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FERNANDO SANMARTÍN. CIUDADES QUE SE POSAN COMO PÁJAROS. XORDICA EDITORIAL, 2018 *

Conviene señalar, como primera piedra de toque, que los sucesivos libros de Fernando Sanmartín (Zaragoza, 1959) nos dejan siempre en el paladar un regusto que conserva las excelencias del sabor durante mucho tiempo. En segundo término —y relacionado directamente con el primero— debemos señalar que los frugales alimentos literarios presentados en la mesa con la exquisitez de la alta cocina nunca producen hartazgo, antes al contrario, si de algo pecan sus textos es de parquedad que deja una sensación —momentánea— de vacío en el estómago. Pero Fernando Sanmartín es un experimentado chef que conoce la importancia de combinar bien los ingredientes. Lo ha demostrado en sobradas ocasiones, pero quizá el libro con el que mantiene mayor relación Ciudades que se posan como pájaros es con Viajes y novelerías (2004).

   Sanmartín es un viajero incorregible, pero los lugares que visita están, por así decirlo, al alcance de la mano. Las ciudades que visita pertenecen al acervo cultural de muchos de nosotros. Es un viajero, sí, pero no un aventurero (sin entendemos la aventura como un sinónimo de riesgo) y, sin embargo, gracias a su particular forma de merodear por los aledaños de una realidad que, generalmente, nos pasa desapercibida, consigue describir lo apartado, lo contiguo, lo que siempre está fuera de plano desde una extrañeza muy bien sustentada en la humildad de quien observa. «Viajar —aclara—, aunque no soy un nómada, es una costumbre para mí, igual que subir una persiana, algo que me ha permitido abandonar la escena de lo cotidiano, el recinto más próximo, y en otro tiempo, ahora no, fue una manera de huir».

     Varios lugares son objeto de esta particular guía de viaje: Lisboa, Tánger, Tetuán, Galway y algunas ciudades belgas («Llegaré a Bruselas y lo primero que haré será preguntarle a la ciudad quién soy, sin que la ciudad me responda, por supuesto, aunque lo único importante es que yo escuche la pregunta»), una guía en la que comparecen en igualdad de condiciones una pastelería o una oficina de correos, por ejemplo, que la Medina de Tetuán o la catedral de San Nicolás; en la que lo real, lo que sucede en un instante determinado, posee igual importancia —a veces, incluso menor— que lo memorizado, que lo imaginado, que lo sugerido gracias a experiencias ajenas, experiencias que provienen en gran medida de libros —la nómina es amplia y va desde, por ejemplo, Juan Larrea a Paul Bowles, desde Kafka a Dino Buzzati—, de películas —Dans la ville blanche o Vacaciones en Roma—, de fotografías, como las que Sanmartín lleva consigo a Tánger. Son de su padre, militar, cuyo primer destino fue dicha ciudad: «Las traigo —escribe— para identificar lugares, para hacerme la misma foto en alguno de estos lugares, par buscar pistas, par enredarme con el pasado, para saquear una tumba».

     Después de leer a Fernando Sanmartín a uno le queda siempre la sensación de que, cuando visitó esos mismos lugares, no llevó los ojos bien abiertos porque son muchas los detalles a los que él presta atención que pasaron desapercibidos para el extraviado que acaso buscaba solo el oropel publicitado por la agencia de viajes. El decurso narrativo de Sanmartín nos conduce a otros lugares, menos llamativos, pero infinitamente más decisivos a la hora de conformar la propia identidad. En cualquier caso, su particular modo de observar poco nos sorprendería si no estuviera ensamblado con precisión con su manera de contar, tan elegante y discreta que parece decir las cosas sin decirlas, solo insinuándolas. Fernando Sanmartín es capaz de llevarnos en volandas desde la plaza do Comércio lisboeta hasta la Grand Central Terminal neoyorquina sin apenas darnos cuenta, porque ha conseguido en su escritura un tono confidencial que nos convierte, gustosos, en sus cómplices y, al fin y al cabo, «el tono es lo esencial. Lo es para un tenor, un poeta o un profesional de la radio. El tono marca siempre una diferencia». El tono está interiorizado en nuestra forma de ser, es el ADN del escritor, el poeta, por eso admiramos a escritores como Fernando Sanmartín, que lo utilizan con tanta destreza que casi pasa desapercibido, aunque se agarre como una lapa en los pliegues de nuestra memoria.

*Reseña publicada en el número 134 de la revista de nueva literatura Clarín

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