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ANNE CARSON. TIPOS DE AGUA. EL CAMINO DE SANTIAGO. EDITORIAL VASO ROTO, 2018

No deja de sorprenderme que en una época como la nuestra, en la que se ha convertido en algo habitual “engordar” los currículums con toda clase de nimiedades (por no hablar de flagrantes invenciones), una mujer del prestigio de la profesora y poeta Anne Carson (1950) reduzca el suyo a estos datos: «Nació en Canadá. La enseñanza del griego antiguo es su sustento de vida». Son, sin duda, suficientes para los partidarios de la autonomía del texto y para quienes dan preferencia a este por encima de consideraciones biográficas y/o sociales —la propia Carson lo pone en práctica en el libro de ensayos Eros—, pero en nuestro caso creemos necesario aportar alguna información más que nos ayude a situar la obra tanto ensayística como poética de la autora de Tipos de agua (un título que nos remite obligatoriamente a Marcas de agua, el libro sobre Venecia de Joseph Brodsky), un texto, conviene decirlo ya, de difícil clasificación porque combina lo poético con lo diarístico —aunque se omitan casi por completo referencias personales— y lo etnográfico. No cabe duda de que su pasión por el mundo clásico ejerce una notable influencia en su obra poética (el décimo trabajo de Hércules sirve de eje argumental a Autobiografía en rojo y que sus traducciones —de Safo, Sófocles y Eurípies, entre otros— son ejemplares, pero su obra es un conglomerado de géneros en los que alterna la prosa con el verso, la crítica con la narrativa, el libreto operístico con el ensayo. Y algo de todo esto hay en este Tipos de agua que describe el peregrinaje a Santiago («La ciudad y el santo enterrado allí son un punto de pensamiento», escribe) desde el pueblo francés de St. Jean Pied de Port, siguiendo la ruta de Roncesvalles durante poco más de un mes. La autora viaja en compañía de un hombre a quien denomina Mi Cid: «Él es uno de aquellos que, como reza el famoso poema, “en una hora feliz nació”», de quien solo se aporta información ambigua y con quien surge algún encontronazo, sobre todo cuando en la autora se rebela contra sus propios pensamientos y sale a la luz ese yo que el poema «Stanzas, Sexe, Seduction», escribía: «Quiero ser insoportable».

El viaje de Anne Carson no es tanto físico como espiritual. Es cierto que las entradas de este particular diario están fechadas y emplazadas en distintas poblaciones que atraviesan, pero escasean las descripciones paisajísticas y, cuando aparecen, lo hacen como soporte de alguna reflexión de carácter íntimo. Su búsqueda —todo peregrinaje lo es— se ve estimulada por el propio deseo de hallar respuestas y el camino es solo un escenario que facilita la introspección: «los peregrinos eran personas que resolvían las cosas mientras caminaban. En el camino puedes pensar con vistas hacia el futuro, puedes pensar recordando el pasado, puedes hacer una lista para recordar contarles a los que están en casa». Nada más alejado, sin embargo, de una guía al uso que este libro que exhibe una neutralidad imaginativa solo aparente. Los textos poseen, al menos, dos características propias, cada uno de ellos está encabezado por una cita de autores orientales —Shikibu, Zeami, Bashõ, Sogi, etc.—, salvo la del primero, que corresponde a Machado. Por otra parte, muchos de los textos llevan una coda final que, en ese afán por sacar conclusiones propio del espíritu indagador, resume los cambios que suscita la experiencia del peregrinaje en el peregrino: «Los peregrinos eran personas que llevaban cuchillos, pero rara vez les encontraban uso», «Los peregrinos eran personas a quienes les sucedían las cosas que solo suceden una vez», «Los peregrinos eran personas que cargaban con poco. Lo cargaban equilibrado en su corazón».

El peregrinaje concluye en Finisterre, en el fin del mundo, y la voz de la autora lleva a cabo la poderosa transformación que se ha venido desarrollando en las sucesivas etapas del viaje. Ha pasado de ser fundamentalmente descriptiva a adentrarse en los laberintos mentales de lo visionario, en un proceso de sublimación que guarda una profunda relación con la experiencia mística, aunque esta no se mencione en ningún caso. Anne Carson va descubriendo el camino por donde pisa, el camino «Se extiende lejos de ti. Te conduce hasta el oro real: mira cómo brilla. Y solo pide una cosa. Que resulte ser precisamente aquello que anhelas dar» a medida que descubre sus inquietudes personales, a medida que se descubre a sí misma. Avanza en el camino construyendo una imagen interior que no pueden retener las fotografías; un camino al que, en su parte final, la niebla priva de referencias: «Estoy perdida. Súbitamente alerta, miro a mi alrededor. Nadie está aquí, excepto yo. Y no hay camino». Pero, ¿este es el final o solo uno de los innumerables principios? Cada lector puede encontrar en su propia travesía la respuesta.

* Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 31/08/2018