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ARTURO TENDERO. EL OTRO SER. LA ISLA DE SILTOLA. 2018

No es una tarea fácil cambiar de destino, ser alguien distinto a quien uno es. Querámoslo o no, somos lo que somos y las posibilidades de redención son más bien escasas. El otro ser trasmite la sensación de que su autor, Arturo Tendero, hubiera querido ser un hombre más sabio, más perseverante, más perceptivo, quizá menos vehemente, en todo caso menos absorbido por la cotidiana tarea de sobrevivir. Hubiera querido ser un hombre al que nada le fuera ajeno y no se viera obligado a procrastinar ninguna decisión trascendental: «He llegado a una edad donde las cosas / que no emprendas ahora / ya no las harás nunca», escribe consciente de que el paso del tiempo es irrevocable y ya no queda mucho para malgastarlo en disipación o indolencia. Acaso por esa razón Tendero busca amparo en la rememoración, en un pasado que actúa como un escudo ante las incendiarias flechas de un presente trivial y oneroso.

     Aunque el libro presenta una estructura unitaria, los poemas que lo integran se pueden dividir, al menos, en dos secciones, aquellos en los que la anécdota actúa como motor de una reflexión vital a la que preceden unos versos aclarativos podría ser una de ellas. Aquí encontramos poemas como «Caldofrán» y «Sin billete de vuelta», claramente evocativos, «Tertulianos y ranas» o «Mi primer tresmil», ambos con un tono más ligero en el que lo circunstancial prevalece por encima de otras ambiciones de carácter íntimo (Eloy Sánchez Rosillo lo resume magistralmente en el texto de la contracubierta: «Nada de relieve parece ocurrir en estos versos, sino los avatares propios de la vida de un hombre»). Una segunda sección sería aquella en la que los poemas se nutren de referencias a la naturaleza y alcanzan un vuelo cosmológico. El hombre está frente al mundo que lo rodea. De esta guisa son poemas como «Perseidas», «Atardecer de mayo (Poema sinfónico») o el estupendo «El ruiseñor», que evita muchos de los lugares comunes asociados a esta ave tan cantada en la tradición poética universal. Evidentemente, esta sistematización no carece de fisuras. Hay poemas que participan de ambas propuestas porque el hombre —el poeta— se hace uno con la naturaleza hasta el punto de sentirse un minúsculo organismo en el cosmos infinito. El poema final del libro, «Relatividad», ejemplifica acaso como ningún otro esta idea. El espectáculo celeste que imanta la vista al comienzo del libro se compara ahora con las luces de la ciudad. De lo general a lo particular. La asociación semántica entre unas y otras permite al poeta debilitar la falsedad de algunas emociones precipitadas y, por el contrario, enaltecer la última certeza de la que logramos apropiarnos, la de los recuerdos: «Aunque ya no sucede en primer plano, / no deja de ocurrir este recuerdo: / Pregunta ¿Y ahora qué? Y yo le respondo: / Vivamos este ahora. / Su luz, como una estrella que murió, / y sin embargo vemos aún brillas, / sigue parpadeando todavía, / a sideral distancia, en estos versos».

     La identidad personal, más que en los hechos, se configura en la memoria de esos hechos, por eso Arturo Tendero se remonta a la infancia en algunos de sus poemas más memorables, como el ya citado «Caldofrán» o «Moreras», al que pertenece esta estrofa: «Se mezcla en la memoria / el olor de las ruinas y el de la clorofila / con el de aquellas cajas de zapatos / tan llenos de agujeros / para que los gusanos respiraran», buscando un asidero que el presente hurta, pero hasta qué punto el recuerdo es fiel a lo real. ¿No falsea la memoria los recuerdos para hacer más soportable la pérdida? Las deudas con el pasado son el origen de mucha de la gran poesía escrita a lo largo del tiempo y, por muy trillado que esté dicho argumento, hay mil formas nuevas de intentar aprehenderlo. Tendero lo intenta desde una especie de asentimiento conciliador que el poema «Balance» resume como ninguno: «No es que me queje, agarro / como puedo la luz y resplandezco, / aferrado en el aire / a la sustancia mía / más sutil que conozco: / mi propio pensamiento». Resulta meridianamente claro que el poema puede sustituir a la filosofía cuando se trata de expresar pensamientos de forma asistemática, sobre todo cuando estos están sazonados con condimentos tales como la aquiescencia, el agradecimiento o el júbilo vital. De esta elaboración hay mucho en estos poemas. Sin llegar a manifestarlo de forma clara, Tendero parece decirnos que, a pesar de todo, el mundo está bien hecho. «Escucho ese tesoro —escribe en el poema “El ruiseñor”— hasta colmarme / y lo dejo después, / resonando en la fronda, / para que su secreto / mantenga vivo el mundo al que regreso». Nada que objetar, claro, pero, por poner una pega a este excelente y reconfortante libro es lo que Ricardo Piglia ha llamado «momentos críticos», es decir, esos instantes de turbación y desconsuelo, por qué no, de dolor y frustración que provocan una conflagración interior, conflagración que deja su huella en versos más irascibles, menos condescendientes, quizá incluso menos correctos. En todo caso, como digo, nos encontramos con el Tendero más consciente del paso del tiempo, de la fugacidad, lo que, lejos de dejarle caer en el desaliento, le produce un sentimiento de gratitud por lo vivido que ojalá todos sus lectores podamos compartir.

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