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BORIS A. NOVAK. EL JARDINERO DEL SILENCIO Y OTROS POEMAS. EDITORIAL GALAXIA GUTEMBERG, 2018

Traducida por Laura Repovs y Andrés Sánchez Robayna, se publica por primera vez en castellano la obra del poeta esloveno —aunque nacido en Belgrado en 1953, cuando Eslovenia estaba integrada en Yugoslavia— Boris A. Novak, uno de los poetas europeos más importantes en la actualidad. La responsable de la edición, la antes mencionada Repovs, esboza en el prólogo titulado «En los puentes de la palabra poética» un recorrido imprescindible por la historia cultural reciente de Eslovenia, un país que logró su independencia en 1991, con poco más de dos millones de habitantes y con un idioma que apenas cuenta con dos siglos de antigüedad como lengua artística. Poco conocemos de su literatura por estos lares. En el ámbito poético, sin duda el nombre más conocido es el de Tomaz Salamun (1941-2014), que ha sido traducido por Xavier Farré (Balada para Metka Krasovec y por Pablo J. Fagdiga (Selección de poemas) con fortuna. Encontrarnos ahora con un poeta —es también un famoso autor teatral, traductor y teórico literario— de la talla de Novak supone todo un descubrimiento y es, posiblemente, la mejor manera de calibrar la importancia de una cultura que nace de una mezcla de las grandes tradiciones europeas, a las que el autor contextualiza y alimenta. Novak es «el poeta que a lo largo de su obra ha introducido en el esloveno numerosas formas poéticas y ampliado abundantemente las posibilidades expresivas de la lengua eslovena», escribe Repovs. Novak ha sido siempre un poeta comprometido con su herencia, con la historia de su país y con innumerables causas sociales y ecológicas, consciente de que la actividad poética debe estar permanentemente vinculada al compromiso ético. Ha publicado más de veinte libros de poesía —esta antología recoge una selección de cada uno de ellos— entre los que destacan Bodegón de versos (1977), Coronación (1984), Maestro del insomnio (1995), Alba (1999), Eco (2000), Fulguración —de una intensidad amorosa poco frecuente— (2003), Ritos de despedida (2005), Pequeña mitología personal (2007) y La puerta sin retorno, su libro más ambicioso, un «proyecto vital que ha tardado veinte años en escribirse, comprende tres volúmenes publicados entre 2014 y 2017: el primero subtitulado “Geografía de la nostalgia”, cuenta con una extensión de casi nueve mil versos; el segundo, “El tiempo de los padres”, tiene alrededor de doce mil versos; el tercero y último, “Residencias de las almas”, posee aproximadamente veinte mil versos». La referencia más significativa, incluso estructuralmente, es la “Divina comedia” («Dante se vuelve aquí la figura guía y el maestro que cede la herencia poética»), tanto formal —está escrito en tercetos con rima— como temáticamente, Purgatorio, Infierno y Paraíso se incrustan en las sucesivas secciones, aunque el protagonismo real lo tiene la memoria, la capacidad de revisitar los recuerdos para tomar conciencia del convulso presente en el que el poeta debe vivir: «La palabra poética —nos recuerda la editora— se ofrece como la única manera de resucitar los lugares, tiempos y destinos humanos pasados, el único modo de rescatar del olvido la memoria personal y la colectiva y de cumplir con el deber que se tiene hacia esa herencia—tan propia del ser humano— que es la historia». Dicha trilogía ocupa una gran parte de esta antología poética con absoluta justicia porque la envergadura del proyecto no tiene, que sepamos, parangón en la poesía actual. Los poemas que la forman son, por lo general, de largo aliento y con una carga simbólica excepcional y en algunos de ellos se deja entrever la filiación teatral del autor, como en «Gramática del alma», construido de forma dialogada. La confianza de Boris A. Novak en el poder restaurador de la palabra es tal que llega a escribir versos como estos: «Nada llego a entender si no lo escribo. / Si no lo escribo, el mundo se me borra. / Mis toques amorosos son presa de palabras. // He escrito bellos poemas. / Tan bellos que he enjuagado toda huella / de amor./ Tan solo queda el verso, / sabor / de ceniza en la boca». Pero siempre hay cosas que se escapan a esa apropiación semántica, aunque el poeta crea abarcarlo todo con su magia, porque el poema puede ser tan complejo —y estos lo son, sobre todo cuando dialogan con los muertos—, que se escape a su control. El jardinero del silencio y otros poemas nos descubre a un poeta excepcional con una ambición conceptual casi sin precedentes, particularmente efectiva a la hora de trascender los detalles triviales y convertirlos en paradigmas existenciales. Recomiendo a los lectores que no pierdan la oportunidad de leer la poesía de Novak porque nos reconcilia con el propósito fundamental del poema, el conocimiento de uno mismo y del entorno, algo que esa caterva de jovencísimos mal llamados «poetas», tan publicitados, ni siquiera sospecha que pueda plantearse.

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