TRINIDAD GAN. EL TIEMPO ES UN LEÓN DE MONTAÑA. XX PREMIO DE POESÍA GENERACIÓN DEL 27. EDITORIAL VISOR

Todo viaje comporta unos riesgos y más aún cuando se trata de viajar a través del pasado porque el tiempo es una fiera que vigila nuestros pasos, está siempre al acecho, el tiempo es un «animal nocturno / que sigue inexorable buscando su destino», el tiempo, como dice el sugerente título de este libro, es «un león de montaña». Trinidad Gan (Granada, 1960) es una autora diligente y precavida que construye sus libros con lentitud y rigor, tanto reflexivo como formal, por eso solo ha publicado cinco libros —si incluimos “El tiempo es un león de montaña”— en su dilatada trayectoria. Comenzó esta a una edad algo tardía, con la «plaquette» Las señas del pirata (1999), posteriormente ha publicado Fin de fuga (2008), Caja de fotos (2009) y Papel ceniza (2014).

     El volumen que ahora nos ocupa está dividido en tres secciones: «Noticia del león en las ciudades», en la que se advierte una toma de conciencia social autoinculpatoria y un creciente sentido de la fraternidad, por ejemplo, en el poema titulado «Testigo de cargo» o «Un niño en Gaza» metapoesía —siempre presente en los libros de Trinidad Gan— como en el poema «Perspectivas», que comienza con estos versos: «A veces el poema es un espejo / y su fondo delata» o en el titulado «Caza nocturna», acaso con un alcance más didáctico, porque en sus versos desliza toda una teoría poética, sustentada no en el oropel de lo superficial, sino el la silenciosa llamada interior, ese que se siente como «un zarpazo, un golpe oscuro». En alguno otros, como en «Imagine All», se combinan la denuncia social y la reflexión metapoética.

     «Reflejos en un ojo felino», la segunda sección, está compuesta por haikus y tankas. La forma no condiciona, en este caso, el argumento que da origen al poema. Las mismas preocupaciones temporales y metapoéticas dan cuerpo a estas formas breves. El poema se concibe como un artefacto —«artefacto verbal» lo llamó Octavio Paz— capaz de ralentizar el tiempo y «la palabra es guarida / para quien caza el tiempo», pero el poema es también un espejo en el que mirarnos, en el que leer la cara oculta de la realidad: «¿Cómo escribir —se pregunta— / sobre el revés visible / de lo ya dicho?». Lo dicho debe ser puesto en duda por un acto de comprensión más abarcador, más total. La poesía no es solo una acumulación de palabras más o menos sonoras y efectistas, más bien significa todo lo contrario, su objetivo es llegar, a través de un lenguaje sencillo, a despertar la parte dormida de la conciencia. Eso es lo que distingue a un mero versificador de un buen poeta. Trinidad Gan nos brinda, en este sentido, una lección ejemplificadora al utilizar una receta como la del haiku, tan saturada por charlatanes poéticos en los últimos años, con una intensidad renovada, más cercana a la inquietud cotidiana de una persona común que a los melifluos estados contemplativos de los falsos estilitas.

     Gan anunciaba en la segunda sección que la fiera habitaba dentro ella, quizá esta sea la razón de que la última parte del libro se titule «Dentro de mí, la fiera». La fiera es un parásito, se nutre, como una tenia, de bilis y sangre, comparte hábitos y costumbres, frustraciones y deseos con quien le da vida, «se desliza, / como un gato feliz, bajo mis dedos». La fiera, el león, es el tiempo, «un animal salvaje, / un depredador de emboscada certera» que no necesita precipitarse porque la presa caerá entre sus garras tarde o temprano.

   El viaje por la carretera 50 con el que se inició El tiempo es un león de montaña parece haber llegado a su fin. Desde la ventanilla del vehículo se contemplan lo solitarios cipreses de las áreas de descanso vacías, un paisaje de olivos infinito o los jaramagos amarillos del arcén. Desde la ventanilla se observa uno a sí mismo y percibe el inexorable paso del tiempo. El viaje, como se preveía, termina donde empezó, en la estación de la memoria y esta, a su vez, derrama sus dones en el blanco de la página, aunque, y Trinidad Gan es consciente de ello, las palabras forman un muro de contención excesivamente endeble para contener la corriente del tiempo. Las palabras del poema son, es verdad, una caritativa compensación —más aún cuando, como es el caso, consiguen trasmitirnos la emoción y el desasosiego, la solidaridad y la esperanza— y están escritas con evanescente tinta, por eso no evitará que el poeta se sienta arropado por ellas mientras las escribe, aunque sea consciente de el cobijo que prestan es frágil y transitorio, como los momentos felices, como el ser humano.

  • Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés, el 25/05/2018
Anuncios