CLEOFÉ

CLEOFÉ CAMPUZANO MARCO. EL OCHO DE LAS ABEJAS. COLECCIÓN POESÍA. EDITORIAL DEVENIR

No siempre la línea estética que traza un primer libro condiciona la obra futura. Es un hecho que no entramos a juzgar, pero ejemplos abundan en el fanal de la literatura. También ocurre con frecuencia que, con el paso del tiempo, el autor emprende otro camino y de desentiende de lo que fueron sus primeras tentativas. Desde Juan Ramón a, pongamos por caso, Gimferrer, muchos han sido los autores que se han desvinculado de sus primeras obras, a las que persiguen y/o hacen desaparecer de sus respectivos currículums. Digo esto para resaltar que publicar un primer libro es un ejercicio arriesgado que conviene haber preparado convenientemente (algo que hoy, lamentablemente, ocurre con menos frecuencia), y este es, sin lugar a dudas, el caso de Cleofé Campuzano (Murcia, 1986), una poeta que ha sabido esperar el momento oportuno para darnos a conocer su primera obra, El ocho de las abejas, un título que nos remite a la laboriosidad y al orden, al encadenamiento geométrico de los panales de la colmena, a la fuerza de un destino del que resulta imposible desembarazarse porque nos viene impuesto desde que nacemos. Recordemos que el Segismundo calderoniano afirmaba que «el delito mayor del hombre es haber nacido». Según esto, el ser humano nace con una finalidad predeterminada, como las abejas, pero nosotros sabemos que el poder de su voluntad puede cambiar ese destino. El ocho de las abejas indaga sobre esta posibilidad. En el prólogo, José Luis Zerón dice que este libro «nos habla, sobre todo, del ser humano, del aprendizaje experiencial al que está condenado desde que nace hasta que muere, de su sed de sabiduría e independencia nunca saciada, de su contradictoria presencia en un mundo que lo acoge y lo rechaza, de su capacidad para sobrevivir creando cómodos refugios materiales y metafísicos, cultivando certidumbres y abriendo senderos marcados y seguros contra el destino inescrutable». Pero, ¿cómo consigue Cleofé Campuzano solventar el desafío que se ha autoimpuesto? Pues a través del lenguaje, un lenguaje muy cuidado, acaso porque este sea el único territorio que goza de cierta neutralidad en tanto que los poemas serán leídos por lectores soberanos, no sujetos a un discurso establecido. Por otra parte, las herramientas del lenguaje permiten a la autora abordar su particular revolución desde aquellos presupuestos que mejor concilien intenciones y fuerza. Así, los elementos irracionales o el uso, aparentemente arbitrario, de la puntuación contribuyen a crear una atmósfera de misterio, casi cabalística en algunos casos, que refuerza la idea de que el ser humano debe actuar con libertad y forjar su destino: «Ven hacia mí, pensamiento salvaje», escribe en el primer poema del libro, como avisándonos de los derroteros que va a tomar esta exploración interior. No puede extrañarnos, sin embargo, que este propósito del que hablé más arriba, sufra altibajos: «Pero ser alguien como soy —escribe Cleofé—, dolida solo por haber nacido, / me impedirá ser alguien libre». Evidentemente, el mero hecho de reflexionar sobre ello otorga a quien lo hace una porción de libertad que alcanzará su grado máximo cuando el pensamiento se transforme en acción. Nuestra poeta lo poetiza desde la oscura trama de su incertidumbre: «El alumbramiento de lo difícil / supone abatir los principios, / suprimir la introducción a los filtros, / saltar desde el no saber cómo decir, / cómo editar lo socorrido de las causas». Ciertamente, la poesía de Cleofé no es una poesía fácil —ni tiene por qué serlo—, pero de lo que sí estoy seguro es de que es poesía, honda y esencial vivencia poética que busca en la complicidad del lenguaje la mejor forma de construir un destino.

 

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