CARMINA

CARMINA BURANA. CANTOS DE GOLIARDO Y POEMAS DE AMOR. EDICIÓN DE FRANCISCO RICO. GALAXIA GUTEMBERG. 2018

Que los Carmina Burana no han perdido vigencia y continúan azotando las conciencias de los bien pensantes y, de paso, zarandeando las estructuras más conservadoras de la iglesia lo demuestra el hecho de que el Obispado de Santander haya prohibido recientemente a La Fura del Baus representar una adaptación de dicha obra en el aparcamiento del monasterio de santo Toribio de Liébana para clausurar el Año santo Lebaniego. El obispo Sánchez Monge afirma que el «contenido moral de la obra es contrario a los principios de la iglesia», contrario a la iglesia parece ser la crítica de la usura y de la avaricia («Reina la avaricia / y reinan también los avaros; / ansiosamente se desvelan / todos por la riqueza, / de suerte que la máxima gloria es / gloriarse de la hacienda»), la denuncia de una vida sin fe y de los excesos cometidos en nombre de dogmas ya caducos. Es cierto, sí, que hacen del enaltecimiento del placer y del amor carnal un principio vital, pero no es menos cierto que subyace en este elogio una sátira corrosiva. Por otra parre, no debemos olvidar que fue, precisamente, en el seno de la iglesia donde surgieron y se desarrollaron estos cantos profanos.

     La edición de Carmina Burana. Cantos de goliardo y poemas de amor que nos presenta Francisco Rico es un prodigio de precisión y claridad. De las primeras décadas del siglo XIII datan los documentos originales que hacen alusión a unos vagabundos «chocarreros, maldicientes, blasfemos, dados a adulaciones fuera de lugar, que se profesan clérigos para escarnio del clero» y que escriben «canciones injuriosas» y ofensivas. Como decíamos, es en el seno de la propia iglesia en donde surgen esta ovejas negras que se atreven a transgredir con sus versos el orden establecido. Se trata, como documenta el profesor Rico, de «clérigos entregados no ya a la vagancia, sino resueltamente a la mala vida: clérigos ajuglarados, saltimbanquis, autores de canciones obscenas y difamatorias; clérigos malhechores, rufianes, tahúres, lujuriosos; clérigos pobres —siempre—, fiados al azar y a la falta de escrúpulos…». Estos individuos, expertos en el arte del engaño (recordemos, como bien puntualiza Rico, que clérigo, en aquella época, es «no sólo el ordenado sino cualquiera dado al estudio») viven a salto de mata, trasladándose de un lugar a otra después de unos pocos días de estancia en cada uno de ellos, insuficientes, con toda probabilidad, para dejar al descubierto su verdadera catadura moral, algo que, por otra parte resulta irrelevante a la hora de valorar sus poemas. El nombre de goliardos, de origen un tanto confuso, es el que se utiliza para describir a tales clérigos nómadas y Carmina Burana un códice conservado en Munich, el codex Buranus, el corpus que contiene los poemas. «Los temas y las formas de las composiciones —escribe Francisco Rico— son variado en extremo. Los poemas rítmicos alterna con los cuantitativos; los satíricos, amorosos y tabernarios no impiden la presencia de un puñado de canciones y dramas religiosos […] pero, como insinuaba, es la lírica de tipo goliardesco la que da tono al conjunto». Veamos algunos ejemplos de esto último: «De la orden de los vagantes / os digo las leyes: / su vida es noble, / dulce su natural; /más los deleita / un buen asado, / en verdad, que / una media de cebada». El goliardo es una especie de pícaro que hace lo imposible por sobrevivir y se vale, en la mayoría de las ocasiones de los votos eclesiásticos para vivir del cuento. No escasean en su ditirambos las críticas veladas, la sátira y las diatribas en las que sacan a relucir lo mejor de su ingenio, que es mucho, contra una Iglesia que, paradójicamente, les sirve de salvoconducto y salvaguardia. Parodian también el amor, al que insuflan carnalidad y erotismo, de irreverencia: «Al pensar en sus pechos, / deseé acariciarlos, / juguetera con sus senos desnudos. / En tales pensamientos vi a Venus, / en cuya boca hay / una rosa de pudor, / y me sentí impulsado por el amor / a besarla. / ¡Ah, besarla, / ah, besarla, / ah, besarla, / enardecido por su figura!».
La edición de este volumen al cuidado de Francisco Rico sorprende por su rigor y por su pulcritud. Un prólogo minucioso y erudito pero en absoluto molesto al carecer de las inoportunas notas a pie de página, nos da las claves necesarias para degustar estas composiciones traducidas con solvencia del latín, una traducción que aúna precisión con claridad. El lector puede así comprobar la actualidad de muchas de estos versos, de mucha de estas chanzas porque, lamentablemente, la condición humana no ha mejorado mucho desde entonces. Rico lo explica de forma mucho más convincente: «… he atendido a lo más característico (del códice y del período) y dejado en el tintero la posible referencia a otros aspectos (temas, maneras, tendencias, autores…) cuya comprensión exigiría extenderse excesivamente sobre la historia de la literatura latina medieval». Nosotros, sus lectores, se lo agradecemos.

 

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