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JULIO CESAR GALÁN. TESTIGOS DE LA UTOPÍA. EDITORIAL PRETEXTOS

La propuesta poética de Julio César Galán (Cáceres, 1978) es una de las más arriesgadas de cuantas se escribe hoy en nuestro país, no solo por la evidente dificultad de comprensión textual sino por la permanente colaboración que demanda del presunto lector, al que exige ser parte activa de la escritura del poema. Vicente Luis Mora, en la antología La cuarta persona del plural escribe al respecto: «Las nuevas formas de difusión y creación del poeta no solo admiten su lectura por todos los plausibles lectores, sino también su inmediato comentario, glosa, apunte, corrección, apropiación o antipoema, que queda incluido, como apostilla, al poema primigenio». En la poesía de Galán, el lector no puede adoptar una posición pasiva porque entonces corre el riesgo de sentirse excluido del discurso. De hecho, unos pocos lectores privilegiados, de los que da cuenta en las páginas finales, han contribuido con observaciones, glosas o comentarios que están incorporados al desarrollo del poema. Incluso las objeciones de los editores del libro se añaden en la adenda final. Ya habíamos hecho alusión con anterioridad a esa búsqueda de la totalidad significativa en la que está empeñado Julio César Galán, aunque la realice, paradójicamente, desde la poética del fragmento. Da la sensación de que concibe, como Eliot, la unidad de la experiencia, pero, al mismo tiempo, muestra una profunda desconfianza en esa unidad, es más, la página es el campo de batalla en el que tienen lugar los conflictos entre las múltiples formas de ver la realidad, entre los diferentes sentidos que ofrecen metáforas y símbolos, sentidos fluctuantes, porque, como el mismo Galán escribe en la antología Limados, la ruptura textual en la última poesía española: «El poema final representa la traducción de un aprendizaje y en la transferencia de significados y significantes se encuentra su sentido […] pero el caso es que no hay cierre y entonces, uno se pregunta ¿no será el poema su proceso de construcción?». Según esto, en el proceso de escritura del poema intervienen, al menos, tres factores, el autor, el lector —o los lectores— y el propio poema, que se construye a sí mismo mientras está siendo escrito. Esta polifonía es la que confiere esa dislocación emocional característica de la fractura interior de la conciencia. Nada es definitivo. El todo se está construyendo mediante complejas asociaciones semánticas que casi nunca son fáciles de dilucidar, de ahí que el lector sea una pieza fundamental en el engranaje de la interpretación. Pero, claro es, dicha propuesta no carece de riesgos, no siendo el menor la posibilidad de perder el sentido primigenio al que el poeta propende.

     Esta presunta incomprensibilidad no parece preocupar a Julio César Galán. Fiel a su propio desafío, es capaz de incluir, como hemos dicho, hasta las objeciones de sus editores como fórmula para afianzar su proyecto. Un proyecto del que forma parte también la distorsión del plano en el que están escritos los versos, hasta hacerlos ilegibles, como ocurre en el poema «Figura 11» o el tachado, no solo de versos sino de algún poema completo, como el titulado «Libro XIII», lo que no deja de poner en evidencia la poca credibilidad que el autor confiere a la escritura.

     Otro de los recursos habitualmente utilizado por Galán es el de la intertextualidad, aunque posee una variante no utilizada con profusión por otros poetas, como es la de utilizar no solo textos ajenos sino versos propios procedentes de otros libros e, incluso, de borradores que han quedado, al menos de momento, en un segundo plano discursivo. Si a este procedimiento añadimos las frecuentes elipsis que alteran los usos cotidianos del lenguaje nos encontramos con una poesía que funciona principalmente por alusiones, nunca por evidencias, una poesía que apuesta, heredera de las vanguardias históricas como es, por desconfiar de los modelos tradicionales y por reinventarse, aunque no deja de resultar paradójico que el propósito final de Galán no sea solo la experimentación lingüística, la indagación sobre los límites del lenguaje, incluso la pura filigrana metapoética («escribir es oír el corazón del mundo) sino contar, entre otras cosas, «la historia de un hombre que debe separarse de su pareja por causa de esa crisis (estafa) que durante años ha asolado España». Creo que, más allá del resultado, el verdadero mérito de esta poesía, de este Testigos de la utopía, se esconde en esa espinosa aventura intelectual que la sustenta: el acceso a la realidad no desde la razón, sino desde el misterio.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 19/10/2018Re
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