jose conde

JOSÉ ANTONIO CONDE. PALABRAS ROTAS. LOS LIBROS DEL GATO NEGRO, 2018

Hemos comentado en otras ocasiones libros de José Antonio Conde (1961) EN este foro y en dichos comentarios hemos puesto de manifiesto su gusto por la poesía alusiva, desnuda, esencialista, de carácter simbólico en la que el lenguaje trata de desperezarse para dar nuevos significados a la cotidianidad. La práctica de un poema breve de versos concisos en los cuales la subordinación de las ideas está prácticamente ausente se ha transformado en Palabras rotas en poemas en prosa con un engranaje de referencias subordinadas que contribuyen a crear una gran tensión semántica que no deja un momento de respiro al lector.

Conde ha publicado en apenas quince años (de 2003 data su primer libro, La vigilia del mármol) más de una decena de libros. Si bien es verdad que la mayoría de ellos son breves esta prolijidad nos alerta sobre la importancia que, para relacionarse tanto consigo como con su pasado y su presente, la palabra poética tiene para nuestro poeta. En los últimos años ha dado a la imprenta títulos como Botánica de un sueño (2011), Discanto ((2012), El signo impreciso (2013), Un juego de llaves (2014), Agnus hominis (2015), Témpora (2016) y Pasos mínimos (2017). Ahora llega este Fronteras rotas (2018), divido en tres partes muy desiguales en cuanto a alcance y extensión: «Dicterio», la más amplia; «Neumas» y «Duelo». El libro cuenta además con un excelente prólogo de Antonio Pérez Lasheras que nos ofrece de forma didáctica las características más señaladas de la poesía de Conde: «Su poesía —escribe— nos sorprende por su sincretismo, su concentración conceptual y su destilación de las palabras hasta acrisolarlas y hacer que digan lo que hasta ese momento no habían dicho nunca», y, en efecto, esa es una de las premisas de la palabra poética, decir aquello que no se puede decir nada más que mediante el lenguaje poético, tan distinto en propósito del lenguaje informativo o comunicativo. La palabra de Conde comunica, pero no hechos sino sentimientos, intuiciones más que constataciones todo ello gracias a un lenguaje exigente y multirreferencial con hondas raíces en la irracionalidad, como podemos ver en esto ejemplos escogidos aleatoriamente: «un mosaico de estribos que respira», «el temor es la ganancia del granizo». «La obra —volvemos a Pérez Lasheras— está llena de alusiones crípticas (imprecisas, en ocasiones, otras explícitas), pero muy concretas en la memoria, de lugares, fechas, acontecimientos, sentimientos, carencias, recelos, odios, hambres, huidas, enajenaciones, paisajes, miedos, miserias, injurias, mentiras…» y es que Palabras rotas nos habla de un pasado aún demasiado vivo en la memoria y con heridas por cerrar, el de la guerra civil. José Antonio Conde acude a sus recuerdos para vivificarlos en la pagina. Recuerdos propios y ajenos, recuerdos familiares (el libro está dedicado a su padre, Alfredo Conde) de quienes sufrieron el oprobio y la humillación por parte de los vencidos, con la connivencia de la jerarquía eclesiástica y de su infantería (militar y religiosa) «En la paciencia de las aldeas todo transcurre como dicta el botarate, ese que saca pecho junto a la estola corrompida, el mismo que envenena las alondras y trenza con sus manos la bruma y las incógnitas». Como decíamos, la poesía de Conde establece asociaciones mediante un lenguaje autorreferencial que exige una complicidad tanto testimonial como reivindicativa por parte del lector. Nos encontramos frente a una poesía de denuncia, pero no a la manera de la poesía social, sino con la conciencia de que en el propio tratamiento de la palabra poética se encuentra la raíz de ese compromiso con el yo colectivo, con el nosotros, como ocurre en algunos de nuestros mejores poetas, hablo de Julieta Velero o Antonio Méndez Rubio, por ejemplo. La palabra rota es la palabra del hombre comprometido con su tiempo, con su historia, la del hombre que vive con un conflicto interior que se revela contra el testigo mudo: «es habitual ver al místico junto a los escaparates vacíos, tomar el té a las cinco en casa del gobernador, recoger estramonio para la mansedumbre de las beatas y ocultar los preceptos de Isaías».