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JORDI DOCE. LIBRO DE LOS OTROS. EDITORIAL TREA, 2018

Si nos inclinamos a considerar Libro de los otros como una antología —y, en sentido estricto lo es— podemos sufrir alguna decepción, porque, tal y como concebimos este término en los últimos tiempos, la selección de autores que ha realizado Jordi Doce (Gijón, 1967) no se atiene a sus reglas más ortodoxas. Los autores no se agrupan en torno de un periodo de tiempo concreto ni presentan características comunes, ni siquiera pertenecen a un ámbito territorial homogéneo. El único —pero de gran relevancia— nexo común es la lengua, el inglés. Prácticamente todos los autores seleccionados escriben en dicho idioma y, en el caso de que no lo hagan, Doce ha traducido al castellano esos poemas desde su versión inglesa (es el caso, por ejemplo, de Bei Dao). Estamos hablando, por tanto, de una antología atípica que se construye a partir de los gustos literarios del antólogo y que se ha ido configurando casi de forma arbitraria con el paso del tiempo. Por supuesto, adjetivarla de arbitraria no es en absoluto peyorativo. Me refiero al hecho de que, en varias ocasiones, ha sido el azar el que ha puesto ante los ojos de Jordi Doce a determinado autor, determinado poema. Prevalece, por tanto, el gusto y el afán de desc8brimiento del autor por encima de cualquier otro criterio. Esto es lo que hace de Libro de los otros un libro diferente y extremadamente sugerente. Los gustos de Jordi Doce no se reducen a una estética determinada ni a un periodo concreto, antes al contrario, prevalece el eclepticismo, porque Jordi Doce acostumbra encontrar perlas también en las guas revueltas de los mares menos frecuentados: «A lo largo de los años —escribe Doce en el prefacio—he ido reuniendo un puñado de traducciones de poesía realizadas al calor de ciertas lecturas y ciertos descubrimientos […] la idea de presentarlas con sus propios créditos o “notas de funda” se me ocurrió de forma natural, conforme el ritmo de publicación de mi blog Perros en la playa se iba animando». Esos créditos a los que Jordi se refiere no son otra coas que los jugosos comentarios que acompañan a cada poema, unos comentarios de carácter general, biográficos, históricos y, por supuesto, poéticos, pero siempre realizados desde un punto de vista lateral que mezcla la erudición con lo anecdótico y un contenido sentido del humor (¿británico?) de manera notable. Veamos, por ejemplo, este comentario a propósito de un ensayo de Robert Bly: «… Aunque partía de un comentario más o menos grosero —¿es que no hay emoción y energía a flor de piel en La tierra baldía o Cuatro Cuartetos?—, la idea original no era mala, pero Bly se hizo un lío al invocar en su ayuda el ejemplo de poetas tan dispares como Rilke, Machado, Vallejo, Neruda, Juan Ramón o Tranströmer».

     Son casi cien poetas los que han reunido Doce en este libro. Ordenados por orden alfabético —un método tan válido como el cronológico, por ejemplo—. Conviven, según lo dicho, poetas de diferentes épocas, pero el grueso de los seleccionados pertenece al siglo XX. El primero de los seleccionados es Simon Armitage (1963). Le siguen Ashbery (1927-2017) y Auden (1907-1973). En medio, poetas como John Burnside, Leonard Cohen —de quien se recoge una de las selecciones más amplias— Eliot, Louise Glück, Donald Hall, Heaney, Hughes, Pound, Reznikoff, Simic, Strand, para poner punto final con W.B. Yeats. Algunos de estos poetas, como queda de manifiesto, han sido objeto de ediciones individuales por parte de Doce, por tanto, los conoce de forma exhaustiva. Otros, sin embargo, como decíamos al comienzo de estas líneas, le han salido al paso, pero en todos ellos sus cometarios no tiene desperdicio: «Conozco mal y poco la poesía de Hewitt, maestro confeso de no pocos escritores norirlandeses, pero estos versos (de refiere a los del poema «Sustancia y sombra») en concreto son emblemáticos del afán de control de la traducción británica, de su negativa a convertir la escritura en un ejercicio exhibicionista o confesional».
He disfrutado mucho de la lectura de este libro por varias razones, la primera de ellas se refiere a la nómina de los poetas. De muchos de ellos desconocía su existencia y algunos han representado toda una sorpresa, como Penelope Shuttle o el mismo John Hewitt, que me ha animado a ahondar más en el conocimiento de su poesía. El segundo de los motivos que me han hecho disfrutar de Libro de los otros han sido esos jugosos comentarios a los que he aludido en varias ocasiones. Jordi Doce demuestra su inteligencia y su erudición sin molestos exhibicionismos (la convivencia con el mundo británico tal ve ha añadido a su natural humildad algún porcentaje extra), por eso el lector, presumo, no las esquivará, como suele hacer con las notas a pie de página. «Dos nociones, en fin —escribe Doce— han gravitado sobre la escritura de estas páginas: por un lado, el carácter de aprendizaje que ha supuesto para mí como traductor y como anglicista no profesional; por otro, la certeza de que la necesidad —la exigencia— de crear poemas de pleno derecho en nuestro idioma no hace sino devolvernos con más intensidad el llamado texto original, cuya fuerza crece en relación proporcional con su capacidad para generar nuevas lecturas». No puedo estar más que de acuerdo. Libro de los otros es un libro plagado de poemas que invitan —ya lo he dicho antes— a indagar, a conocer más poemas, a leer una y otra vez porque dentro de este libro habitan muchos otros libros que están por descubrir.

 

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