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AITOR FRANCOS. CAMAS. COL. AFORISMOS. EDITORIAL TREA, 2018

Desde que comenzara a publicar, allá por el año 2011, Aitor Francos (Bilbao, 1986) no se ha concedido una tregua. Prácticamente cada año publica un nuevo libro, sea este de poesía, de haikus y de aforismos (no incluyo aquí ediciones como Las aguas tranquilas. Ocho poetas vascos actuales. Renacimiento, 2017). Desde Igloo (2011) hasta Camas (2018) se han sucedido títulos como Un lugar en el que nunca he escrito (2013), Ahora el que se va soy yo (2014), Las dimensiones del teatro (2015), Fuera de plano (2015), Filatelia (2017), Aforo completo, recién publicado por la editorial Prames en su colección Los tres sorores y Las gafas de Pessoa, que también acaba de aparecer en la editorial Vandalia. Como podemos comprobar, la actividad editorial de Francos —ejerce además la crítica literaria— es realmente apabullante y, sin duda, admirable porque en todos los géneros ha logrado un enorme reconocimiento así como importantes galardones.

Camas, el libro que hoy comentamos, es, además de todo lo dicho, un libro diferente. Está encuadrado en la colección de Aforismos de la editorial Trea, pero no cumple estrictamente con algunas de las premisas del género, como la brevedad y la contundencia. Es cierto que hay fragmentos que cumplen a rajatabla las premisas citadas, como, por ejemplo estos: «Pensar en un cuerpo es corregir una geometría pactada»; «Un hombre que espera es un hombre que está perdiendo un lugar»; «Lo real no respeta lo verdadero, lo supera» o «(Sobre la escritura). Cómo oscurecer más lo que no veo», dignos, además, de integrar la más exigente antología del género, pero el resto de los fragmentos son de difícil clasificación. Aitor Francos ha sabido conciliar varios géneros para construir un escenario panóptico que permita al autor, desde un privilegiado punto de vista, controlar todo lo que sucede. Hasta ahí, nada nos resulta especialmente llamativo. Lo que sí nos deslumbra es la capacidad de alterar el fluir narrativo de una historia que se enrosca como una serpiente, que se lía y deslía como una comedia de situación o que se enmaraña como un drama romántico. Ese punto de vista del que hablaba se desplaza al antojo de Francos. Así, unas veces observa la cama (objeto sobre el que gira la trama, la representación) como un mero objeto cotidiano (nos viene a la memoria la lata de sardinas convertida en cama del artista francés Franck Scurti), otras da detalles sobre su transformación en campo de juegos eróticos, en lugar de descanso. Incluso en lecho mortuorio: «La cama como esas moscas que trazan figuras geométricas a toda velocidad en torno a una bombilla, fabricando una tela invisible, embutiendo un trazo en otro, formas básicas, puras representaciones mentales. Tal vez fuese un gran poema, y no una red; un poema cuya función es estar vivo, y dar vida, mantenerla, garantizarla». Otras veces, son las diferentes variaciones del escenario los que suscitan el análisis: «El escenario no solo creará un mundo particular sino que además ha de ser el reflejo de la preexistencia de otros» y no podían falta, claro es, los personajes protagonistas, él y ella, dos amantes, pero «Todos los personajes, si al final hubiera más de dos, estarán simultáneamente en la escena; algunos en una penumbra moderada, atendiendo discretamente a la acción principal, prácticamente inmóviles, o incluso en minúsculos pedestales, sin intervenir pero obstaculizando el transcurso normal de la función».

   Si seguimos al pie de la letra las sucesiva sugerencias que se van desgranado en el texto nos encontraríamos, sin embargo, en una especie de callejón sin salida, porque muchas de las indicaciones responden no a un coherente sistema de trabajo sino a las fluctuaciones emocionales de quien hace las veces de guionista, de director, de espectador, incluso de productor artístico (leyendo Camas me ha venido también a la memoria la película Epílogo, de Gonzalo Suárez). Sin embargo, por debajo de este poderoso y, a la vez, confuso, recurso expresivo subyace una propuesta literaria que se adentra en alguno de los más profundos conflictos del ser humano.: la incomunicación, el desconocimiento del yo y del otro, los trastornos afectivos (me parece que leer el libro con una lente junguiana no estaría fuera de lugar, como el hecho de recurrir a Foulcualt para entender ciertas formulaciones). El poeta que es Aitor Francos ha dado un salto sin red, algo que dice mucho en su favor, porque, en lugar de limitarse a repetir formas habituales que, por otra parte, le han granjeado un éxito notable, se ha arriesgado a escribir un libro complejo que, lamentablemente, no será bien entendido por todos los lectores.

 

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