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EMILIO AMOR. EL TRÁNSITO Y LA HERIDA. BAJAMAR EDITORES, 2018

Todo tránsito, toda travesía deja, inevitablemente, heridas. Unas cicatrizan con el paso del tiempo pero otras permanecen abiertas y de ellas supuran tanto la bilis creciente del desasosiego interior como la paz del satisfecho. Cuánto de uno y de otro hay en este libro lo iremos viendo a medida que avancemos en su lectura.

     Emilio Amor es un autor bregado en las lides de la poesía desde hace cuarenta años. Su primer libro, Cuaderno de bitácora, data de 1981. Desde entonces, siguiendo solo los impulsos de la necesidad, ha publicado otros seis libros de poemas, si incluimos este El tránsito y la herida. No es un bagaje muy amplio para tan larga vida creativa, pero, como adelantábamos, esto es propio de quien escribe no siguiendo el vaivén de modas más o menos pasajeras, sino al dictado de su conciencia.

     Cuatro son las secciones en las que está divido este extenso libro: «Esplendor», «La noche rota», «Alarido» y «Hallucinations», integradas cada una de ellas por dieciséis poemas, generalmente breves.

     A pesar del título, la primera sección no es esencialmente hímnica, más parece todo lo contrario. Hay una ambiente de desolación en todos los poemas, un tono de melancólica resignación ante la inevitabilidad del paso del tiempo y sus consecuencias, aunque en el modo de reflejar estas reflexiones Emilio Amor se aparté del lenguaje directo y enunciativo. Amor merodea alrededor de la experiencia y nos da una serie de pistas no siempre diáfanas que generalmente incitan al lector a ir un poco más allá del significado estricto: «Vierto lágrimas de aceite / en la noche vencida, / palabras que pronuncio / sobre el fuego y los metales. // El rayo atávico que nos insta / a recoger la cosecha. / / La vida nos enseña / el crepitar del vidrio en la penumbra». Algunos versos poseen un carácter casi visionario —la influencia en la dicción de Rimbaud y otros poetas de estirpe simbolista resulta palpable— propiciado por una secuencia asociativa de imágenes irracionales, como las del poema «Manifiesto», incluido en la segunda sección: «Yo viví la fragilidad del mar / y fui cartílago en la rosa, / sin la apremiante soledad de los escualos» u otra como esta: «Los ánades confiscan en mis úlceras / toda vida anterior al bandidaje / y los vencejos de la crucifixión / se ceban con el plasma de mis venas». Está claro que el poeta necesita analizar la realidad desde una atalaya interior porque, como escribe en un verso, «Si miro al exterior la realidad me enferma». Es preciso rebelarse contra esa serie de circunstancias, a menudo impuestas, que llamamos realidad. Cada insatisfacción provoca una reacción y, a menudo, una acción encaminada a contrarrestarla. Emilio Amor ha encontrado en el amor y el deseo su personal manera de afrontar este reto, aunque, como adelantábamos, el riesgo de fracasar es enorme: «Pasé mi juventud / como el halcón que vuela en la corriente, / de puente en puente, de un amor a otro».

     El tránsito y la herida finaliza con la sección «Hallucinations». Los poemas que la integran se enlazan con innumerables referencias culturales: pictóricas, literarias, geográficas o históricas. Son los motivos personales de Emilio Amor los que consiguen unificar y dar sentido a esta amalgama culturalista y alucinada (amalgama que, solo muy de soslayo, guarda alguna relación con el concepto de alucinación de José Hierro), poblada además de animales, muchos de ellos domésticos. El lector ha de aportar ese plus de intuición para desentrañar las claves de estos poemas, y ha de hacerlo con pasión y honestidad porque. Como el mismo Amor escribe, no ha de tener «miedo a los significados. // Si caes rendido al final de la noche, / deja volar a la paloma herida».

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