JUAN COBOS W

 

JUAN COBOS WILKINS. DONDE LOS ÁNGELES SE SUICIDAN. SILTOLÁ POESÍA, 2018*

El onubense Juan Cobos Wilkins (1957) lleva varias décadas inmerso en el mundo de la literatura y de la gestión cultural. Dirigió la Fundación Juan Ramón Jiménez en Moguer, de la que fue promotor, y codirigió el Aula de Poesía de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, además dirigió una de las revistas literarias más hermosas que se han editado en las últimas décadas, Condados de Niebla. Su trayectoria poética se inicia con la publicación de El jardín mojado (1981) y continúa con Sol (1985), aunque, como el mismo autor precisa, su primer libro escrito fue Espejo de príncipes rebeldes (1989). Con poemas de Sol se inicia Donde los ángeles se suicidan, esta antología temática cuyo asunto central es la figura del ángel, versátil y muy frecuentada en el credo cristiano: «La figura del ángel —escribe Cobos Wilkins— ha sobrevolado permanentemente mis versos como símbolo polisémico, cargado de múltiples connotaciones, a veces contrarias y contradictorias». Cobos Wilkins ha realizado una profunda inmersión en su obra y ha rescatado aquellos poemas en los que el ángel, unas veces de forma evidente y, otras, más velada (el poema y la propia escritura parecen una reencarnación espiritual), es el centro de la reflexión poética. Dicha selección se presenta al lector más como un libro autónomo que como una mera recopilación, sobre todo si tenemos en cuenta la antigüedad de algunos de los poemas seleccionados de lectura casi imposible en la actualidad. Pero, ¿qué significado tiene el ángel para Juan Cobos Wilkins? Evidentemente, la respuesta admite muchos matices, en principio por el carácter intrínseco de la propia figura angelical, polisémico y hasta contradictorio —de la guarda y exterminadory, en segundo lugar, por la propia mutabilidad de la idea que ha sufrido en el proceso de interiorización notables cambios, asociados, sin duda, a la evolución personal del autor y a los naturales cambios de ánimo. De esa fusión entre «Pasión y Armonía» («Las solas provisiones de su vida futura») representados por Luzbel en los primeros libros, al «Ángel nuestro / de la espada flamígera / que un día nos expulsas para siempre jamás del Paraíso» del libro Biografía impura hay un mundo de distancia que, de manera no siempre explícita —la poesía de Cobos Wilkins tiende al arabesco y a un envoltorio semántico no siempre transparente— se construye como un cóctel, con incertidumbres y presunciones: «… y sentirnos / luzbeles recorridos / por esos alfileres imantados / que al levantarse la veda escarcharán / el lagrimal aterrado de los ciervos». La escritura torrencial de muchos de estos poemas pretende abarcar en su totalidad la experiencia que convoca los versos y traza en ocasiones una ruta laberíntica que conduce, no a la casilla de salida, sino a la misma línea de salida. Así, gracias a esos meandros, de estirpe visionaria en ocasiones,

     «Un poeta —escribe Cobos Wilkins— es un funambulista / y descalzo y con ojos / abiertos en la planta del pie camina / por el más alto cable tensado en el vacío. // Pasión en un extremo / de su pértiga, Armonía / en el otro». Entre un punto y otro ha y un sinfín de posibilidades, que varían en función del camino elegido. En ambos extremos encontramos un ángel, pero éste manifiesta sus propiedades de forma diferente. Mantener el equilibrio se convierte entonces en un exigente proceso de autoconocimiento en el que el autor sufre una especie de dislocamiento de la personalidad. A veces se identifica con el ángel caído que observa «la asimetría de la belleza que instiga a la rebelión» y otras, ese ángel se convierte en un ángel custodio que «siempre vela por mí, custodio / que me salvas del beso envenenado, ángel / que me proteges / del mortífero abrazo / o mantis / de otro ángel / más caído». Existe mucha literatura sobre los ángeles, hay, incluso, una rama de estudios, la angeología, sin embargo, el acercamiento de Juan Cobos Wilkins a este fenómeno no es sistemático (la famosa clasificación de Pseudo Dionisio Areopagita no se menciona en parte alguna), sino todo lo contario, tiene más que ver con lo intuitivo, con la imantación que su ambigüedad estimula. Es harto probable que, a través de lo intuitivo, esos ángeles solo vislumbrados al principio hayan adquirido ciertos rasgos culturales no ajenos al propio proceso de maduración del autor, pero, como queda de manifiesto en esta antología, la idea primera que situaba al ángel entre la pasión y la armonía se ha consolidado con el paso del tiempo. De la propia evolución personal depende que unas veces el fiel de la balanza se incline hacia un lado o hacia el otro del hilo que los une. Lo que sí queda meridianamente claro es que Cobos Wilkins sabe conferirle al ángel virtudes y defectos del ser humano y, por esa razón, puede mirarse en su rostro como si fuera un espejo.

* Reseña publicada en Clarín. Revista de nueva literatura, nº 135

 

Anuncios