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LUIS GARCÍA MONTERO. FELIPE BENÍTEZ REYES. AMISTAD A LO LARGO. JUANCABALLOS DE POESÍA. FUNDACIÓN HUERTA DE SAN ANTONIO, 2018

El título de un poema de Jaime Gil de Biedma sirve para dar cuerpo a este libro que deja constancia de la amistad entre dos poetas imprescindibles de nuestra tradición más reciente, Luis García Montero y Felipe Benítez reyes. Ambos se han convertido por derecho propio en referentes de una parte fundamental de la poesía escrita en las últimas décadas en nuestro país.

     Esta amistad a lo largo surgió cuando los dos poetas eran todavía muy jóvenes. Ambos estaban dando sus primeros pasos poéticos y la necesidad compartida de conocer lo que sus coetáneos estaban escribiendo propició un interés mutuo. «Felipe y Luis —escribe Irene García Chacón en el prólogo— se encontraron con los poemas del otro y se presentaron por carta antes de darse a conocer en persona». El primer documento del libro así lo testifica. Es una carta que envía Felipe a Luis y data del 1979, y en ella, además de enviarle un poema, el titulado «La juventud», tantas veces glosado posteriormente, Felipe escribe: «Espero ir pronto por Granada. Muchas ganas de conocerte en persona». A partir de entonces serán muchos los poemas intercambiados, poemas de circunstancias, festivos, jocosos, irónicos, ditirámbicos (los títulos así lo confirman: «Fantasía soneteril ante la entrada en una cafetería de ninfa anonadante y sevillana» o «De los peregrinos que fueron a México y volvieron de allí muy quebrantados», por ejemplo), pero también poemas, digamos, serios, que pasarían a formar parte de alguna de las colecciones publicadas, como «Poética» y «Memoria de la felicidad» de García Montero o «Fugacidad del tiempo o aviso de peterpanes», Benítez Reyes.

     Además de los poemas celebratorios que ensalzan la mistad y la complicidad creativa, el libro recoge comentarios y prólogos, análisis críticos, en definitiva, que son una prueba impagable del profundo respecto estético que se tiene ambos poetas. Si Benítez Reyes alaba en la mítica revista Olvidos de Granada la aparición de la Égloga de los dos rascacielos de Montero o lo retrata en Gentes de siglo, en 1996, («Conocí a Luis a principios de los ochenta, cuando estaban de moda los restaurantes exóticos y cuando la vida —y la poesía del brazo de ella— era todavía una cosa que quedaba por allí delante: un ideal, una aventura») otro tanto hace este cuando aparece, por ejemplo, la novela El novio del mundo o el Ayuntamiento de Rota le nombra hijo predilecto. Felipe y Luis, tras tantos años de amistad, se conocen a la perfección, son amigos y compadres, pero son, además, grandes lectores el uno del otro, por eso han analizado sus respectivas obras con una sagacidad inigualable. El prólogo que escribe García Montero a la edición de Poesía. 1979-1987, publicada en 1992, es paradigmático en ese sentido: «La poesía de Felipe Benítez busca casi siempre como paisaje propio el tema de la vida, el paso del tiempo, la juventud. Se trata de un vitalismo nostálgico que se identifica y se enreda con los afanes del mismo hecho poético, conjuntándose con él», como también lo es el detallado análisis que realiza de Las identidades en el volumen colectivo Felipe Benítez Reyes, la literatura como caleidoscopio a cargo de José Jurado Morales, en el que escribe: «He tenido la suerte de conocer de cerca durante más de tres décadas su lealtad a la poesía y su deseo de ordenar desde una conciencia coherente los vertiginoso accidentes de la vida. Como nos falla la memoria, el futuro se parece cada vez más al esfuerzo por dar con ese verso que nos gusta y que no recordamos bien». Benítez Reyes no se queda a la zaga. Comenta el poema «Fotografías veladas en la lluvia» del libro Habitaciones separadas, en el que resalta «la vehemencia del pasado y la imprecisión del pasado, la reflexión como método de conocimiento y a la vez el extrañamiento, la realidad, en definitiva, que conduce a la irrealidad: “la leyenda arruinada del nosotros más puro”» y hace lo propio al trazar una cariñosa semblanza junto con un concienzudo análisis poético en el libro El romántico ilustrado. (Imágenes de Luis García Montero) en el que escribe: «La poesía de García Montero suscita complicidades no por que las haya buscado él, sino porque los demás las hemos encontrado».

     En definitiva, para elaborar Amistad a lo largo ha sido necesario desempolvar viejos recuerdos en forma de poemas públicos y privados, de cartas, de críticas literarias, de fotografías, de retratos reales y ficticios que forman parte de una identidad que se ha ido construyendo a la par que se consolidaba una amistad personal y una complicidad estética difícilmente repetibles. Editar un libro así, tan entrañable como cuidado (no podía ser de otra forma, estando como está en las manos de Juan Vida y de la Fundación Huerta de san Antonio), es el mejor homenaje que se pude tributar a esa amistad.

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