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SANDRA SÁNCHEZ. UNA MANZANA EN LA NEVERA. EDITORIAL PIEDICIONES, 2017

A través de el desenfadado título, Una manzana en la nevera, se pueden intuir algunas de las claves de este libro: la manzana del pecado no es ya una fruta madura y atrayente, sino un alimento congelado a la espera de que mejoren las condiciones y se pueda disfrutar de nuevo de su sabor original. Por otra parte, la pasión contenida que dicho título sugiere, aunque trascendental, no es el único tema que recorre el libro porque Sandra Sánchez renueva con su voz los temas de siempre, el paso del tiempo, la fragilidad de la memoria, las consecuencias del olvido, las transformaciones interiores que la travesía vital ocasiona, la consolidación de la propia identidad a través de la mirada ajena… «Una de las características más personales de este libro [es] el problema de la identidad», escribe Pablo Malmierca en el prólogo. Podríamos preguntarnos entonces qué aporta un libro como Una manzana en la nevera, esa manzana prohibida, tentadora que se ha puesto fuera del alcance de la mano invasiva. Desde mi punto de vista aporta una frescura que logra mantener el equilibrio entre la autocrítica y la condescendencia, entre la sátira y la indulgencia. La aparente falta de prejuicios con la que están expuestos estos conflictos y el uso de la ironía, que le resta gravedad a lo que otros convierten en herméticas disquisiciones ontológicas, presenta una imagen solo en la superficie carente de trascendencia, a lo que contribuye una humildad compositiva que debería servir de ejemplo a muchos poetas jóvenes: «Escribo versos malos, ni siquiera / tiene arte ni métrica correcta. / Luego pienso que son míos y es cuando los quiero, / como quieren las madres a sus hijos / aunque les salgan feos». No cabe duda de que detrás de esta reflexión simuladamente banal se esconde toda una poética. Sandra Sánchez es consciente de que sus versos no son perfectos formalmente, pero son parte de su vida, por eso los defiende con uñas y dientes: «Al cabo de unos pocos versos / el punto final; / como la vida misma, / que es toda ella un poema, / y nunca rima». La poesía no es para ella un divertimento. Sus poemas están hechos con su propia esencia, sus pensamientos y sus aflicciones quedan a la vista. Ella misma lo confirma en estos versos: «Al oficio compartido de escribir, / añado ahora éste de vivir /que tantas veces confundí / con otras cosas»

     Si uno tuviera que buscar referentes cercanos, el primero que le vendría a la memoria sería el del realismo más escrupuloso y, más concretamente, la poesía de Karmelo Iribarren. Por supuesto, la generación Beat está también muy presente, no en vano son precursores del Dirty Realism, pero solo de forma simbólica, como referentes del desencanto creativo, más que como modelos de conducta: «Me gusta darle tragos largos / a la sílaba tónica mezclada / con ginebra y contemplar / el diptongo de los hielos / derretirse», escribe en el poema titulado «Delirium Tremens», al que encabeza una cita de Charles Bukoxski. No cabe duda de que la analogía entre la coctelería y la poesía —también sobre el deseo— posee cierta originalidad. Paradójicamente, el mencionado poema está escrito, como el titulado «B-SIDE me», desde una voz masculina, lo que pudiera dar lugar a realizar algunas indagaciones de carácter psicoanalítico referentes a los conflictos de identidad que merecerían un análisis más detallado que el que ahora estamos poniendo en práctica.

La variedad métrica ha llevado a Sandra Sánchez a adentrarse también el haikú, reinterpretando motivos tradicionales con ingenio, como el estupendo «Harmonía»: «Cuando me miras / de esa manera, sale / el Sol en Mí». Otra de los aspectos que más llaman la atención en sus versos es el juego semántico que realiza en algunos de ellos, subvirtiendo el significado habitual, como, por ejemplo, en estos versos: «Pero si hay un sitio peligros y traicionero / es ese frágil / e inocente vaso de agua / que convive con nosotros. / Hay quien se anega en él casi a diario; / sobre todo el pesimista, / pues aunque parezca contradicción / le es más fácil ahogarse en medio vaso / a quien lo ve medio vacío». No cabe duda de que la forma de mirar y de ver de Sandra Sánchez desafía lo establecido y nos invita a pensar que bajo la superficie se esconde un mundo lleno de vida. La variedad temática a la que aludíamos inicialmente acaba concentrándose en dos temas principales, el amor —la pasión, el deseo, el desamor— y la metapoesía. Sobre ellos giran y basculan la mayoría de los poemas, aunque, como ella escribe, «Al cabo de unos versos / el punto final; / como la vida misma, / que es toda ella un poema, / nunca rima». Tal vez sea esa falta de rima vital lo que incita a la autora a escribir y a nosotros, sus lectores, a seguir leyendo.

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