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JAVIER LORENZO CANDEL. APÁRTATE DEL SOL. EDITORIAL ISLA DE SILTOLÁ, 2018

La voz que habla en Apártate del sol parece resonar de forma más diáfana entre los espacios abiertos de la antigüedad que entre los lugares asfixiantes de la actualidad. Da la impresión de que Javier Lorenzo Candel extrae toda una ética del modo de conocer las cosas que nos enseñó la tradición grecolatina, aquella que, remontándonos a Demócrito, defendía que la porción de felicidad que le está dada disfrutar al ser humano proviene de una estrecha dependencia de la materia y se halla mas dentro de nosotros mismos que fuera pues los sentidos no logran prestarnos un conocimiento minucioso y abarcador de las cosas. Acaso por eso ya desde el primer poema del libro se emprende la crítica a la banalidad de la moral contemporánea y a la creciente trivialización de la sociedad: «Nuestra obra maestra es tu vida privada», escribe como si el Gran Hermano estuviera vigilándonos. Esa mirada comprensiva hacia la antigüedad se aprecia no solo en los temas tratados: la mesura, el honor o la austeridad, sino en el modo de enfocarlos poéticamente, un modo en el que el didactismo —muy presente también en la poesía renacentista española— tiene una finalidad primordial: «Recuerda cuando ansiabas la luz entre las sombras, / Cuando era el dolor la noche entera, / Rememora la lágrima que quedó conquistada / De tanto recibirla. Busca el que fuiste, atiende / Al pobre ciudadano que mendigaba pan / Por las esquinas, sed que no fuiste a saciar / Por no saber llegar al lugar de las fuentes. / Y búscate pensando que tu ganancia trae / También lo que perdiste. Y sé los dos a un tiempo / Para que nada falte». Evidentemente, en este análisis sobre algunos de los males que nos aquejan, entre ellos la vanidad o el egoísmo, no podía faltar esa indagación en el propio yo que enlaza, cómo no, con la tradición socrática. La naturaleza nos priva de vernos a nosotros mismos tal y como somos por eso resulta lícito dudar de quiénes somos o cuestionar cómo nos ven los demás, de igual modo que nos interrogamos sobre lo que nos rodea: «Qué gran distancia / Entre el saber y el ignorarlo todo» escribe Lorenzo Candel en uno de los últimos poemas. La mirada del poeta descubre un mundo casi mítico en el que la tarea del hombre es colosal. Prevalece un deseo de eternidad que se sustenta en aspectos como el bien y la belleza (Son estas «virtudes» guías de sus actos, hasta el punto de que confieren autenticidad a la propia vida, vida que se afirma en una lucha continua en la que la voluntad se impone a las pasiones), como vemos en estos versos: «Una prudencia esclava de la moral, asuntos / Que todavía protejo como dogmas de fe, / Mis posesiones, todas, seas estas de espíritu / O materiales, eso que defiendo sin ánimo / Incluso cuando sé que su defensa es tiempo / Perdido para siempre».

   Los poemas de Lorenzo Candel están escritos con una precisión verbal digna de resaltar, pero es que, además, su prosodia nos arrastra, apenas sin percibirlo, hacia un tensión moralizante que penetra en el lector como una aguja hipodérmica, de una forma tan súbita que casi no se siente. Nuestro autor ha conseguido un elevado grado de densidad significativa —las sugerencias son innumerables y las asociaciones, sobre todo de carácter histórico y filosófico, nos ilustran suficientemente sobre la pretensión transcendentalista de Lorenzo Candel— utilizando palabras propias del lenguaje ordinario, eso sí, liberándolas de lo previsible y cocinándolas con un ingrediente esencialmente poético, la ambigüedad propia de una simbología íntima: «Yo, que no sabría decir por qué ni cuando, / Celebro el mundo abierto a la mañana, / Pues la naturaleza, sin saber de qué modo, / Ha despertado en mí la condición de instinto, / De animal en otoño que trata de poner / a cubierto este tiempo que engrandece el paisaje, / Pero también su sombra. Y excitado me observo / Disfrutar de este claro y preparar la huida». «Apártate, que me tapas el sol», contestó Diógenes el cínico a Alejandro Magno cuando éste se mostró dispuesto a concederle un deseo. El deprecio a las cosas materiales que subyace en tal respuesta es el eje también de este libro. Los poemas que lo integran esconden una lección moral poco habitual en los tiempos en los que vivimos, pero los versos no invitan a prohibición alguna, más bien, fluyen desde una premisa que el poeta expone hasta una conclusión que queda en las manos del lector, porque aquello que se pretende decir variará en función de las sugerencias que despierte en cada lector. Apártate del sol contiene una poesía intemporal que, sin embargo, bebe de la cotidianidad, acaso porque «No hay nada como el ritmo de la vida doméstica».

Reseña publicada en el suplemento cultural Sutileza de El Diario Montañés, 22/06/2018

 

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