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CHARLES SIMIC. PICNIC NOCTURNO. TRADUCCIÓN DE NIEVES GARCÍA PRADOS. VALPARAÍSO EDICIONES, 2018

La edición original de Picnic nocturno data del año 2001, aunque, en este caso, esto carece de importancia porque por esas fechas ya hacía tiempo que la poesía de Charles Simic había alcanzado su madurez y exhibía unas características absolutamente personales que, lejos de sufrir disensiones, se han ido consolidando en cada nuevo libro. Estamos hablando de esa particular aproximación a los intersticios de la realidad que conlleva un prodigioso examen de la experiencia. Simic —nacido en Belgrado en 1938, pero establecido en los Estados Unidos desde 1954— indaga en los lugares recónditos de esa realidad desde ángulos casi inverosímiles. Generalmente parte de un hecho anecdótico y común —las consecuencias de comer un pastel con glotonería, las cosas que ocurren en la parte trasera de un matadero o la visión fugaz desde un tren entre un túnel y otro— que a ningún lector puede sorprender, en principio. El poema comienza haciendo una descripción somera, a la par que detallista e interesada, pero, de pronto, el milagro de la imaginación es capaz de detenerse en un espacio desenfocado de la imagen y de ahí surgen esas asociaciones tan innovadoras que, muchas veces, dejan estupefacto al lector, al que no le cabe más que rendirse ante lo inaudito. Pero no estamos hablando de una poesía meramente descriptiva, que lo es, sino de una poesía reflexiva que utiliza el lenguaje para comprender el mundo en el que vive: «Un poema —escribe— es una máquina del tiempo que estás construyendo, un vehículo que permitirá a alguien viajar en su propia mente, así que no te sorprendas si te lleva tiempo lograr que todas las partes del motor funcionen correctamente». No sabemos de cuánto tiempo estamos hablando, pero una de las más notables características de los poemas de Simic es la frescura que trasmiten. Son poemas que parecen estar escritos ayer mismo, poemas construidos —nada más lejos de la realidad— apenas sin esfuerzo y esto, claro, resulta muy difícil llevarlo a la práctica (quizá sea esta la razón de que su herencia estética esté muy diluida en nuestra poesía, a pesar de estar profusamente traducida). Ese viraje inesperado, imprevisible con el que remata gran parte de sus poemas es lo que los hace especialmente atrayentes. Ocurre también que los temas no siempre se asocian con lo que consideramos poético por estos lares. Véase, por ejemplo, el titulado «Las vidas de los alquimistas», que finaliza con esta estrofa: «Entretanto, el pequeño misterio de la sartén, / el olor del aceite de oliva y del ajo flotando / de una habitación vacía a otra, la gata negra / frotándose contra tu pierna desnuda / mientras tú te arrastras hacia la luz lejana / y el tintineo de las copas en la cocina».

     La mirada de Simic está impregnada de una justificada benevolencia: «Yo actúo como un ladrón en potencia», escribe. Un ladrón que se apropia de la vida de los otros, ingenuos protagonistas de su lucha interior. Simic retrata a hombres y mujeres aquejados de un permanente sentimiento de infelicidad no siempre asumido, no siempre cuantificado y, para revelarse ante esa especie de renuncia (que el mismo padece), analiza los detalles más nimios, esos que hacen de una vida cualquiera algo excepcional: «Lo que hace a la gente feliz es un misterio, / concluye él, mientras se ocupa / de estirar los billetes arrugados en unas caja de cigarros».

     Simic es quizá el poeta contemporáneo que mejor retrata lo común, lo cotidiano, pero su punto de vista combina magistralmente lo real con lo que proviene de los sueños: «Después, me vi a mi mismo dentro / de una gasolinera abandonada / construyendo una nave espacial con un ataúd», escribe en «Terapia de vidas pasadas», el primer poema del libro, que, por otra parte, comienza con una descripción realista. Lo que nos desconcierta de los poemas de Simic siempre ocurre al final porque el desenlace no se atiene a lo que el lector espera. ¿Cómo consigue este efecto? Si nos fijamos bien, desde los primeros versos de cada poema se percibe una extrañeza que nos acompaña durante la lectura y que, como decimos, se agrava al final, pero siendo honestos, desde el principio hay un halo de misterio que envuelve la escena y ese elemento inclasificable es uno de los mayores aciertos de Charls Simic. Picnic nocturno, excelentemente traducido por Nieves García Prados, ofrece un compendio de todos los recursos del poeta, entre los que me gustaría resaltar esa milagrosa capacidad para convertir un suceso banal en el escenario de una epopeya interior que se revaloriza en la mente del lector (aunque ese efecto reverberador puede perder  contundencia cuando la fórmula se repite en exceso). A uno, muchas de las imágenes de sus poemas le recuerdan escenas del cine undergrand norteamericano o a ciertos lienzos surrealistas, aunque supongo que para alguien como él, que sufrió en carne propia bombardeos durante la Segunda Guerra Mundial, esto carezca de importancia.

* Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 21/09/2018