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JUAN FELIPE HERRERA. LA FÁBRICA (Notes on the assemblage). Traducción de Nieves García Prados. Valparaíso Ediciones. 2018

Es muy posible que la omnipresencia de Donald Trump en los medios de comunicación defendiendo ideas descabelladas con una arrogancia, junto a su bajo nivel cultural, son más propias de un tipo pendenciero en una taberna que de quien ocupa la Casa Blanca, nos impidan conocer la Norteamérica real, esa en la que conviven multitud de razas y de ideologías sin graves conflictos, la que lucha, por ejemplo, por el control de las armas de fuego, por la igualdad de derechos civiles o por la acogida a los emigrantes. El poeta Juan Felipe Herrera, hijo él mismo de emigrantes, pertenece a ese grupo tan denostado por los sucesivos gobiernos republicanos y, especialmente, por la demagogia populista de Trump.

     Un libro como La fábrica constata sin ambages el compromiso social de un poeta que ha alcanzado un enorme reconocimiento gracias a su incuestionable calidad poética (es autor de más de una docena de libros de poesía, como Border-Crosser with a Lamborghini Dream, 187 Reasons Mexicanos Can’t Cross The Border: Undocuments 1971-2007 o Half the World in Light). Ha sido Poeta Laureado de Estados Unidos entre 2015 y 2017 y ha obtenido, además, premios como el National Book Critics Circle Award en 2008 y el Pen/Beyond Margins Award en 2009.

     La poesía de Herrera combina con habilidad el lenguaje coloquial del español hablado en California con un lenguaje más depurado escrito en inglés. Esto queda manifiestamente explícito en los poemas dialógicos que presentan además un duro contraste social entre las penurias que debe soportar el emigrante indígena —su origen campesino ha influido de manera determinante en su concepción del mundo— y las condiciones de vida que solo con mucha fortuna logrará, como le ha sucedido al mismo Herrera, alcanzar. Sus influencias provienen, en gran medida de la poesía de la Generación Beat, especialmente de Allen Ginsberg, de las vanguardias literarias (ecos lorquianos se aprecian en algunos poemas) y artísticas —técnicas como el ensamblaje o el collage son empleadas con afortunada frecuencia— y de la experimentación. De ahí proviene la mezcla de estilos, las distorsiones temporales, el flujo narrativo reivindicativo, porque el contacto con la más absoluta modernidad no ha impulsado a Herrera a abandonar sus raíces, antes bien, le ha servido para reinterpretar su pasado a la luz de los nuevos presupuestos ideológicos, para reafirmarse en su labor de denuncia, para levantar la voz en nombre de aquellos que no pueden hacerlo. Una técnica como el ensamblaje resulta especialmente fecunda en La fábrica, cuyo título original es Notes on the assemblage. El poema titulado: «Apuntes para el ensamblaje” («Utiliza cartulinas blancas y negras y moteadas […] / utiliza cartón / empapado y / comprimido / superponga en viejas enciclopedias / hojas con imágenes…»), resulta ejemplificador, pero no es el único, encontramos una técnica similar en «Pero yo fui el único que lo vio (las secuencias de los drones)». Herrera ha tomado conciencia de su origen y no ha permitido que la fuerte presión cultural anglosajona anule la tradición hispánica, engarzada con goznes irrompibles en sus genes, hasta el punto de que el fruto resultante de este mestizaje cultural es el que confiere a su poesía una personalidad sui géneris.

     El libro está dividido en cinco partes muy desiguales en cuanto a extensión, pero con voluntarias similitudes temáticas. Ya desde el comienzo del libro, en el poema «Ayotzinapa», la denuncia de la barbarie es constante y estremecedora: «Íbamos […] para decirle al alcalde que / queríamos más fondos para nuestra escuela rural para maestros / y maestras era una protesta por nuestra escuela que es solo para / maestros y maestras rurales nada más nada menos protestábamos / solo por obtener algunos fondos fuimos rodeados por la policía / y sus cómplices y nos dispararon quemaron nuestros cuerpos nos / desmembraron y en bolsas de basura nos arrojaron al río…». Este poema data de 2014, pero, lamentablemente, no ha perdido actualidad alguna. Las noticias que nos llegan día tras día de México son cada vez más espeluznantes (el pasado día 2 se ha conmemorado el 50 aniversario de la matanza de Tlatelolco, de la que aún se ignora el número exacto de víctimas. Desde entonces la violencia se ha multiplicado exponencialmente). Otro tema recurrente es el de la emigración (la sección titulada «Autobús en la frontera» lo desmenuza con una crudeza poética aterradora: « Yo sé adónde vamos / donde vamos siempre / a algún centro de detección a algún sitio a que nos tomen las huellas / a algún almacén tras almacén // Pero ya nos investigaron ya cruzamos ya nos cachearon / Los federales del bordo qué más quieren». Juan Felipe Herrera sabe que la poesía no puede quedar al margen, por eso en sus versos deja constancia de la cruda realidad que vive el emigrante, sujeto a la violencia y la extorsión de las mafias, de la policía de frontera, de las autoridades, del propio destino.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 5/10/2018