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CARMEN CANET. LUCIÉRNAGAS. AFORISMOS. EDITORIAL RENACIMIENTO. 2018*

Qué el género aforístico goza de buena salud, nadie puede negarlo. A juzgar por el empeño que ponen algunas editoriales —Cuadernos del Vigía, Renacimiento, Trea o La isla de Siltolá, especialmente— en publicarlos, no nos cabe duda de que son muchos los lectores que degustan este género fragmentario y asistemático, quizá el más adecuado para una sociedad en constante mutación, cuyos referentes culturales, políticos o religiosos son puestos en solfa diariamente o ridiculizados por mor de sus censurables conductas. El aforista no necesita redactar sesudos tratados para analizar la realidad. Unas pocas líneas, el bosquejo de algo, una idea volandera —«Los pensamientos y las ideas al vuelo cuando se atrapan, dejan de volar y se colocan a ras del papel, aterrizan. Si son buenos, pueden despegar de nuevo», escribe Canet— son suficientes para provocar la reflexión y/o la crítica, aunque en muchos casos el estilo ensayístico oriente al pensamiento ala hora de escribirlo, y es que para escribir aforismos es necesario, entre otras muchas cosas, poseer un temperamento especulativo capaz de captar los retos intelectuales que plantea la existencia. Carmen Canet (Almería, 1955) se ajusta como un guante a esas características que hemos enumerado hasta el momento. En 2016 publicó Malabarismos y con él se ganó el título de aforista. El pasado año compiló los aforismos dispersos en los libros de poemas de Luis García Montero y fue incluida en algunas de las antologías más importantes del género, como Concisos y Bajo el signo de Atenea. Con Luciérnagas, el libro objeto de estas líneas, Canet alcanza un dominio expresivo y una hondura de pensamiento realmente admirables, algo que no puede surgir de forma azarosa, sino gracias a una tensión interna de alto voltaje en la que la ambivalencia de la intuición y la lógica comparten porcentajes similares. La evolución ha sido rápida a la vez que consistente. Ignoro desde que atalaya se puede contemplar la realidad para desentrañarla con tanta agudeza, desconozco también en dónde se haya la grieta que permite a Carmen Canet echar una mirada hacia sus adentros para indagar en su identidad, aunque eso, acaso, carezca de importancia. El resultado se manifiesta en una diversidad de registros encomiable de los que dan fe las diferentes secciones del libro. «Los aforismos —escribe Canet en el prólogo— deben tener una dosis necesaria para dialogar, ser esos instantes terapéuticos de carga amarga, elegante, irónica y comprometida, con los que te sientes muchas veces identificado porque dicen muchas verdades, que no te preguntan ni responden, que ofrecen pensamientos y sentimientos, y que muchas veces ofrecen bienestar». Más que bienestar, en muchos casos, los aforismos lo que hacen es incomodar, dejar al aire contradicciones y carencias tanto personales como ajenas, denunciar el adocenamiento mental, punzar conciencias («Nada intranquiliza más que cuando alguien dice: “yo es que tengo la conciencia muy tranquila”»), porque, como escribe Canet, «Los aforistas son como mineros, extraen los metales nobles de la vida».

     Luciérnagas está divido en cuatro “Entornos”. El primero lleva el título de «Pasajes de vida» y bien podrá englobar a los restantes. Los ojos con los que mira Canet la vida no están empañados por el rencor ni por la melancolía. Son los ojos escrutadores, atentos, de quien ha vivido mucho, por eso observan con condescendencia —lo que no impide el tono crítico— : «A cierta edad ya se siente, se resiente y se consiente más en todo». Aunque, generalmente, la pasión amorosa no es más que un soliloquio, los aforismos de la segunda parte, «Paseos con amor», buscan la complicidad de un tú que parece vivir en el recuerdo. Más sentenciosos, si cabe, que los anteriores, encontramos aquí algunos verdaderamente memorables:, como estos: «Cuando la piel está bien acariciada, tiene eco», «Hasta los corazones con musgo tienen verde la esperanza».

   El ingenio y el humor —aspectos, bien equilibrados, imprescindibles en el aforismo— también tienen cabida en este libro. «Pasos cortos» recoge un buen puñado de aforismos que abundan en lo circunstancial más que en lo imperecedero. El lenguaje aquí no busca reinventarse. Los mensajes son mucho más directos, aunque no por eso el lector debe leerlos sin releerlos. Si así lo hiciera se perdería el doble sentido —como mínimo— que poseen. Veamos algunos ejemplos: «¡Qué fantástica es la realidad!» o «Hay retratos que nos retratan». En estas sección está, por otra parte, la mejor definición de aforismo de todo el libro: «El aforismo es un diminutivo aumentativo».

     «Paisajes con arte» es la sección que cierra Luciérnagas. Las dianas de sus dardos son ahora la literatura, el arte, la fotografía, la propia escritura y los aledaños ce esta, llámense críticos o editores. Al no existir un yo unitario dominante, las ideas se expanden buscando un idéntico objetivo: levantar la alfombra de la realidad para airear sus miserias, sin dogmatismos, con esa intuición a flor de piel que posee Carmen Canet para asombrarnos.

*Reseña publicada en el suplemento Sotileza del El Diario Montañés el 1 de junio de 2018

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