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LEÓN MOLINA. MICROMICÓN. COLECCIÓN WASABI. TAKARA EDITORIAL. 2018

No está muy claro el género al que pertenecen los textos que integran Micromicón. No está claro que sean micropoemas, el subgénero al que su autor, León Molina (nacido en Cuba en 1959, aunque reside en la provincia de Albacete desde hace muchos años) los adscribe porque las similitudes con otros subgéneros como el aforismo o el haiku son demasiado evidentes, no sólo en la forma, sino temáticamente. En todo caso, la taxonomía es secundaria, lo verdaderamente importante es que, como escribe Molina, «Los textos breves, e incluso muy breves que contiene el presente libro se ofrecen ligeros de equipaje, casi desnudo, buscando la complicidad del lector y si la consigue, con ella, su fraternal entendimiento, que para eso se escribe todo poema, largo o corto». Este asunto de para quién o para qué se escribe es recurrente en la poesía —en Esperando a los pájaros del sur ha reunido toda su poesía— y en lo aforismos —Mapa de ningún sitio (2015) es su última entrega— de Molina y en este libro continúa con esa indagación.

     «No escribo cosas que querría escribir por no hacer daño a otros. ¿Esto — se pregunta— es dar mucha o poca importancia a lo que escribo?». Quien piensa que la escritura es capaz de incomodar, de importunar al posible lector está confiriéndole a ésta un poder del que, en sí misma, carece. No es el acto de escribir el que provoca reacciones, sino el mensaje que se difunde a través de la escritura. Soliviantar mentes, despertar conciencias, aburrir o distraer dependerá de la intención y de la capacidad de seducción de ese mensaje. Un texto como este revela en su primer axioma una velada autocensura. Se deprenden de ella algunas características puesta en solfa a lo largo de los siglos, como la presunta sinceridad de quien escribe y la, también presunta, exactitud de lo escrito. No corresponde ahora internarnos en estas disquisiciones teóricas, aunque sí se desprende de este somero análisis un hecho evidente, la arraigada convicción que posee León Molina de que la fuerza transformadora del lenguaje, de la escritura posee una virtud curativa, salvífica («Sin ninguna duda la poesía / me ha curado. Pero no sé de qué»). Si esto no fuera así, si esto fuera cierto no frecuentaría con tanto esmero y tenacidad esta disciplina, no podrá decir que escribe para aprender, para sobrevivir, «para aprender a sobrevivir. Para sobrevivir al aprendizaje». Cuestionar la ficcionalidad de toda escritura, incluso de la memoralística, no es habitual, todo lo contrario, se apela a esa ficcionalidad con frecuencia para evadir responsabilidades, para lavarse las manos, podríamos decir, y Molina parece estar en desacuerdo con esa interpretación, acaso por eso el poema que persigue «es aquél / que pudiera acabar un día / cubierto por el musgo». Para él «La poesía no engaña / ni puede ser engañada». Resulta un poco aventurado afirmar una cosa así, precisamente en estos momentos en los cuales muchos supuestos se sustentan en que la poesía es un vano intento de expresar lo inexpresable. León Molina, evidentemente, busca trasmitir algo más, diremos, a pie de calle, su intención es hacer partícipe al lector de la experiencia cotidiana de un hombre común, un hombre que cifra en la naturaleza parte de su identidad, pero que no la sublima ni la convierte en un espejo interior.

     Otros poemas tocan asuntos ciertamente presentes en toda la obra de Molina, como, por ejemplo, el de la identidad, bifurcada en su caso entre el país en el que nació —Cuba— y en el que vive—España—: «Nunca he sido de aquí del todo ni uno de los vuestros completamente. El vuelo que despegó de La Habana cincuenta años atrás aún no ha llegado», está, por tanto, ese pasajero innominado cruzando un océano interminable, está en aguas internacionales, en tierra de nadie. Molina es, como casi todos nosotros, un ser paradójico que llega a decir «Cuanto más me alejo más me acerco». El inescrutable paso del tiempo, la conciencia de que el futuro es un camino que puede terminar en cualquier cambio de rasante también deja su huella en estos textos: «Llegado a la edad en que el tiempo / ya no juega a las teorías / y simplemente existe / sumiéndome a mí en la inexistencia». Micromicón es de esos libros que conviene leer a intervalos, para que la fuerza evocativa de sus imágenes reverbere en nuestra mente y estimule la reflexión, la disección de una realidad que solo fragmentariamente podemos vislumbrar.

*Reseña publicada en el suplemento cultural Sotileza de El Diario Montañés el 27/04/2018

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