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CARLOS IGLESIAS DÍEZ. PÁJARO HERIDO. BAJAMAR EDITORES, 2018

Seis años han pasado desde la publicación del primer y único libro de Carlos Iglesias (Oviedo, 1983). Aquel libro, El niño de arena, supuso un agradable descubrimiento porque los poemas que lo integraban, a pesar de transparentar las lógicas influencias propias de un poeta en ciernes, dejaban claro que poseían una ambición más sólida. La voz de Iglesias que comenzaba entonces a perfilarse, sin renunciar al magisterio de ciertos autores vinculados a la poesía de los cincuenta y a la poesía de la experiencia, anunciaba un deseo de reflexionar sobre la realidad más allá de lo meramente anecdótico, volviendo los ojos a la tradición aurea, pero actualizándola desde la visión de un joven actual. Pájaro herido, su reciente entrega, confirma esta sospecha. Uno no tiene más que detenerse en las citas que preceden a los poemas para darse cuenta de que los intereses lectores de Carlos Iglesias han tomado otros derroteros. Por su estructura el libro parece un cancionero de amor unas veces y se aproxima a la estrofa del haiku otras, Pájaro herido es un libro compacto, aunque excesivamente breve, más aún si tenemos en cuenta que han pasado seis años desde la publicación del anterior, por eso he de reconocer que me ha sabido a poco, algo que, por otras parte, dice mucho sobre la capacidad de autoanálisis del propio poeta y sobre su exigencia estética. Hay, además, mucha y buena poesía en estos pocos poemas, poesía amorosa, sensorial, erótica incluso, todo ello bajo la advocación del un astro tutelar, la Luna, así, con mayúsculas, como prefiere el autor escribirlo, un astro que parece ser el vigía de la educación sentimental del autor.

     El tú que fluctúa entre la devoción y la añoranza es celebrado con una entrega apasionada —ecos de la lírica provenzal parecen oírse en algunas estrofas— que crece sin desmayo. Todo parece girar en torno de la persona amada. El mundo no parece tener sentido sin ella, aunque al final del libro se vislumbra ya la sombra del desencanto, como en el poema titulado «Polaroids», uno de los más narrativos del libro: «Tú: señal de labios en un vaso, / un silencio de zapatillas blancas. // tú: una hoja entre las páginas de un libro, / un pañuelo de papel arrugado. // Tú: azul iluminando la caverna, / un llanto en la oscuridad. // Tú: un mensaje en el contestador, / compases musicales apenas esbozados. // Tú: borrador de un poema, / del Poema. // Tú». La mayoría de los poemas se limita a sugerir más que a describir —algo, por otra parte, propio de la más popular de las estrofas japonesas—, de tal forma que es el lector quien debe aportar su granito de arena para dar un sentido al poema. Como escribe Guillermo Fernández Ortiz en el epílogo a Pájaro herido «Carlos Iglesias no nos detalla nada con profusión, todo ha de ser intuido; nos hace sus cómplices con una prudencia digna de elogio; crea y recrea la atmósfera de sus textos con el mínimo número de palabras». Palabras con plomo que lastran el vuelo de este pájaro herido.

     Carlos Iglesias huye del confesionalismo más escrupuloso porque no se rebaja a glosar lo anecdótico, sin embargo, sus poemas dejan suficientes pistas como para presumir que el pájaro herido sanará y remontará el vuelo. Poemas futuros, que espero no se hagan de rogar tanto, nos mostrarán a un pájaro en pleno vuelo, con la vista puesta en otros horizontes.

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