez y en la vejez cuando se erige en testigo de cargo de aquella época— se va desnudando en unos versos que se complacen con la inteligibilidad, que no buscan, ni necesitan, enrevesados hermetismos para ahondar en una realidad que el poeta sabe ver desde una perspectiva personal, pero también coparticipativa, y aquí es donde radica uno los atractivos mayores de esta poesía, la asombrosa capacidad de empatía que trasmite, porque, a pesar de usar un lenguaje corriente, comprensible, no hay riesgo de que su sentido más profundo pase desapercibido porque siempre se insinúa la posibilidad de leer entre líneas.

El lector percibe la entereza y la honestidad que el autor desgrana en los verso sin temor a entonar un mea culpa pero con el arrojo de quien no teme enfrentarse con la verdad, aunque eso conlleve ciertos riesgos: «El olvido jamás me hará inocente. / En cambio la ignorancia siempre me hace culpable». Como vemos, no hay espacio para la autocompasión en estos versos. Margarit no permite que un pasado idealizado empañe su vista del presente, quizá porque «El pasado / ha perdido el poder de conmovernos» (aunque una mayoría de los poemas recreen hechos de ese pasado que se cuestiona) y el presente es la constatación de que se «pertenece a otro tiempo».

Más que cualquier comentario externo, quien mejor aclara las claves de Un asombros invierno—y de toda su poesía—es el propio poeta en el epílogo que cierra el volumen. Margarit nos ofrece aquí, resumido, su ideario poético: «La poesía se escribe solo desde el interior del poeta. La voz propia —incluso lo que llamamos , en el sentido más profundo, el estilo— no se elige, forma parte de lo que estrictamente somos. Cada poeta la alcanza buscando en su interior el material básico […] sobre el cual la vida va amontonando, además, el largo aprendizaje del uso de los lugares comunes». No cabe duda de que esta teoría poética se adapta como un guante a su escritura. Esos lugares comunes que menciona son el escenario perfecto para contrastar la revelación del yo y su circunstancia histórica con la página en blanco. Quienes leemos a Margarit tenemos la fortuna de comprobar como, de una manera sutil, sin estridencia, se funden poema y realidad y de esa fusión nace una verdad existencial susceptible de ser adoptada por cada uno de nosotros. Margarit combina como pocos vida y literatura —en estos poemas aparecen Manrique, Verdaguer, Juan Ramón, Rimbaud o Gil de Biedma, por ejemplo—, pero también experiencia personal y realidad histórica. Así, cada poema deja testimonio de un momento que se actualiza al recordarlo, pero, claro, no lo restituye. No hay, sin embargo, autoengaño. El poder de remembranza de las palabras es limitado y el poeta ya conoce todas las artimañas, por eso, escribe, «Ahora ya no puedo admitir más mentiras / y la verdad no es más / que sencillos deseos de cuando ella vivía». Aun así, sus lectores mantenemos intacta nuestra confianza.

Margarit: un asombroso invierno

 

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