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JAVIER MENÉNDEZ LLAMAZARES. LA MEDIDA DEL TIEMPO. COLECCIÓN: A LA SOMBRA DE LOS DÍAS. CONSEJERÍA DE CULTURADEL GOBIERNO DE CANTABRIA, 2018

Todo lector de periódicos está familiarizado con el nombre de Javier Menéndez Llamazares porque lo puede leer habitualmente en las páginas de El Diario Montañés. Llamazares se ocupa en dicho rotativo de asuntos deportivos, de música pop —algo más que una afición en su caso—, de los altibajos de la cotidianidad y, cómo no, de literatura. Llamazares es lo que antiguamente se denominaba un periodista todo terreno, pero además, y esto lo sabe ya menos gente, práctica otros géneros como la novela (ha publicado El método Coué y La teoría del vaso de agua, ambas con notable éxito), el relato (Con amigos como tú) y, también, la poesía (Cosas que no se pueden encontrar en internet). Da la impresión de que sólo fragmentándose en todas las posibilidades que la escritura ofrece pudiera nuestro autor dar rienda a su sentir más hondo, a sus reflexiones, a sus pensamientos. No conocemos el proceso de decantación que conduce ideas o actos a un género u otro. Quizá sea el propio tema el que elige su disposición en la página, el que proporciona la tensión suficiente para que se convierta en escritura, el caso es que, después de muchos años —el libro fue escrito a primeros de los noventa— aparece La medida del tiempo. Durante ese periodo la escritura experimenta en cualquiera que se precie alteraciones notables, algunas vinculados, como no puede ser de otra forma, a cambios en la propia biografía y otras de carácter ideológico y estético. Este último —el estético— es el caso de Javier Menéndez. Él mismo lo aclara en las palabras previas: «Mi verdadero viaje sería hermenéutico: de la oscuridad a la luz, del simbolismo a la línea clara», aunque este testimonio no implique una sumisión absoluta a lo real. Hay una dosis muy bien proporcionada de irracionalidad, como podemos observar ya desde el primer poema, «Autoescuela»: «Y los crustáceos que forman escalas y navegan por mi pensamiento y la inexactitud de sus efluvios…», uno de los poemas en prosa —hay otros en verso— que integran el volumen y que, pese a su forma, no padecen ese afán descriptivo más propio del reportaje y de la narrativa en general (quizá con la única excepción del poema «Cronogramática»). Tal vez el ejercicio del periodismo, cuyo uso de un lenguaje informativo está tan distante del lenguaje poético, ha influido de alguna manera al autor y ha contribuido a crear una nueva poética que mezcla la claridad del lenguaje directo con el lenguaje oscuro de las emociones y de la imaginación. El resultado son unos poemas que aluden a un yo que está como en duermevela, como en una realidad otra en la que lo inexistente revela su importancia frente a lo evidente. Aparece un hombre que ya ha muerto, dos interlocutores hablan de lo que no ocurrió, las labios del autor hablan de lo que nunca sucedió. El poeta reordena el mundo desde su privilegiada posición, lo reinterpreta desde la ausencia, lo que confiere a su identidad unos rasgos agonistas. Javier asume una identidad solo expuesta o contrarrestada en el papel, la del disidente, la del que pretende reescribir la historia, tal vez porque el tiempo habita en él «como último / residuo de irrealidad», una irrealidad auspiciada —sin embargo— por referentes concretos, como el deseo o la amistad. Ambos coberturas sirven a Javier Menéndez Llamazares para establecer un diálogo con los otros yoes que conviven dentro de sí: «No eres sino mi propia imagen, por lo que has de odiarme irremediablemente, más conservarás el óleo encendido en la sangre y un punzón de hielo muy dentro de los ojos». Un diálogo establecido más desde la virtualidad de la ficción que desde un efectivo contrates de emociones, hasta el punto de que, en muchas ocasiones, el diálogo se suscita solo con el propio poema, como en el titulado «Página en blanco». El lenguaje, tal y como anunciaba el autor, es claro, pero dicha claridad no es sinónimo de banalidad porque las palabras están cargadas de dobleces, de significados personales con los cuales trasmuta la realidad y esa realidad es resbaladiza, ambigua, atenta a los códigos culturales, sociales, económicos e históricos —muy presentes estos últimos, aunque no de forma directa— del propio autor. Este tipo de figuración constructiva no rehúye la imagen directa ni la intención didáctica pero ambas configuran diferentes capas de sentido que confieren a la cotidianidad cierto hermetismo templado en las fraguas de una conciencia que se deslee a medida que la temporalidad se hace más manifiesta: «El tiempo entrará en ti / y tú podrás tomar / la medida del tiempo» dicen los últimos versos del libro, en lo que suponemos versos escritos ya desde la madurez, porque solo desde ella se puede escribir incluso sobre lo que no se ha vivido con esa combinación de cordura y lealtad que llamamos sabiduría.

  • Reseña publicada en el suplemento Sotileza de El Diario Montañés, el 3 de agosto de 2018
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