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FRANCISCO SILVERA. LIBRO DEL SILENCIO. EDITORIAL EDA LIBROS, 2018

¿Qué diferencia un relato de un poema si tanto uno como otro —con las debidas excepciones, por supuesto— están construidos sobre sucesos o acontecimientos; si ambos géneros, cada uno a su manera, son fe de vida, memoria de instantes sucesivos? Las fronteras, sobre todo en la actualidad, no están muy claras y no es fácil determinar a qué lado de la balanza se inclinan géneros híbridos como el poema en prosa. Viene esto a cuento de Libro de los silencios, la entrega más reciente de Francisco Silvera (Huelva, 1969), un autor con un largo bagaje editorial tanto en su labor como especialista en la obra de Juan Ramón Jiménez, a quien ha dedicado numerosos estudios, como en su labor creativa, en la que ha publicado más de una decena de títulos, entre ellos Libro de las taxidermias (2002), Libro del ensañamiento (2007) o La gloria del mundo (2017).

     Libro de los silencios está integrado por una cincuentena de estampas en prosa que relatan la vida de un hombre de campo, Lorenzo, ya en su declive físico, que no intelectual, un hombre que ensalza, como Horacio, la vida retirada, pero sin idealizarla. Hay escritores, y Silvera parece ser uno de ellos, que, a tenor de lo que su escritura delata, parecen comulgar con estas palabras de la Nobel polaca, Wisłava Szymborska, que escribió sobre su obra lo siguiente: «Yo sigo sintiéndome una persona que escribe prosa. Me parece que aquello críticos que consideran que a veces escribo relatos en miniatura, historias diminutas con acción, tiene razón». Francisco Silvera escribe relatos, historias mínimas que, en realidad cuentan más bien poco porque, como en la buena poesía, más que contar, se sugiere, se piensa. El editor de Eda libros no ha dudado en encuadrar este libro en la colección Seguro azar de poesía, lo que no hace sino confirmar nuestras impresión de que estamos leyendo poesía verdadera.

     Lorenzo puede parecer un arquetipo de ese hombre del campo aferrado a su terruño para quien «cualquiera tiempo pasado fue mejor» pero, con serlo, también representa algo más profundo, la toma de conciencia de un mundo que está en vías de desaparición, con realismo, sin apenas atisbos de esa nostalgia que paraliza y gangrena las mentes. Hoy que tanto se habla de la despoblación rural, no vendría nada mal leer libros como este, no con afán aleccionador o didáctico, sino para mostrar que el ascetismo moral, contra lo que pueda parecer, no está reñido con la modernidad. «Todo el que puede se va del campo», se dice en este libro. No cabe duda de que es otra forma de vida, más dura, quizá, pero no debemos asociar esta opción vital con el fatalismo tan propio de quienes buscan la soledad y renuncian a “los placeres” del mundo. Otra cosa son los lugareños, las personas, fundamentalmente de edad avanzada, que se han mostrado incapaces de abandonar ese terruño, por extrañamiento, por incapacidad emocional, lo mismo da. Este tipo de gente, Lorenzo puede ser uno e ellos, posee una visión trágica de laexistencia, en la que el paso del tiempo, la decrepitud marcan el ritmo de la cotidianidad, como si uno viviera los acontecimientos con la resignación de quien sabe que siempre actúan en su contra. Esa visión pesimista se ha asentado de tal forma en su manera de estar en el mundo que resulta casi imposible modificarla y, sin embargo, pese a todo, continua seduciendo al urbanita.

     Libro de los silencios comienza con la muerte de Juan. Más o menos a la mitad del libro otra muerte, la de Carabolso, ambos amigos de Lorenzo, nos anticipan el desenlace cruel. Mientras, la vida discurre siguiendo el ritmo que marcan las estaciones., con la lentitud y la parsimonia de quien se encuentra a sí mismo y encuentra, por ende, la felicidad entre las hortalizas y los árboles frutales de la huerta.

   La prosa de Francisco Silvera, heredera de la de Azorín, de esa “música en precisión”, está plaga de heptasílabos y endecasílabos, principalmente, por más que convivan con otros metros como el octosílabo. Esto confiere al carácter impresionista de su prosa una sonoridad que imanta al lector y, como una fuerza centrípeta, lo embute de lleno en la narración. Podemos advertir otras influencias, como la del Mairena machadiano, por ejemplo, en ese filosofar cotidiano o en las numerosas sentencias que menudean en forma de diálogo y, como no, la del Platero juaramoniano, incluso la de Muñoz Rojas. Veamos un ejemplo: «Lorenzo cree que el mundo no va a cambiar, pero echa de menos a los defensores naturales de la justicia, a las personas que, lejos de enorgullecerse de ver comer a lo pobres, aspiran a darles una vida de verdad, con la dignidad de no ser esclavos inconscientes». Afortunadamente, la esmerada manera de narrar de Silvera, su cuidado lenguaje, tan preciso como evocativo, nos alerta sobre la conveniencia de no desperdiciar la sabiduría de esos “Lorenzos” que aún habitan en nuestros decadentes pueblos. Deberíamos seguir su ejemplo

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 12/10/2018
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